jueves, 11 de noviembre de 2010

A nuestros hijos


por Frei Betto (*)


No tengo hijos. Pero, obviamente, soy hijo, junto a otros siete hermanos. Pero si me faltan hijos biológicos, los tengo espirituales o por vínculos de parentesco. Los sobrinos son 16. Sobrinos nietos, 14, de los cuales nueve menores de cinco años. 


Cuando se habla del legado a los hijos hay quien inmediatamente piensa en dinero. Está bien que los padres quieran hacer algunos ahorros pensando en el futuro de sus vástagos. Pero… ¡cuidado! No es dinero lo que un hijo espera principalmente de sus padres, aunque no sepa expresarlo. Es amor, amistad, apoyo y sobre todo ejemplo de vida. 


Thomas Mann decía que un buen ejemplo es el mejor legado de los padres a los hijos. Aunque los padres, zarandeados por la rueda de la fortuna, dejen a sus descendientes gruesas fortunas, éstas no debieran ser el principal legado. Nada más peligroso para un joven que centrar su autoestima en la cuenta bancaria o en el patrimonio familiar. Es el camino mejor para volverse arrogante, prejuiciado y vulnerable a las drogas. Sobre todo a la cocaína, cuyo efecto anaboliza la prepotencia. Al primer revés, el heredero se irá al abismo, por no estar preparado para enfrentar la realidad. 


Quien no se siente valorado subjetivamente corre el peligro de  querer alimentar su autoestima a través de valores financieros y patrimoniales. El tener suplantando al ser. Como el deseo tiene hambre de infinito, el tamaño de la ambición suele tener la medida de la profundidad de la frustración. En la Roma antigua los filósofos aconsejaban considerar lo necesario como suficiente. Un sabio consejo para saber lidiar con la avasalladora pulsión consumista que asola el mundo.


Educación y espiritualidad


El mejor legado para los hijos es, sin duda,  una buena educación. No me refiero sólo a la escolaridad, que es imprescindible. Las encuestas comprueban que, en el mercado del trabajo, el nivel del salario corresponde al de la escolaridad. Conocimiento es poder.


La educación ética debiera ser el principal legado a los hijos. Y ésta proviene del ejemplo de los padres. Éstos deben escoger: ¿infundir en los hijos actitudes de  competitividad o de solidaridad? El profesor Milton Santos, de la USP, enfatizaba la importancia de perseguir los bienes infinitos, no sólo los finitos. Esta advertencia cobra especial importancia en este mundo desimbolizado, desencantado, en que vivimos, donde se carece de apertura a los valores trascendentales.


En su Metafísica de las costumbres,  advierte Kant: “Todo tiene o precio o dignidad. Lo que tiene precio puede ser sustituido por su equivalente; al contrario, lo que no tiene precio, ni por tanto equivalente, es lo que tiene dignidad”. En otras palabras, el saludable orgullo de ser ético se contrapone a la miserable satisfacción de ser astuto.


Un niño no debe ser orientado al consumo sino al aprendizaje, a los juegos y fantasías. Un joven será tanto más ciudadano cuanto más se le inculquen esperanzas altruistas, ideales, sentido de vida y utopías.


Todo niño es mimetista. Si sus padres dicen que toda persona merece respeto y al mismo tiempo tratan a la doméstica como esclava virtual, con seguridad que el hijo hará lo mismo cuando sea adulto. Y lo mismo en lo tocante a la preservación o degradación ambiental.


El legado moral  consiste en evitar que el hijo se haga prejuiciado, mentiroso, envidioso, y sepa tratar a cada ser humano con pleno respeto a su dignidad y a sus derechos. Sobre todo, que tenga espíritu crítico y disposición de hacer el mundo menos desigual y más justo.


Todos seguimos el episodio reciente, en Rio de Janeiro, en que un joven irrespetó la señalización de “prohibido el tránsito” en un túnel en obras y mató a Rafael, de 18 años, hijo de la actriz Cissa Guimarães con el músico Raúl Mascarenhas. Según el noticiero el padre del joven homicida habría sobornado a los policías encargados de castigarlo. De tal padre  tal hijo.


Esto vale también para otros sectores de la vida. ¿Cómo vamos a quejarnos por el hijo obeso si los padres se llenan en la mesa, engullendo azúcares y grasas saturadas?


Con frecuencia me consultan padres de adolescentes acerca de cómo actuar ante la indiferencia religiosa de sus hijos. Mi primera reacción es decir que la pregunta llega con diez años de retraso. Si los hijos tuvieran 6 u 8 años, y no 16 o 18, yo sabría qué aconsejarles: oren con ellos, lean y comenten la Biblia, tomen en serio el carácter religioso de fechas como Pascua, Navidad o, en caso de que no sean cristianos, las efemérides propias de su denominación religiosa.


Y ejercítenlos en la cada vez más rara virtud de la tolerancia. Dios no tiene religión. Enseñen a sus hijos a no considerar la diferencia como divergencia.


Por ley natural los padres mueren o transviven antes que sus descendientes. Pregúntense: ¿qué imagen dejarán ustedes en la memoria de sus hijos? Acuérdense de sus propios padres y abuelos. ¿Qué legados positivos y negativos grabaron ellos en su memoria afectiva? ¿Dejaron nostalgias?


La parábola
Un hombre muy rico, atacado por una grave dolencia y advertido por los médicos, convocó a sus hijos y nietos para comunicarles la herencia que les iba a dejar. Se presentaron todos, ansiosos, en el hospital. Y formaron un gran corro alrededor del lecho. Dada la orden, el abogado del enfermó abrió un maletín y distribuyó a los herederos cajas de fósforos, una para cada uno. Decepcionados, se miraron de reojo y al abrir la cajita encontraron unas pequeñas semillas. El hombre, tomando en sus manos una de las cajas, explicó: “Esta semilla es la del amor; ésta, de la solidaridad; esta otra, de la compasión; ésta, de la amistad; y aquélla, del perdón. Si ustedes saben cultivarlas van a ser felices”. Y añadió: “La fortuna que acumulé será destinada a obras sociales”.


(Traducción de J.L.Burguet)


Frei Betto es escritor, autor de “El arte de sembrar estrellas”, entre otros libros. 
http://www.freibetto.org/   
twitter:@freibetto.