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lunes, 16 de julio de 2012

Comida envenenada


por Silvia Ribeiro (*)


Mientras que los alimentos sanos y sin tóxicos hay que etiquetarlos –y nos hacen pagar caro por ello– los que son rociados sistemáticamente con venenos pasan por "normales" y no es preciso declararlo en ninguna etiqueta.

martes, 16 de febrero de 2010

Alerta transgénica

La FAO intenta legitimar a las trasnacionales 

por Silvia Ribeiro 

Del uno al cuatro de marzo 2010 se realizará en Guadalajara, México, una conferencia técnica internacional de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) sobre cómo se podría manipular y/o hacer transgénico casi todo lo que esté vivo: desde los cultivos y microorganismos hasta los bosques, peces y ganado, pasando por cómo usar más biotecnología en procesos agroindustriales.
 
Cínicamente, los objetivos manifiestos de la conferencia afirman que se hace para plantear las oportunidades y opciones para los países pobres frente a las crisis alimentaria y climática. Para ello la FAO, con apoyo y dinero del gobierno mexicano, tendrá una conferencia cerrada, sólo para invitados, en un hotel de lujo y rodeada de elementos de seguridad (nada alimentaria), limitando enfáticamente la participación real y las propuestas y perspectivas de aquéllos que afirma necesitarían sus supuestas soluciones.
 
Entre los organizadores de la conferencia se encuentra también el Banco Mundial y el CGIAR, ambas instituciones con largas colas que pisar por su impacto negativo sobre los más desposeídos. El gobierno de Estados Unidos e instituciones vinculadas a las industrias de transgénicos están entre los financiadores. Es lógico, ya que la conferencia es uno de los intentos más burdos de la FAO de promover y legitimar los transgénicos, beneficiando a las trasnacionales que los monopolizan.
 
Son muchas y graves las agresiones que encarnan esta conferencia. Una de ellas es que la conferencia se realiza al mismo tiempo que se autorizan las siembras de maíz transgénico en México, centro del origen del cultivo, en un claro intento del gobierno por legitimarse y tratar de tapar las críticas internacionales por este crimen de proporciones históricas, arropándose con la indiferencia de la FAO frente al tema. Peor aún, espera que la FAO no sólo no lo critique, como es su deber según su propio mandato y tratado, sino que termine afirmando que, contra la voluntad de campesinos, indígenas y la vasta mayoría de la población del país, sería bueno para México sembrar transgénicos. O al menos, que la coexistencia de transgénicos con otros cultivos es posible, falacia inventada por las trasnacionales. En Europa, donde se aceptó la coexistencia, ahora hay una campaña masiva para suspenderla, porque la contaminación transgénica –y todos los impactos ambientales, de salud y económicos que conlleva– son incontenibles.
 
Aunque el tema de la contaminación transgénica es grave en cualquier parte del mundo, la contaminación del maíz transgénico en México es devastadora, porque al ser el centro de origen, significa dañar el acervo genético y el reservorio de diversidad del maíz para todo el mundo. Frente al caos climático, uno de los elementos fundamentales es justamente que exista diversidad de semillas, lo que permitiría enfrentar los cambios del clima, con semillas adaptadas a diferentes circunstancias, que estén en manos de los campesinos, no contaminadas y no restringidas por patentes y control de mercados. Pero la orientación del evento es la contraria.
 
 A partir de los documentos que se han publicado para la conferencia, queda claro el intento de la FAO por ignorar que se trata de tecnologías –sean transgénicos o biotecnología en general– que están controladas en porcentajes abismales por unas pocas trasnacionales, que monopolizan tanto los mercados como las patentes. Las pocas referencias que se hacen sobre esto, se restringen a buscar opciones para poder cumplir con los derechos de propiedad intelectual y acuerdos comerciales –y por tanto favorecer a las trasnacionales– en lugar de cuestionarlos por constituir un robo de las empresas a los bienes comunes, un asalto a las semillas que son patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad, como lo expresa la Vía Campesina.
 
Ignorando este contexto fundamental y evitando discutir seriamente los daños ambientales y a la salud, los documentos de la conferencia son altamente útiles a las trasnacionales. Pretenden disimular los transgénicos englobando todo en el término supuestamente neutral de biotecnología, donde entraría desde el yogur que hacía la abuela hasta los transgénicos de Monsanto. En esto y en otros puntos, como el ocultamiento de que los transgénicos producen menos y usan más químicos, es vergonzosa la repetición prácticamente literal de argumentos y fuentes de la industria de transgénicos en los documentos.
 
Estas falacias no quedarán sin contestar. Entre muchas otras actividades y manifestaciones de la sociedad civil que se realizarán en esos días en Guadalajara, la Red en Defensa del Maíz, Vía Campesina y la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales convocan el 2 y 3 de marzo a una primer audiencia titulada La contaminación transgénica del maíz: ¿crimen de lesa humanidad? Habrá testimonios nacionales e internacionales de campesinos, indígenas, activistas, intelectuales y científicos, construyendo un expediente que será presentado en tribunales internacionales. La FAO y esta conferencia constarán en el expediente.
 
Silvia Ribeiro es Investigadora del Grupo ETC
 
www.etcgroup.org

martes, 16 de diciembre de 2008

El genocidio de los transgénicos

Miles de campesinos indios se suicidan tras utilizar cultivos genéticamente modificados

por Andrew Malone
Global Research


Cuando el Príncipe Carlos afirmó que miles de campesinos de la India estaban suicidándose tras utilizar cultivos GM [transgénicos], fue tachado de alarmista. En realidad, como este escalofriante informe revela, es aún PEOR de lo que él temía.
Los niños estaban inconsolables. Mudos de miedo y luchando por contener las lágrimas, se acurrucaban junto a su madre mientras amigos y vecinos preparaban el cuerpo de su padre para la cremación sobre una ardiente hoguera levantada sobre los agrietados y estériles campos cercanos a su casa.
Mientras las llamas consumían el cadáver, Ganjanan, de doce años, y Kalpana, de catorce, se enfrentaban a un futuro sombrío. Aunque Shankara Mandaukar había confiado en que su hijo y su hija tendrían una vida mejor bajo el boom económico de la India, se tienen que enfrentar ahora a un trabajo de esclavos por unos cuantos peniques al día. Sin tierra y sin hogar, se hundirán en lo más hondo.

Shankara, campesino respetado, marido y padre cariñoso, había puesto fin a su propia vida. Menos de veinticuatro horas antes se había bebido una taza de insecticida químico al tener que enfrentarse a la pérdida de sus tierras a causa de las deudas. Se desesperó al no poder devolver una deuda equivalente a las ganancias de dos años. No pudo encontrar solución.
Aún había huellas en la tierra por donde se había retorcido en su agonía. Otros campesinos le miraron –sabían por experiencia que no tenía sentido intervenir- cuando se dobló sobre la tierra, gritando de dolor y vomitando.
Gimiendo, se arrastró hasta un banco situado en el exterior de su sencillo hogar, situado a unas 100 millas de Napgur en la India Central. Una hora después, ya no se oía ruido alguno. Había dejado de respirar. A las cinco de la tarde de un domingo, la vida de Shankara Mandaukar se apagó.
Cuando los vecinos se reunieron para rezar alrededor de la casa familiar, Nirmala Mandaukar, de 50 años, les contó cómo volvió a todo correr de los campos para encontrar muerto a su marido. “Era un hombre afable y cariñoso”, dijo llorando suavemente. “Pero ya no podía más. La angustia mental era demasiado grande. Lo hemos perdido todo”.
La cosecha de Shankara fracasó durante dos años seguidos. Desde luego, el hambre y la pestilencia forman parte de la antigua historia de la India.
Pero la culpa de ha muerte de este respetado campesino la tiene algo más moderno y siniestro: los cultivos genéticamente modificados (GM).

A Shankara, como a millones de campesinos indios, le habían prometido anteriormente insólitas cosechas e ingresos si dejaba de cultivar con las semillas tradicionales y en su lugar plantaba semillas GM. Pero las cosechas fueron un fracaso, y no le quedaron más que fuertes deudas y ningún ingreso.

Por eso Shankara se convirtió en uno de los 125.000 campesinos que se estima se han quitado la vida como consecuencia de la despiadada campaña que ha convertido a la India en un campo de pruebas de los cultivos genéticamente modificados.
La crisis, denominada por los activistas el “Genocidio del GM”, se puso recientemente de relieve cuando el Príncipe Carlos afirmó que la cuestión del GM se había convertido en una “cuestión moral global” y que ya era hora de poner fin a su imparable marcha.
Hablando a través de vídeo-conferencia en la capital india, Delhi, enfureció a los dirigentes de las compañías dedicadas a las biotecnologías y a algunos políticos al condenar “la tasa verdaderamente atroz y trágica de suicidios de pequeños campesinos en la India, producto… del fracaso de muchas de las variedades de cultivos GM”.
Poderosos grupos de presión GM y prominentes políticos se han alineado contra el Príncipe, afirmando que las cosechas genéticamente modificadas han transformado la agricultura de la India, proporcionando mayores cosechas que nunca.
El resto del mundo, insisten, abrazará ese “futuro” imitándoles.
Entonces, ¿quién dice la verdad? Para averiguarlo, viajé al “cinturón del suicidio” en el estado de Maharashtra.
Lo que me encontré fue tremendamente inquietante, con graves implicaciones para los países, incluido el Reino Unido, que hacen preciso debatir si al permitirse la plantación de semillas manipuladas por los científicos no se están violentando las leyes de la naturaleza.

Las cifras oficiales del Ministerio indio de Agricultura confirman efectivamente que, conformando una crisis humanitaria inmensa, más de 1.000 campesinos se quitan aquí la vida cada mes.
Gente sencilla, rural, que se está quitando la vida agonizando lentamente. La mayoría ingieren un insecticida, una cara sustancia que les prometieron no necesitarían cuando les coaccionaron para plantar los caros cultivos GM. Al parecer, muchos están masivamente endeudados con los prestamistas locales, habiéndose endeudado hasta las cejas para poder comprar esas semillas GM.

Los expertos que están a favor de los GM afirman que es la pobreza rural, el alcoholismo, las sequías y las “preocupaciones agrícolas” las razones de esa horrorosa cantidad de víctimas. Pero como descubrí durante un viaje de cuatro días a través del epicentro del desastre, esa no es toda la historia.
En un pueblecito que visité, 18 campesinos se habían suicidado después de que se los tragaran las deudas de los GM. En algunos casos, las mujeres se habían hecho cargo de las granjas de sus maridos muertos, sólo para acabar matándose ellas también.

Latta Armes, de 38 años, bebió insecticida cuando sus cosechas fracasaron, dos años después de que su marido desapareciera cuando las deudas GM le desbordaron. Dejó a un hijo de diez años, Rashan, al cuidado de familiares. “Llora cuando piensa en su madre”, dijo la tía de la fallecida, completamente desmoralizada, sentada a la sombra cerca de los campos.
Pueblo tras pueblo, las familias cuentan cómo han ido endeudándose después de que les convencieran de comprar semillas GM en vez de las tradicionales semillas del algodón.
La diferencia de precio es escandalosa: 10 libras [*] por 100 gramos de semillas GM, comparado con lo que cuestan las semillas tradicionales: menos de 10 libras por mil veces la cantidad anterior.
Pero los vendedores de los GM y los funcionarios del gobierno habían prometido a los campesinos que esas eran unas “semillas mágicas”, que producían mejores cosechas libres de parásitos e insectos.

En efecto, en aras a promocionar el consumo de semillas GM, en muchos bancos de semillas del gobierno se prohibió la venta de las variedades tradicionales. El gobierno indio, desesperado por escapar a la devastadora pobreza de los años posteriores a la independencia, estuvo de acuerdo en permitir que los gigantes de las nuevas biotecnologías, como el líder del mercado estadounidense Monsanto, vendieran sus nuevas creaciones en semillas.

A cambio de permitir que las compañías occidentales accedieran al segundo país más poblado del mundo, con más de 1.000 millones de personas, el Fondo Monetario Internacional concedió préstamos a la India en las décadas de los ochenta y los noventa, ayudando así a lanzar una revolución económica.

Pero mientras ciudades como Mumbai y Delhi han avanzado mucho, las vidas de los campesinos han retrocedido hasta la Edad Media.
Aunque las zonas de la India en las que se han plantado semillas GM se han duplicado en dos años –hasta alcanzar los 17 millones de acres [**]-, muchos granjeros han pagado un precio terrible.
Lejos de ser unas “semillas mágicas”, las variedades de plantas de algodón GM a prueba de pestes han sido desvastadas por unos gusanos que atacan los capullos y que son un parásito voraz.
Tampoco les dijeron a los campesinos que esas semillas requerirían el doble de riego. Y esto ha acabado siendo una cuestión de vida o muerte. A causa de la sequía sufrida durante los últimos dos años, muchos cultivos GM se atrofiaron y murieron, dejando a los campesinos con deudas agobiantes y sin medio alguno para poder pagarlas. Al haber pedido préstamos a los prestamistas tradicionales a intereses abusivos, cientos de miles de pequeños granjeros se han tenido que enfrentar a la pérdida de su tierra al fracasar las caras semillas, mientras que los que aún podían luchar se enfrentaron a una nueva crisis.
En el pasado, cuando las cosechas fracasaban, los campesinos podían aún salvar las semillas y volverlas a plantar al año siguiente. Pero con las semillas GM no se puede hacer eso. Y se debe a que las semillas GM contienen la denominada “tecnología de exterminio”, lo que significa que han sido genéticamente modificadas para que las cosechas resultantes no produzcan semillas aprovechables.
Como consecuencia, los campesinos tienen que comprar nuevas semillas cada año a los mismos prohibitivos precios. Para muchos, eso significa la diferencia entre la vida y la muerte.
Tomemos el caso de Suresh Bhalasa, otro campesino que fue incinerado esta semana, dejando viuda y dos niños. Al caer la noche, una vez terminada la ceremonia y mientras los vecinos salían fuera de sus casas a la par que las vacas sagradas regresaban de los campos, su familia no dudaba de que sus problemas se originaron en el momento en que se les animó a comprar Algodón BT, una planta genéticamente modificada creado por Monsanto.
“Ahora estamos arruinados”, dijo la viuda del muerto, de 38 años. “Compramos 100 gramos de semillas de Algodón BT. Nuestra cosecha fracasó dos veces. Mi marido se deprimió mucho. Se fue al campo, se tumbó entre el algodón y tragó insecticida”.
Los habitantes del pueblo le colocaron en un rickshaw y le llevaron al hospital por caminos de cabras. “Gritaba que había tomado el insecticida y que lo sentía mucho”, dijo, mientras su familia y vecinos acudían a su hogar a expresarle su solidaridad. “Cuando llegaron al hospital ya estaba muerto”. Al preguntarles si el muerto era un “borracho” o sufría otros “problemas sociales”, como alegan los funcionarios partidarios de los GM, el tranquilo y digno grupo de campesinos estalló colérico: “¡No! ¡No!”, exclamó uno de los hermanos del muerto. “Suresh era un buen hombre. Enviaba a sus niños al colegio y pagaba sus impuestos”. “Se vio asfixiado por esas semillas mágicas. Nos venden las semillas diciendo que no necesitarán pesticidas caros pero sí los necesitan. Tenemos que comprar las mismas semillas a la misma compañía cada año. Nos están matando. Por favor, cuéntele al mundo lo que está pasando aquí”.
Monsanto ha admitido que la deuda desorbitada había sido un “factor en la tragedia”. Pero, al señalar que la producción se había duplicado en los últimos siete años, un portavoz añadió que había otras razones para la reciente crisis, tales como las “lluvias intempestivas” o la sequía, añadiendo que los suicidas siempre habían formado parte de la vida rural india.
Los funcionarios declaran también que las encuestas dicen que la mayoría de los campesinos indios quieren semillas GM, sin duda animados por las agresivas campañas de marketing.

Durante el curso de mis averiguaciones en Maharastra, me encontré con tres investigadores “independientes” rastreando los pueblos para informarse sobre los suicidios. Insistieron en que las semillas GM eran sólo un 50% más caras, para terminar admitiendo que la diferencia era de 1.000%.
(Un portavoz de Monsanto insistió después en que sus semillas “sólo cuestan el doble” del precio de las semillas “oficiales” que no son GM, pero admitió que la diferencia podía ser inmensa si las tradicionales y más baratas semillas eran vendidas por comerciantes “sin escrúpulos”, que a menudo también venden “falsas” semillas GM, propensas a las plagas).
Ante los rumores de inminentes indemnizaciones del gobierno para detener la oleada de muertes, muchos campesinos dijeron que estaban desesperados por conseguir cualquier ayuda. “Queremos superar nuestros problemas”, dijo uno. “Sólo queremos que nos ayuden para que se acabe esta cadena de muertes”.
El Príncipe Carlos está tan consternado por la grave situación de los suicidios de los campesinos que está montando una entidad de beneficencia, la Fundación Bhumi Vardaan, para ayudar a los afectados y promover los cultivos orgánicos indios en lugar de los GM. Los campesinos de la India están también empezando a contraatacar.
Además de tomar como rehenes a los distribuidores de semillas GM y de organizar protestas masivas, el gobierno de uno de los estados está emprendiendo acciones legales contra Monsanto por los costes desorbitados de las semillas GM.
Todo eso llega tarde ya para Shankara Mandaukar, quien tenía unas 80.000 rupias (alrededor de 1.000 libras) de deudas cuando se quitó la vida. “Le dije que podríamos sobrevivir”, dijo su viuda, con sus niños junto a ella mientras la oscuridad lo invadía todo. “Le dije que podríamos encontrar una salida. Me contestó que prefería morir”.
Pero la deuda no murió con la muerte de su marido: a menos que pueda encontrar una forma para devolverla, no podrá permitirse llevar a sus niños a la escuela. Perderán sus tierras, teniendo que unirse a las hordas que mendigan por miles a los lados de la carretera por todo este inmenso y caótico país.
Precisamente lo más cruel de todo es que son los jóvenes los que más sufren por el “Genocidio GM”, la misma generación que se suponía iba a salir de una vida de dureza y miseria gracias a esas “semillas mágicas”. Aquí, en el cinturón suicida de la India, el coste del futuro genéticamente modificado es homicidamente alto.
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

N. de la T.:
[*] Alrededor de 15 euros. [**] 1 acre = 4.048,8 metros cuadrados.


Enlace con texto original:

http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Andrew%20Malone&inicio=0
http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=10829

martes, 29 de abril de 2008

Los transgénicos ganan pulso


España aumenta un 40% su producción en un año -El debate sobre la modificación genética moviliza a científicos y agricultores

La crisis alimentaria global puede convertirse en el escenario perfecto. Los transgénicos ganan adeptos en medio de la crisis de los cultivos y en España viven un impulso especial frente al recelo que despiertan en otros países europeos. Los defensores preguntan por qué se limita el cultivo y a la vez se permite la importación, debilitando la competitividad europea. Los detractores alertan: las consecuencias medioambientales pueden ser peligrosas.

Un dato nuevo: la industria de la biotecnología ha sentado en el Consejo de Ministros a uno de sus principales representantes. La doctora en biología Cristina Garmendia, que llevaba las riendas de la empresa Genetrix, presidía, además, la Asociación Española de Bioempresas (ASEBIO). Su nombramiento se produce en tiempos de disensión interna en la UE sobre si debe o no dar luz verde a la patata genéticamente modificada propiedad de BASF, a la que España se ha mostrado favorable. La incorporación de Garmendia coincide además con un llamativo repunte del cultivo del único organismo modificado cuya producción está permitida en España, el maíz transgénico Bt.

La superficie de variedades de maíz genéticamente modificado que se cultivaron en España se disparó un 40% en 2007. Alcanzó las 75.148 hectáreas. La mayoría se cultiva en Aragón (35.860 hectáreas) y Cataluña (23.013 hectáreas) y no es casual. El maíz Bt incorpora un gen insecticida contra la plaga del taladro, que azota en especial zonas húmedas como la cuenca del Ebro. "Este insecto taladra la caña, las hojas, puede estropear el 15% de la cosecha y con el transgénico se evita esa pérdida", explica Esteban Andrés desde la Asociación General de Productores de Maíz de España. El presidente de los productores, Agustín Mariné, añade que el coste de la semilla es un 10% más caro, pero que el agricultor acaba ahorrando por la cosecha que no se pierde y porque se conserva mejor. "Además, los fabricantes de pienso lo prefieren, porque el transgénico, al no haber sido atacado, no tiene microtoxinas".

Todas esas supuestas ventajas le han amargado la vida a agricultores como Juli Vergé. Hace una década, este ingeniero agrónomo de 55 años cultivaba 38 hectáreas de maíz ecológico en Bellcaire d'Urgell (Lleida). Con el tiempo, la cifra fue cayendo a 15, a 10, a 2... "He perdido demasiado dinero. Tiro la toalla", dice, con voz desencantada. A otros agricultores ecológicos de Cataluña, Aragón o Castilla-La Mancha les ha ocurrido algo parecido: sus cosechas han sido víctimas de la contaminación del polen transgénico de plantaciones próximas. "Si mi maíz está contaminado, se desclasifica como ecológico. El único modo de evitar la contaminación es iniciar la siembra, que tocaría en mayo, a finales de junio. Pero retrasarla significa obtener 4.000 kilos de maíz en lugar de 8.000. Son demasiadas pérdidas. En el pueblo somos cuatro gatos, ¿cómo iba a denunciar a mis vecinos?", relata Vergé.

El Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino admite que todavía no está en vigor la requerida normativa sobre la coexistencia de cultivos transgénicos y convencionales.

"En todo este debate, debe escucharse la opinión de quienes utilizan los transgénicos. Nadie obliga a nadie a comprarlos", interviene Jaime Costa, director de Asuntos Regulatorios y Científicos de Monsanto, el gigante de las semillas genéticamente modificadas que se cultivan en España (MON 810). Pero el mercado español no pertenece sólo a esta multinacional. Monsanto ofrece su modificación genética a otras empresas del sector. En España son 10 las que la incorporan a sus variedades y comercializan a partir de ahí sus propios productos: Pioner, Monsanto, Limagrain, Semillas Fitó, Arlesa, Koipesol, KWS, Coop de Pau, Agrar Semillas y Corn Status.

"La libertad de elección es más que dudosa. Hay agricultores que ni siquiera saben que están comprando transgénicos", asegura Juan Felipe Carrasco, responsable de transgénicos de Greenpeace, contraria a éstos por razones de salud, económicas, medioambientales y de derechos humanos.

"Si fueran tan buenos los transgénicos, la enorme presión de la industria, que ahora está hasta en el Gobierno, y los años que hace desde que el maíz transgénico fue autorizado (1998) lo habrían adoptado muchos más agricultores", añade Carrasco. Sobre un total de 350.000 hectáreas de maíz que se cultivan en España, la proporción del transgénico ronda el 20%.

Los sindicatos agrarios están divididos al respecto. Asaja se inclina a favor. COAG rechaza de plano los transgénicos. "Casi no se encuentran semillas convencionales. Estamos en contra de la creciente y excesiva dependencia del agricultor de las grandes multinacionales", dice el portavoz de COAG, Rubén Villanueva. Aduce que si se compran semillas transgénicas a una empresa se le debe comprar también su cadena de productos plaguicidas.

En Europa, siete países han prohibido el cultivo de transgénicos. Francia y Rumania se han sumado a las moratorias de Italia, Hungría, Grecia, Polonia y Austria. La decisión corresponde al Consejo de Ministros comunitario (o a la Comisión Europea, si en el consejo no se da, como en el caso de la patata transgénica, una autorización por mayoría cualificada). Pero cada país puede invocar una cláusula de salvaguarda, justificada con informes científicos. Cuando Francia invocó la suya para suspender el cultivo del maíz más empleado en España esgrimió que la dispersión del polen transgénico puede alcanzar distancias "kilométricas", de modo que no puede descartarse que una planta transgénica no vaya a contaminar a otra tradicional.

Los grupos contrarios a la modificación genética de alimentos no esconden su "inquietud" por la política que vaya a aplicar el Gobierno. Desde las empresas punteras de un mercado agrobiotecnológico, que el año pasado fue valorado por la firma Cropnosis en 4.400 millones de euros, se critica a sus detractores con el mismo arma de que les acusan éstos: la desinformación.

"Las aplicaciones de la biotecnología a la mejora de las plantas cultivadas son descritas sin tener en cuenta las últimas regulaciones y conocimientos derivados de las estrictas exigencias en la UE, que no permiten la comercialización de productos que representen un riesgo para personas o para el medio ambiente", dice Isabel García Carneros, secretaria general en funciones de ASEBIO.

Unos y otros sólo coinciden en una paradoja: "En España se cultiva una variedad de maíz, pero se importan de otros países cerca de 10 toneladas de maíz y soja que no han sido autorizados a cultivarse aquí. El 85% de la soja que se consume en la UE está modificada genéticamente", afirma Carlos Vicente, director de Biotecnología de Monsanto.

¿Qué opina la ministra? Poco antes de asumir sus nuevas responsabilidades, en entrevistas, foros y artículos de opinión, Cristina Garmendia insistía en que "no se ha observado ningún efecto adverso ni sobre personas ni sobre el medio ambiente que sea achacable a los transgénicos". Y enfatizaba la necesidad de que "el consumidor pueda elegir libremente con una garantía de seguridad". Por ley, desde hace cuatro años todos los alimentos con más de un 0,9% de ingredientes transgénicos deben llevar una etiqueta que informe de ello.

La declaración de la asociación ASEBIO -que presidía hasta ahora Garmendia- Ciencia, progreso y medio ambiente es más contundente: "Las autoridades de nuestro país deberían facilitar su empleo [de las variedades genéticamente modificadas] sin discriminaciones para que la competitividad de la agricultura de nuestro país no se vea perjudicada" e incidía en la "ausencia de estudios científicos que desaconsejan el empleo" de este tipo de plantas.

Manifiesto contra manifiesto. Una no menos larga lista de académicos, sindicalistas, ecologistas y representantes de organizaciones de consumidores se han adherido a otra declaración, Democracia, precaución y medio ambiente. Este documento cuestiona las mejoras en la calidad de los alimentos que la industria atribuye a los transgénicos, afirma que sus impactos sobre el medio ambiente cada vez están más documentados, advierte de que no contribuyen a aliviar la pobreza ni el hambre en el mundo y concluye que "sólo benefician a las multinacionales que los desarrollan y comercializan".

"La evolución de la opinión pública es clave, pero todo dependerá de la regulación. A más trabas legales, más tardará en imponerse la tecnología. Pero es cuestión de tiempo", augura el economista Gonzalo Sanz-Magallón, profesor de la Universidad San Pablo-CEU, para quien los transgénicos pueden beneficiar a agricultores y consumidores en el Tercer Mundo. Y agrega: "La clave está en la voluntad política".

Fuente.el Pais Reportaje ARIADNA TRILLAS 29/04/2008

Por una agricultura ecológica

Los transgénicos esconden impredecibles riesgos (ecológicos, económicos y sanitarios). Aunque los que los comercializan afirman que su consumo no es perjudicial para la salud humana, no hay estudios que lo constaten. Por el contrario, la agricultura ecológica es una respuesta integral a todos estos problemas. Con los transgénicos se han visto impactos en la biodiversidad, contaminación en campos adyacentes y resistencia a herbicidas, la creación de virus, resistencias en insectos y plantas, daños a la fauna de insectos beneficiosos. Suponen una dependencia de los agricultores de la agroindustria de semillas y de patentes de plantas y animales, mayor industrialización de la agricultura, pérdida de empleos, costos de responsabilidad ambiental por separación de producciones. Ocasionan la producción de sustancias indeseables e inesperadas que modifican la composición y función de los órganos de las plantas, reacciones alérgicas a los alimentos y mayor riesgo de cáncer de mama o mayor facilidad de transferencia de resistencia a antibióticos. En animales se han visto desórdenes metabólicos y problemas de fertilidad.

Víctor González es director técnico de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica

La base del desarrollo actual

Todas las variedades agrícolas tradicionales proceden de modificaciones genéticas dirigidas por el hombre. Sin ellas, no existiría la agricultura actual. Las plantas transgénicas simplemente incorporan nuevas metodologías que añaden precisión a las modificaciones convencionales. En los más de 10 años de empleo de estas variedades, no se ha encontrado ni un solo efecto nocivo para la salud o para el medio ambiente. Gracias a los controles a que están sometidos, los transgénicos ofrecen más seguridad que ninguna variedad convencional. Su mayor productividad también reduce la superficie de suelo agrícola, contribuyendo a preservar ecosistemas naturales. La biotecnología desarrolla nuevos cultivos más rápida y eficazmente, y permite mejoras en variedades locales. Cultivos que requieren menos agua, o que resisten mejor a las heladas o a las plagas; variedades que incorporan mejoras nutricionales y alivian deficiencias endémicas en poblaciones; cereales seguros para los celíacos... Corresponde a los ciudadanos decidir si desean prescindir de los beneficios de la biotecnología. A los científicos, garantizar que se hace bien.

Carmen Fenoll es catedrática de Medio Ambiente en la Universidad de Castilla-La Mancha.

martes, 26 de febrero de 2008

¿Qué son los transgénicos?


Es un organismo vivo que ha sido creado artificialmente manipulando sus genes. Las técnicas de ingeniería genética consisten en aislar segmentos del ADN (el material genético) de un ser vivo (virus, bacteria, vegetal, animal o humano) para introducirlos en el material hereditario de otro.

Al haber sido artificialmente creados/transformados por procedimientos técnicos, los OMG tienen un estatuto jurídico diferente. A diferencia de otros seres vivos, pueden ser patentados como objetos industriales.
Al controlar la propiedad intelectual de los rasgos genéticos de los principales cultivos del mundo, estas empresas amasan grandísimos beneficios y marginan a los agricultores pobres (y no pobres) como veremos luego.

Actualmente, a escala comercial, se cultiva sobre todo MAÍZ, SOJA, COLZA Y ALGODÓN. Estas plantas tienen dos tipos de modificaciones genéticas: la propiedad insecticida (Bt) o la tolerancia a herbicidas

- Plantas Bt: son plantas que tienen una versión sintetizada/artificial del gen bacteriano Bt (Bacillus thuringiensis), que hace que en la planta se produzca la toxina insecticida Bt, mortal para algunos tipos de insectos, como el taladro: la plaga más habitual del maíz.
Estos son más del 60% de los productos transgénicos actuales, entre ellos el maíz español.
Como estas plantas producen la toxina a lo largo de todo su desarrollo, las poblaciones de insectos vulnerables al Bt se exponen a una alta concentración de forma continuada. Esto está provocando plagas resistentes al Bt.

- Plantas tolerantes a herbicidas: son plantas que no mueren al ser tratadas con un herbicida determinado. Estas plantas sólo son tolerantes a los herbicidas de las mismas empresas que comercializan las semillas.
Esta característica hace posible verter gran cantidad de estos químicos para matar las llamadas “malas hierbas” sin que mueran los cultivos transgénicos. El resultado es una mayor contaminación, en el suelo y las cosechas.
Además, las “malas hierbas” generan cierta tolerancia a estos productos, por lo que la cantidad de producto que se emplea tiene que ser cada vez mayor.
En este proceso existe también el riesgo de que los genes de tolerancia a herbicidas pasen a otras plantas adventicias, por lo que pueden llegar a aparecer las llamadas “super malezas”.

En el documental “El futuro de la comida” muestran 2 campos de colza: uno transgénico y otro convencional. Parecen iguales a la vista, pero después de ser sobrevolados por un avión con el herbicida Round Up de Monsanto, sólo un campo queda en pie¡¡¡

La propaganda de las multinacionales hablan de plantas detectores de minas, especies resistentes a salinidad o sequía, plantas más productivas o con determinados nutrientes. Pero los expertos y los ecologistas sostienen que nada que ver con la realidad.

Hoy por hoy, las semillas transgénicas a la VENTA sólo tienen estas dos propiedades: la insecticida o la tolerancia a herbicidas. Estos transgénicos han sido diseñados y se emplean para que las grandes compañías aseguren sus ventas de agroquímicos, controlen cada vez más la producción de alimentos y vendan sus semillas. El negocio es redondo pero peligrosísimo a todos los niveles¡¡

Si todavía eres de los que creen que los transgénicos son alimentos más sanos y con más nutrientes, deja de soñar. Esto no es una peli de Disney¡¡

En la Unión Europea solo está autorizando el cultivo de maíz Bt. Este maíz se utiliza principalmente para alimentar el ganado. ESPAÑA cultiva maíz transgénico desde 1998 y es el único país de la UE que lo hace a gran escala, a diferencia de otros países europeos que han prohibido los transgénicos en sus campos.

Además de ser líder en maíz Bt, España importa grandes cantidades de soja transgénica de los 2 grandes países productores de transgénicos que son EEUU y Argentina.
Tristes records los nuestros¡¡

GOLDEN RICE
Un caso muy famoso de alimento transgénico fue en el 2000 el GOLDEN RICE o “arroz dorado”, que es una variedad de arroz modificada genéticamente con un gen que produce beta-caroteno (un precursor de la vitamina A) que resolvería los problemas de deficiencia de vitamina A en el mundo y salvaría de la ceguera a un millón de niños pobres.
La industria biotecnológica estuvo cantando las alabanzas de este arroz milagroso a pesar de artículos en revistas científicas que explicaban que no funcionaba y que no se podía asegurar su inocuidad.

Finalmente fue un fiasco por 2 motivos principales: la cantidad de arroz necesaria para que funcionase y la necesidad de grasas en la dieta.

1. La FAO recomienda la ingesta diaria de entre 500 y 850 micro gramos de vitamina A para prevenir problemas de salud. Para ingerir 500 micro gramos serían necesarios 3,75 kilos de arroz enriquecido, lo que supone casi 9 KILOS de arroz cocinado. ¿Quién puede comerse 9 kg de arroz?.
La misma cantidad de vitamina A se consigue comiendo 200 gramos de arroz normal, 100 gramos de zanahorias y 100 de mango, por ejemplo. Pero claro, ésto es, aparte de sensato, diversidad agrícola, algo incoherente con el concepto de monocultivo transgénico.

2. Además, la vitamina A solamente se absorbe si es ingerida con GRASAS. La inmensa mayoría de la población del sudeste asiático no ingiere apenas grasas, y menos los niños desnutridos que es el targe al que iba dirigido. ¿No hubiese sido más fácil mejorar la alimentación de estos niños en vez de hacer un arroz transgénico? Pero no sería negocio¡¡

Esto es sólo un ejemplo de que los inventos de algunos científicos (por muy bien intencionados que sean, si es que lo son) cuando salen del laboratorio y de las teorías, no siempre funcionan y podrían causar estragos ambientales y de otro tipo. Se deben tener en cuenta múltiples factores.
No todo es tan fácil como “un gen-una solución”.

María del Mar Jiménez Redal

http://wordpress.eldedoenlallaga.com/2008/02/03/alimentos-transgenicos-y-alternativas-sanas/