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martes, 25 de agosto de 2009

Por un nuevo socialismo

Por un nuevo socialismo fecundado por el humanismo y la espiritualidad

Para mucha gente interesada en la espiritualidad la palabra socialismo equivale a materialismo, ateismo y rechazo de toda dimensión espiritual, cuando no, a barbarie totalitaria.
No hay duda de que han existido corrientes autodenominadas socialistas antiespirituales, intolerantes, embrutecedoras y criminales que han ensuciado un movimiento que uno de los grandes humanistas contemporáneos, Erich Fromm, consideraba “como uno de los movimientos más significativos, idealistas y morales de nuestro tiempo”.

Está claro que no se puede reducir el socialismo a estas escuelas totalitarias y antihumanistas, ya que frente a ellas, han existido otras de claro contenido humanista y humanitario, que han aportado gran parte de los avances sociales y democráticos contemporáneos.

Creo que la situación mundial actual hace cada vez más evidente la necesidad de un socialismo democrático que continúe tranformando un sistema económico, social y cultural basado en la injusticia, el egoismo, el Dios mercado, la guerra, la indefensión de los pobres…, responsable, en fin, de horror que se vive en gran parte del mundo.

Si los socialistas humanistas quieren de verdad cambiar esta situación, sin crear un sistema totalitario aún más salvaje que lo que ya tenemos, tienen que beber, junto a las fuentes más solventes y éticas del pensamiento laico moderno, de la espiritualidad.

Y es que no son palabras bonitas decir que no bastan los cambios estructurales (que son necesarios) y que es necesario el cambio de mentalidad, de corazón. Es absolutamente fundamental tener en cuenta esta idea si queremos de verdad ser socialistas de manera realista.

La espiritualidad es el camino para salir del egoísmo y abrirse al otro, al cosmos y a Dios. Sin este cambio, sin este hombre y mujer nuevos, no es posible construir el socialismo.
Incluso aunque lo hagamos de modo democrático y pacífico, los objetivos de una sociedad más humana, más consciente, más libre y fraterna no se podrán alcanzar.

Una espiritualidad sin sensibilidad y compromiso social es una contribución al sistema de egoismo institucionalizado pero un socialismo sin espiritualidad no es más que una quimera o una mentira.

José Antonio Vázquez

Fuente: http://wwwespiritualidadprogresista.blogspot.com

viernes, 19 de septiembre de 2008

República y socialismo, también para el siglo XXI

Manifiesto de la revista SINPERMISO

¿Por qué sinpermiso?

Pocas cosas parecen tan moribundas como el socialismo, a tenor de lo acontecido en los últimos treinta años de triunfalmente publicitado rejuvenecimiento del capitalismo. Es evidente el fracaso de las dos corrientes sedicentemente socialistas que lograron sobrevivir, como realidades políticas con base social importante, a la guadaña de los fascismos europeos, a las criminales purgas masivas estalinianas, a la II Guerra Mundial y a la guerra mundial fría y a las diversas guerras civiles, más o menos frías, que siguieron al aplastamiento militar del Eje nazi-fascista. Estamos asistiendo ahora a un verdadero fin de trayecto del ala derecha de la socialdemocracia, que intentó con bastante éxito político hasta mediados de los 70 variados experimentos de socialismo limitadamente estatista dentro de un capitalismo restaurado y reformado. Y el comunismo de ascendencia estalinista, que intentó, con relativo éxito económico hasta la década de los 80, un llamado "socialismo real", despóticamente estatista, y pretendidamente fuera del capitalismo, quedó completamente destruido y desacreditado después de la caída en Berlín, a manos de un movimiento popular imparable, del símbolo por excelencia de su mentira y su oprobio.

Es valor deslucido durar en la vida cuando parece que se alarga adrede. ¿A qué, pues, precisamente ahora, una publicación político-cultural periódica de propósito declaradamente socialista?

El núcleo promotor de esta iniciativa está compuesto de gentes de tres generaciones y de los dos lados del Atlántico cuya biografía política e intelectual ha estado ligada de diversas formas –incluidas, por ejemplo, en los más veteranos, la experiencia de la militancia revolucionaria bajo las dictaduras militares y en las cárceles políticas latinoamericanas o la resistencia clandestina al franquismo— a distintas corrientes y subculturas de la gran tradición socialista contemporánea. Entre las muchas equivocaciones que admiten haber cometido en su vida política, no está la de haberse equivocado nunca de enemigo. Siguen considerándose socialistas, si más no porque en estos últimos lustros de desconcierto y disolución, atenidos con latina terquedad al programa moral cervantino, no han sido "movidos por promesas", ni "desmoronados por dádivas", ni "inclinados por la sumisión" —ni, habría que añadir, íntimamente vencidos por la calumnia—. Pero nuestra relación con la tradición socialista es laica: todos rechazamos el narcisismo moralizante de los redentores de cátedra aupados a las espaldas de los gigantes revolucionarios del pasado, no con ánimo de ganar una atalaya que colabore en el esfuerzo de seguir viendo y entendiendo lo que está pasando precisamente ahora, sino para lograr de barato la peana intemporal de una santidad incompetente.

Sea dicho de entrada: no nos proponemos resolver o aun enfrentar la crisis del ideario y la derrota de la acción socialistas con que ha terminado el siglo XX reduciéndonos al procedimiento, estérilmente académico, de limpiar, pulir y dar esplendor semántico a la palabra "socialismo", a fin de disputar conceptualmente que ésta o aquélla experiencia, tal o cual doctrina sedicentemente socialistas hayan sido "genuinamente socialistas". Para bien o para mal (tal vez para bien y para mal), el socialismo, en el amplio sentido de la palabra –que incluye a los diversos anarquismos, a los diversos comunismos y a los diversos laborismos que en el mundo han sido y, de uno u otro modo, siguen siendo— ha llenado la historia social y política real de los últimos ciento cincuenta años, encarnado en los más diversos y encontrados movimientos populares del planeta entero, empezando, claro está, por el tronco principal del movimiento obrero de los países industrializados o semiindustrializados. El socialismo –con todos sus "ismos"— ha sido una realidad histórica de primer orden, proteica y multiforme. Una imponente realidad de época, en la que han cabido de hecho lo mejor y, no pocas veces, lo peor que hasta ahora ha dado de sí el género humano; no un ideario ahistórico o desencarnado, meramente rescatable o redimible con repetidas exégesis de unos cuantos textos sagrados –necesariamente malas, como todas las interpretaciones sacadas de contexto—, o estilizadamente reductible a audaces teoremas, filosofemas, o ideologemas que zascandilean más o menos sutilmente con la eternidad. Y como tal realidad histórica, complicadísima, versátil y tornadiza, ha de ser el socialismo comprendido, criticado y –he aquí nuestro primer designio— autocriticado, y acaso, recobrado, y acaso, humildemente continuado.

Las nuevas generaciones que están ingresando ahora políticamente en los múltiples movimientos contra la globalización imperialista de nuestros días no han conocido ya sino el brutal capitalismo contrarreformado que se ha ido imponiendo en el mundo en el último cuarto de siglo. Y apenas han creído ver como socialismo lo que en realidad fueron las ruinas de burocracias estatales derrotadas que abusaron de ese nombre y la sectaria publicidad incansablemente cantada por los jilguerillos a sueldo de los autoproclamados vencedores.

Es nuestra convicción más profunda que las raíces y el tronco de la tradición socialista, a pesar de tantas cosas –también del veneno difamatorio interesada o frívolamente vertido—, siguen vivos y con savia. Y que nada puede alimentar mejor a la nueva consciencia anticapitalista que se está desarrollando en los actuales y crecientes movimientos contra los desastres humanos y naturales engendrados por la violencia globalizada del capital, que los frutos nuevos, cosechables de ramas nuevas y menos nuevas, que todavía puede dar el viejo árbol.

He aquí, pues, nuestro segundo designio: llamar la atención sobre la aparición aquí y allá de brotes jóvenes y aun de esquejes prometedores; mostrar el vigor y la solidez de ciertas ramas nuevas y menos nuevas interesantes –y tratar de podar otras, claro—; contribuir, con la ridícula modestia de una revista semestral, a producir, a apoyar o a difundir en el mundo de habla castellana frutos nuevos y en nuestra opinión valiosos de la reflexión socialista actual. Promover pensamiento fértil, no esterilizado por la superficial política politizante de la intriga táctica y el miope afán de cada día. Estimular la elaboración intelectual radical: radical por ir a la raíz de los problemas, pero también, por bien hincada en sus raíces morales y doctrinales. Pues, finalmente, como cantó Goethe, quien quiere ver fruta en la copa del árbol, está obligado a nutrir sus raíces.

¿Por qué "sin permiso"?

El socialismo encarnado en el movimiento obrero decimonónico heredó y transmitió, casi en solitario, al mundo contemporáneo la radicalidad de la vieja noción de "libertad" del Mediterráneo antiguo, la misma noción republicana de libertad que había animado unas décadas antes a los revolucionarios norteamericanos, a los revolucionarios franceses y a buena parte de los independentistas latinoamericanos, y que empezó a eclipsarse con el triunfo de la contrarrevolución termidoriana y del liberalismo monárquico doctrinario, del lado europeo del atlántico; de Hamilton y las fuerzas sociales grancapitalistas, del lado norteamericano del océano; y de lo que Mariátegui llamó "falsas repúblicas", excluyentes del grueso de la población indoamericana, en la antigua América española y portuguesa.

Hasta comienzos del XIX, la republicana fue la única idea seria de libertad que conoció la cultura europea: la idea, esto es, de que libertad es independencia respecto de la voluntad arbitraria de otro particular (ya sea la de la autoridad política más carismáticamente legitimada), y de que esa independencia se funda siempre en la posesión de bases materiales suficientes para asegurar la existencia social propia (y de los propios); lo demás, en uno u otro grado, esclavitud y servidumbre. Cualesquiera que fueran sus diferencias, ésa es la noción de libertad que ha compartido una larga estirpe de pensadores y luchadores políticos, desde la Antigüedad clásica hasta las revoluciones de 1848 en Europa. Y es la noción –¡faltaría más!— de Don Quijote:

"La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos... ¡venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!"

Además de esa inveterada noción de libertad, que la graduaba según la obligación en que se estaba de agradecer a otro el pan de cada día, el socialismo del movimiento obrero decimonónico transmitió al mundo contemporáneo, y también esta vez casi en solitario, los ideales de otra noción casi tan antigua: la de "democracia".

Democracia significaba en la Grecia clásica, como enseña su crítico Aristóteles, gobierno o poder político de los pobres libres; extensión de la libertad republicana a los pobres no esclavos que vivían por su manos. Eso mismo seguía significando aproximadamente a finales del XVIII también para Jefferson y el ala izquierda –democrática— de los founders de los EEUU. Jefferson, como muchos demócratas del mediterráneo clásico, era propietario de esclavos –de pobres no-libres—, y apenas se interesó por los no muy numerosos trabajadores asalariados de su tiempo, a quienes en la mejor tradición republicana tendió a ver siempre como "esclavos a tiempo parcial", es decir, como gentes acaso políticamente peligrosas, porque, al igual que las mujeres, no estaban completamente exentas de la obligación de agradecer a otro el pan de cada día.

Pero la antigua idea de democracia como gobierno o poder de los pobres ya libres sufrió un cambio radical del lado europeo cuando, por esa misma época, y a través de Robespierre, Marat y el movimiento social todo de la extrema izquierda plebeya jacobina, se combinó con la exigencia de la plena universalización de la libertad y la igualdad republicanas, con la exigencia, esto es, de "fraternidad", que eso significaba el programa de abolición completa de todo tipo de esclavitud (en las colonias) o semiesclavitud y dependencia material (en la metrópoli). La democracia "fraternal" implicaba, pues, y por lo pronto, una reestructuración radical de los institutos de propiedad privada en los que se fundaba lo que Robespierre llamó una "economía política tiránica", una forma, esto es, de organizar la vida económica que perpetuaba, y aun agravaba, la subordinación material y espiritual de quienes viven por sus manos. Y, en su faz positiva o constructiva, la democracia fraternal llamaba a la conservación y a la revigorización de una "economía política popular" (lo que el historiador Eduard P. Thompson ha rebautizado en nuestros días como "economía moral") que desbarataba o cuando menos mitigaba aquella dependencia.

El desarrollo del capitalismo ha significado aumento de la riqueza, innovación tecnológica y disolución de ancestrales servidumbres; en pocas palabras, civilización y progreso. Tal vez. Pero como advirtió famosamente Walter Benjamin en uno de los más agudos ejercicios de crítica del "progresismo" que ha hecho el socialismo, hasta ahora todo documento de cultura y civilización ha sido también un documento de barbarie. Y el vigoroso despliegue del capitalismo que siguió a la revolución industrial del primer tercio del XIX fue –no sólo, claro está, pero también— el triunfo de la "economía política tiránica" sobre la "economía política popular". Fue –no sólo, claro está, pero también— un proceso de expropiación gigantesco que convirtió, y sigue convirtiendo, en "asalarizables" (en "proletarios") a centenares de millones de personas, primero en Europa, y luego, más y más –y hasta el día de hoy—, en el mundo entero, privándolas de sus bases materiales de existencia tradicional y echándolas en brazos de nuevas y menos nuevas servidumbres. Un proceso de crecimiento, desarrollo y "acumulación ampliada", pero también, y paralelamente, un proceso de expolio y de "acumulación por desposesión"; un incierto proceso de creación destructiva, como lo rotuló en su día el más inteligente –y por lo mismo, el más escéptico— de sus defensores. Un proceso que –no sólo, claro está, pero también— destruyó, y sigue destruyendo, ancestrales economías naturales y deshizo, y sigue deshaciendo, viejas y nuevas economías morales, con resultados cultural, social y ecológicamente catastróficos, que sólo ahora empezamos tal vez a entender en toda su magnitud (1).

El pleno triunfo de la economía tiránica moderna –y la consiguiente derrota de la economía democrática fraternal— tuvo su prólogo político europeo en el golpe de Estado antirrobespierrano de Termidor. El diputado Dupont de Nemours expresó en 1795 con claridad admirable el programa del liberalismo doctrinario naciente, y su nueva noción de libertad, que, dando a todos ciudadanía, hacía, a unos, a los ricos, ciudadanos por excelencia –políticamente "activos"—, y a otros, al grueso de quienes viven por sus manos, ciudadanos "pasivos" de segunda clase –excluidos de la vida política, subalternos en la nueva vida civil—:

"Es evidente que los propietarios, sin cuyo permiso nadie podría en el país conseguir alojamiento y manutención, son los ciudadanos por excelencia. Ellos son los soberanos por la gracia de Dios, de la naturaleza, de su trabajo, de sus inversiones y del trabajo y de las inversiones de sus antepasados."

Hay un sentido –el sentido que a nosotros nos interesa sobre todo proseguir— en que el socialismo fue continuador del republicanismo democrático revolucionario europeo, continuador, en las condiciones ya muy cambiadas de un capitalismo plenamente desplegado –que volvía imposible o utópica la universalización de la pequeña propiedad privada fundada en el trabajo personal—, de la política "fraternal" de oposición insobornable a la economía política tiránica del capitalismo incipiente. Y en ese sentido, se puede desde luego decir que el socialismo del movimiento obrero decimonónico arrancó en Europa como réplica democrática a Termidor, ofreciéndose como renovado desarrollo de la exigencia de una vida económica, social, política y espiritual en la que nadie –mucho menos, el grueso de la población— necesitara tener que pedir permiso a otro particular, o al Estado, para vivir. El socialismo político no arrancó como un movimiento sectario, es decir, en fingida ruptura –"epistemológica", moral, o del tipo que sea— con todo pasado, negando toda raíz y todo antecedente. Con plena autoconsciencia de sus raíces, y precisamente para dar a otros socialistas esa consciencia, escribió Marx en su Crítica del Programa de Gotha:

"El trabajo no es "la fuente de toda riqueza". La naturaleza no es menos fuente de los valores de uso (¡y en éstos consiste la riqueza objetiva!) que el trabajo, el cual no es sino la manifestación de una fuerza natural, la fuerza humana de trabajo. Aquella frase se halla en todas las fábulas para niños, y sólo es verdadera, si se supone que en el trabajo van incluidos los medios y los objetos que le acompañan. Pero un programa socialista no puede permitirse esos modos burgueses de hablar, en los que se pone sordina a los supuestos que le dan su sentido a la frase. Sólo en la medida en que el hombre se relaciona de buen principio como propietario con la naturaleza –que es la primera fuente de todos los medios y los objetos del trabajo—, sólo en la medida en que la trata como cosa suya, será el trabajo fuente de valores de uso, es decir, de riqueza. Los burgueses tienen muy buenas razones para fantasear que el trabajo es una fuerza creativa sobrenatural; pues precisamente de la determinación natural del trabajo se sigue que el hombre que no posea otra propiedad que su propia fuerza de trabajo, en cualesquiera situaciones sociales y culturales, tiene que ser el esclavo de los otros hombres, de los que se han hecho con la propiedad de las condiciones objetivas del trabajo. Sólo puede trabajar con el permiso de éstos, es decir: sólo puede vivir con su permiso."

Y a eso aún habría que añadir hoy, tras siglo y cuarto de experiencia histórica, que la apropiación tiránica de las riquezas naturales por parte de particulares, combinada con el uso tiránico de fuerza humana natural de trabajo, no siempre crea más riqueza, sino que, más y más, genera también destrucción, saqueo y ruina irreversible del común patrimonio natural (incluida la fuerza natural de trabajo). Los socialistas del siglo XXI han de empezar por admitir, como quería el último Manuel Sacristán, que "ellos mismos han estado demasiado deslumbrados por los ricos, por los descreadores de la Tierra", es decir, por los tiranos que albergan la megalómana –y suicida— pretensión de que la Tierra misma, y no sólo los humanos a ellos sujetos, les pida permiso para existir.

De aquí –y hasta aquí— "sin permiso".

NOTA (1) Las grandes y originales contribuciones socialistas actuales a esta nueva comprensión de la historia de la cultura económica y política del capitalismo (por ejemplo, Mike Davis, Late Victorian Holocausts (Londres, Verso, 2001), o David Harvey, El nuevo imperialismo (Madrid, Akal, 2004) deben mucho a las geniales intuiciones de Rosa Luxemburgo a comienzos del siglo XX.

Firmado: María Julia Bertomeu, Antoni Domènech, Adolfo Gilly, Raquel Gutiérrez, Joaquín Miras, Jordi Mundó, Daniel Raventós, Rhina Roux, Carlos Abel Suárez

Barcelona, Buenos Aires, México, D.F. Junio de 2005

jueves, 1 de mayo de 2008

Budismo y Socialismo Natural

por el Venerable Ajahn Buddhadassa Bikku (*)

Prólogo

En el budismo antiguo las enseñanzas de los maestros no son consideradas absolutas.

Las enseñanzas del Venerable Buddhadasa nos pueden parecer que están un poco fuera de la realidad, pueden llegar a chocar con nuestra mentalidad occidental. Estas enseñanzas se apoyan en los valores budistas y morales de la enseñanza del Buda. Sin rechazar aquello que en un primer momento nos choca y sin atarnos a aquello que nos gusta, hemos de tener el coraje de profundizar en un pensamiento que no es como el nuestro pero que apoyándose en el Dharma del Buda tiene algo que decirnos.

Estos textos están para abrirnos el espíritu y desplazar nuestra manera de pensar hacia una dimensión budista que no tiene porqué ser aquella que los medios de comunicación nos muestran de forma habitual. Las enseñanzas del Buda nos invitan a dejar el mundo de las apariencias.

Introducción

El término “socialismo” nos es familiar a la hora de hablar de sistema o ideología política. La gran mayoría entiende por socialismo un sistema que es enemigo de la democracia liberal. En nuestros días, cuando nos referimos a socialismo, generalmente entendemos “comunismo”. En este caso no lo tomaremos en ese sentido. Más bien hablaremos de socialismo según los principios o normas religiosas, y, sobre todo, según los principios de la naturaleza. Debemos comprender el verdadero sentido del socialismo en términos de moral.

Por moral (sîladhamma) entendemos la causa de la normalidad o del equilibrio natural de las cosas (prakati). Desde el punto de vista de la causa, la moral es aquello que ofrece el equilibrio o la normalidad; desde el punto de vista de efecto o del resultado es la condición para permanecer en el equilibrio. Visto de esta manera, todo hecho está relacionado con la moral o con lo contrario a la moral. El acto moral es el acto que conduce a la paz y a la calma. La confusión y el caos, por el contrario, son la consecuencia de la falta de moral. Por tanto, el socialismo, debe ser entendido en estos términos. Es un tipo de moral. Para comprender el socialismo desde un sentido más profundo debemos entenderlo en el sentido de su carácter moral. En términos de moral, el socialismo es un sistema que trata de erradicar el desorden y la confusión y aportar el equilibrio (prakati) en la sociedad. En primer lugar es necesario clarificar algunos términos que se asocian al socialismo como sistema político.

La palabra “política”

En principio, examinemos la palabra “política” (kân mu´ang, en tailandés) porque el socialismo es un sistema político o un sistema de ideas políticas. La palabra “política” es problemática. Algunos la ven como algo sin valor, decepcionante o como una estrategia de explotación. Otros la consideran un medio o estrategia capaz de pacificar el mundo. En su origen la política puede ser definida simplemente como “aquello que concierne a muchas personas y a muchas cosas”. La política, en este sentido, es una estrategia para hacer frente a los problemas que surgen cuando los seres humanos viven juntos. Es en este sentido que puede considerarse al socialismo como moral e incluso religioso. En teoría, la política es un sistema moral que permite afrontar los problemas que nacen de la necesidad de una cooperación social. Fundamentalmente el socialismo es un sistema político más moral que cualquier otro sistema.

Podemos decir lo mismo del término “sistema económico”. La mayoría de la gente piensa que es una manera responder a las necesidades físicas o lo utilizan para diferenciar los sistemas políticos. Nosotros debemos preservar el sentido original de dimensiones morales de la economía política o de un sistema económico.

Reflexionemos sobre ese inmenso sujeto que es el “gobierno”. El gobierno puede ser contemplado como medio de dirigir un pueblo, una ciudad, una nación, e incluso el mundo. De este modo, “gobernar” significa resolver los problemas que nacen de las relaciones en un conjunto determinado de seres humanos. El gobierno debe ser intrínsecamente moral (en el sentido que resuelve los problemas, conduce a la armonía o al equilibrio natural). Incluso el estudio de la sociedad, las llamadas “ciencias sociales” (sangham-sâstra), debe ser considerado como una empresa fundamentalmente moral. El término sâstra significa algo que sirve para cortar. En la religión budista usamos este término para referirnos a la clarificación de algún aspecto especialmente difícil, profunda, o extremadamente sutil de los sûtra. Cuando el sâstra se aplica a la sociedad, como es el caso de sangham-sâstra (ciencias sociales), vemos que estos estudios penetran en la compresión de los problemas con el fin de solucionarlos, sean estos problemas políticos, económicos o sociales. Siendo una de las ciencias sociales, la política puede ser considerada como un método para atajar los problemas sociales. No debemos olvidar que la religión está incluida en eso que llamamos ciencia social, o sâstra-sangham.

La palabra “religión” (sâsanâ) y la palabra “política” tienen una relación esencial. La religión tiende a la moral perfecta. Dado que los sistemas políticos deben ser esencialmente sistemas morales (sîladhamma), la política y la religión tienen un punto en común. Por supuesto, la mayoría de gente piensa que la política sólo se ocupa de los aspectos materiales y físicos de la vida. La verdadera religión apunta al desarrollo espiritual (vinnâna) o mental (cit-cai, en tailandés); la política debe hacer lo mismo. Algunos dicen que el budismo es demasiado espiritual y otros que es demasiado materialista. Lo cierto es que el budismo se encuentra en el punto medio. Es una síntesis equilibrada de lo espiritual y de lo material. Lo que tiene de bueno el budismo es que no es esclavo del mundo material, ni tampoco es fanático en cuanto a los asuntos del espíritu.

Tenemos la costumbre de considerar la política como materialista. Decimos por ejemplo que la política es un “trabajo sucio”. Pero si la política es sucia, no es realmente por la política en sí sino por la falta de moralidad de los políticos. La verdadera política es una lucha contra la ignorancia, contra la visión errónea, contra la codicia y la avaricia y contra otras pasiones por el estilo. Desgraciadamente, al ver tanta corrupción política, la gente dice que la política es algo sucio. Y no podemos censurar a la gente por no percibir la política en el verdadero sentido del término. En todo el mundo la política se ha convertido en un medio para conseguir ventaja y poder sobre los demás y los políticos sólo hablan en su propio interés. Esto es lo que realmente mancha el sentido real de la política.

Volvamos al principio. A saber: que ningún aspecto social, ya sea político, económico o religioso, se encuentra al margen de la moral y que la ética es, por naturaleza, la principal ciencia social en cuanto que su fin es resolver los problemas de la sociedad en todos los aspectos con el objetivo de traer una armonía y un equilibrio natural entre las partes.

Debemos ver la política como una forma de moralidad práctica no de moral en el sentido filosófico. La filosofía se ocupa fundamentalmente de la lengua o de las palabras, más que de las realidades de la experiencia humana. La política o la ciencia política, bajo la forma de filosofía que parece tan popular hoy en día, es inútil.

Pero cuando se contempla la política como un conjunto de principios morales, ésta puede ayudar mucho a la gente. Es mejor tomar la política como una religión porque la religión es la moral llevada a la perfección.

Bajo una forma menos desarrollada la llamamos ética social, en su forma más madura es una moral religiosa. La sociedad necesita esta moral religiosa. La ciencia política, como filosofía política o ideología pura, puede conducir a la masacre y la destrucción mutua asegurada pero, como moral religiosa conduce a un estado de paz y de ecuanimidad.

Democracia y socialismo.

“Democracia” y “comunismo” son expresiones del lenguaje político al uso. Pero el sentido de ambas expresiones es ambiguo y a menudo es utilizado de diferentes formas. Por un lado, la democracia puede convertirse en una manera de ganar ventajas y poder sobre los demás y destruirles. Por otro lado, la democracia puede ser un instrumento para establecer la paz. Ambos términos son utilizados por los capitalistas y por los comunistas, oponiéndolos uno contra otro.

Los capitalistas usan la democracia como una forma de defender sus posesiones, sus riquezas, sus propiedades, y consideran que el comunismo quiere quitárselas. ¿Cuál es el sentido fundamental de la democracia? ¿Hay un sentido fundamental del término o se refiere simplemente al contexto y al punto de vista? Miremos desde más cerca el sentido de la democracia en términos de “democracia liberal” por una parte y de “democracia socialista” por otra.

La democracia liberal defiende el ideal de la libertad. Pero la libertad que defiende es tan ambigua que parece estar siempre controlada por las pasiones humanas (kilesa). Aunque el ideal de la libertad esté magníficamente representado en la filosofía de la democracia liberal, es difícil ponerla en práctica. La filosofía liberal o la ideología de la libertad no tiene el poder de resistir la fuerza de las pasiones humanas (kilesa). La ambigüedad de la democracia trae consigo la idea de que todo aquello que se quiera hacer está bien. Tanto el delincuente como el sabio reclaman su libertad en la democracia liberal. Si los delincuentes no tienen libertad para vivir sus pasiones se dice que la libertad no existe. Debemos aceptar el hecho de que tenemos pasiones. Esto será cierto aunque todos los pueblos de la tierra estuviesen unidos. La democracia liberal no puede se eficaz de esta manera.

El socialismo (sangham-niyama), que se opone al ideal de libertad individual del liberalismo, es una forma de democracia más controlada, más apta para conjurar las pasiones humanas. El socialismo se focaliza sobre el bienestar social examinando y corrigiendo los problemas sociales. El liberalismo no da bases para algo socialmente útil porque excita el egoísmo y el bienestar individual más que el bien común. Desde un punto de vista budista podemos decir que hay dos tipos de socialismo: el socialismo dhármico, que es conforme al Dharma del Buda y el socialismo no-dhármico, que no es conforme al Dharma. El socialismo dhármico puede salvar al mundo de lo que parece ser una carrera hacia la destrucción.

El socialismo no-dhármico, por su parte, no puede salvar al mundo a causa de su ignorancia insensata. En tanto que sistema político, el socialismo es mejor que el liberalismo pues este último empuja al egoísmo, anima los intereses egoístas. El liberalismo dhármico, o el liberalismo ideal, animaría a los seres humanos a liberarse de sus pasiones, es decir, al nirvana. La libertad, en su sentido más pleno, es únicamente la que conduce al nirvana. La libertad que caracteriza a la democracia liberal tiene un punto débil muy peligroso: no consigue liberar al ser humano de las pasiones (kilesa). Por ello se opone radicalmente al socialismo dhármico.

Democracia dictatorial

Examinemos una noción muy contradictoria como es la de “democracia dictatorial” (prajâdhipatai-phadetjakâra). Condicionados por la visión liberar, tenemos tendencia a etiquetar negativamente la palabra “dictadura”. El término dictadura tiene dos sentidos. Como método de acción y como ideología. Como ideología política, por ejemplo, no es práctico. Pero como método de acción puede ser útil ya que, en este caso, significa simplemente tomar decisiones firmes de forma expeditiva. Aunque un país socialista sea completamente democrático, deberá resolver los problemas de forma expeditiva. Podríamos llamar a este sistema “democracia expeditiva”. Es en este sentido que decimos que una democracia socialista dhármica es dictatorial o expeditiva.

Si aplicamos métodos expeditivos a los asuntos del espíritu la dictadura adquiere un sentido religioso o verdaderamente dhármico. Cuando somos más expeditivos con las pasiones que obstruyen nuestro espíritu, vemos como esas pasiones se debilitan hasta desaparecer por completo. En efecto, si todos fuéramos más “dictadores” con nosotros mismos en ese sentido, no necesitaríamos ningún gobierno. Cada uno se liberaría por sí mismo de la suciedad de las pasiones y llegaríamos a la cima de la moralidad. Y precisamente el problema de las pasiones el que hace que la democracia liberal sea irrealizable. Dado que la naturaleza de los seres humanos es sucumbir a sus debilidades, la “democracia liberal” tiende a ser interpretada simplemente en términos de intereses personales y egoístas, y no en términos del bien de todos. En principio, todo sistema político debe hacer frente al problema de las pasiones. Debe tomar en consideración el hecho de que nuestra mente carece de pasiones cuando nacemos. Y que es a partir del contacto con las sensaciones cuando las pasiones aparecen y, a partir de ahí, no dejan de multiplicarse a lo largo de la vida. La libertad individual o personal depende de ese problema de las pasiones.

La palabra libertad, en el sentido empleado habitualmente por las democracias liberales, se encuentra en contradicción con la política en el sentido fundamental. Si pensamos que la política es algo que concierne a grupos de personas que viven juntas, entonces la fuerza de un sistema político debe ser el bienestar de todo el grupo. El término “libertad” usado por la ideología liberal concierne únicamente al individuo. El hecho de poner el énfasis en la libertad personal desplaza el centro de interés del grupo al individuo. Este desplazamiento va en contra del sentido de la política. He aquí una historia: alguien había capturado un mono, un pájaro, un gran lagarto, una tortuga y un tigre. Tomó una cuerda y los ató a todos juntos. Después les dejó hacer lo que quisieran. Naturalmente cada uno quiso hacer una cosa distinta. Comenzaron a luchar y cada uno tiró por donde quiso. El mono intentó subir a un árbol, el pájaro quiso volar, la tortuga deslizarse hacia un pantano y el lagarto esconderse en el bosque.

Cuando estamos imbuidos por la palabra “libertad” o la expresión “democracia libre”, debemos recordar que defender la libertad personal de los individuos que son gobernados por las pasiones va en contra de la política en el sentido fundamental del término, que es el de ocuparse del bien general. Un sistema político que no administra la sociedad como un todo es un sistema inmoral. Es importante no olvidar aquí que la libertad es la libertad en el sentido dhármico o religioso que significa en el sentido más fundamental del término “liberarse de las pasiones” (kilesa). Una democracia libre tiene éxito como sistema político en la medida en la que aquellos que la componen están libres de pasiones. Decimos: “la liberación de las pasiones conduce al nirvana”. Por desgracia, no se suele ver nunca la palabra libertad empleada en este sentido en ningún tratado político y jamás se oirá algo así en las discusiones políticas contemporáneas. Hablamos de esta libertad en términos religiosos, pero sin embargo este el tipo de libertad es el fundamento de una sociedad acorde al Dharma y la condición imprescindible para alcanzar el nirvana.

Examinemos ahora más de cerca un tipo de socialismo en el que se usa el término libertad en el sentido de “libertad de las pasiones”. ¿Qué es lo que se encuentra en el centro mismo de este concepto de socialismo? Una manera de explicarlo es volviendo al sentido fundamental de la ciencia política. Si la política es aquello “que pertenece a un gran número de personas” y el socialismo es la “unión de un gran número de personas”, entonces el sentido fundamental de la política y del socialismo es el mismo, a saber, el que concierne a las interacciones de un gran número de personas.

Otra forma de verlo consiste en considerar el socialismo desde el punto de vista de la naturaleza. La naturaleza en estado puro es un ejemplo de socialismo puro. Si la naturaleza se hubiera comportado siguiendo los principios de la democracia liberal, se hubiera destruido a sí misma poco tiempo después de la aparición del mundo. El socialismo ha continuado existiendo allí donde ha reflejado la condición natural de interdependencia y de equilibrio armonioso. Mirad como la naturaleza ha mantenido este equilibrio complejo entre todas sus manifestaciones desde que la tierra existe. Después de que la tierra se separase del sol, o de donde sea que venga, se fue enfriando y se endureció. A lo largo del tiempo, esa materia se hizo piedra y se fueron formando diferentes elementos. Nada existió ni existe de forma independiente. Las aguas dieron origen a los primeros organismos unicelulares que llamamos vida. Con el tiempo esta vida evolucionó hacia formas pluricelulares y luego hacia seres vegetales y animales.

Si somos observadores, nos daremos cuenta de lo que ha sido el plan de la naturaleza desde el principio. En el mundo natural existe en un equilibrio armonioso para sobrevivir, desarrollarse y funcionar bien. Esta interdependencia y este equilibrio pueden ser llamados la “hoja de ruta” de la naturaleza. Según esta “hoja de ruta” ningún ser vivo debe consumir más que la porción de los recursos que le corresponde. Cada estómago, por ejemplo, tiene una capacidad que corresponde con la cantidad de alimento necesario para sobrevivir y crecer. El almacenamiento de alimentos en graneros o en almacenes rompe el plan original. En el mundo natural, la naturaleza controla y limita estrictamente toda forma de acumulación. A través del proceso de evolución, desde los organismos unicelulares hasta la aparición de los primeros seres humanos, el mundo natural ha sido intrínsecamente socialista. La naturaleza no ha dado a ninguna forma de vida los medios para acumular más recursos de los necesarios para sobrevivir y desarrollarse.

Pájaros, insectos, árboles… sólo consumen lo que la naturaleza les permite tomar. Sus niveles de consumo son los apropiados a sus necesidades. Es precisamente este aspecto limitativo, o si ustedes quieren “autoritario”, de la naturaleza el que ha permitido al mundo vegetal y animal sobrevivir y multiplicarse con tanta profusión y diversidad.

Igualmente, los primeros seres humanos no tenían los problemas sociales que tenemos nosotros hoy en día porque no acumulaban recursos. Vivieron un socialismo natural durante centenares de millones de años. Hoy día, estamos aquí porque la naturaleza ha mantenido un equilibrio socialista armonioso a través del proceso de evolución. Este equilibrio natural no ha estado amenazado hasta que un puñado de seres humanos “no naturales” se pusieron a producir y almacenar para ellos mismos por encima de sus necesidades. Esta acumulación incita a la competición y a la lucha más que a la cooperación. Los problemas sociales nacieron cuando el ser humano aplicó su inteligencia a la búsqueda de métodos para acumular riquezas, poder y recursos, ganando así ventajas sobre los demás. Igualmente en nuestros días, algunos individuos y grupos utilizan la "libertad” del tipo democracia liberal para apropiarse de grandes cantidades de riquezas a expensas de otros.

Un pasaje de un texto pali cuenta que alguien tuvo un día la idea de almacenar una gran cantidad de cereales, en vez de recogerlos día a día en función de sus necesidades. Al hacerlo, otros se quedaron sin nada que comer y tuvieron que pelear para asegurar su subsistencia. Hoy día estamos afligidos por los mismos problemas. Diferentes teorías económicas han abordado este problema de la lucha por los recursos. Desgraciadamente, esta mezcla desconcertante de teorías económicas nos aparta de una solución efectiva porque no funcionan conforme a la moral de la naturaleza.

Extracto del libro: Budismo y socialismo, de Ajahn Buddhadassa Bikku
Traducción de Juan Carlos Montoya


“Célebre monje budista, Buddhadasa Bhikkhu fue uno de los primeros en promover la comprensión mutua entre las religiones para el diálogo entre personas de diferentes confesiones y fue altamente respetado en el mundo entero. Dejó su monasterio para redescubrir la inserción del budismo en el mundo y el espíritu de sus orígenes. El acento que puso sobre la interdependencia de todas las cosas ha hecho de él uno de los precursores del pensamiento ecológico y un apóstol de la paz entre naciones. Sus escritos, traducidos y publicados en numerosas lenguas, ejercieron una influencia considerable, sobre la renovación del pensamiento budista. Las reflexiones que expresó tienen el potencial de guiar no solamente a Tailandia, sino también a todas las sociedades que luchan por la creación de un orden social, político y económico justo y equitativo”.

Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

miércoles, 9 de abril de 2008

Socialismo budista

“Célebre monje budista, Buddhadasa Bhikkhu fue uno de los primeros en promover la comprensión mutua entre las religiones para el diálogo entre personas de diferentes confesiones y fue altamente respetado en el mundo entero. Dejó su monasterio para redescubrir la inserción del budismo en el mundo y el espíritu de sus orígenes. El acento que puso sobre la interdependencia de todas las cosas a hecho de él uno de los precursores del pensamiento ecológico y un apóstol de la paz entre naciones. Sus escritos, traducidos y publicados en numerosas lenguas, ejercieron una influencia considerable, sobre la renovación del pensamiento budista. Las reflexiones que expresó tienen el potencial de guiar no solamente a Tailandia, u país, sino también a todas las sociedades que luchan por la creación de un orden social, político y económico justo y equitativo”.

Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Introducción.

El venerable Buddhadasa parte del principio de que todas las religiones estaban, en su origen, basadas en el principio ético del reparto de la riqueza y el respeto de la naturaleza.

Las creencias primitivas se organizaron en forma de religión y constituyeron el origen de las culturas y de las civilizaciones. La religión codificó los intercambios comerciales y humanos en una sociedad cada vez más estructurada en torno a la economía. Fue el tiempo de las ciudades sumerias, del antiguo Egipto. Antes de convertirse en creencia, la religión fue el código moral que mantuvo cohesionado el tejido social.

El venerable Buddhadasa simplemente nos invita a descubrir o redescubrir como el Dharma no es solamente una enseñanza para la “vía espiritual”, sino una manera de vivir y de reorganizar el tejido social, reencontrando la verdadera naturaleza de las cosas.

El bien de todos los seres

Todas las religiones del mundo son socialistas, las democracias individualistas donde los hombres pueden hacer lo que les parezca, no. Los fundadores (sâsad) de todas las religiones han querido que los hombres vivan según los principios socialistas para actuar en interés de la sociedad como un todo. Cuando alguien antepone el interés personal frente al bien de la sociedad, la codicia (kiles) toma la rienda, es decir el ser humano comienza a ser gobernado por deseos egoístas. La enseñanza del budismo hace del budismo una religión particularmente socialista.

Déjenme poner un ejemplo. En la tradición budista, una persona rica (sresthi en sánscrito) difiere considerablemente del capitalista (thaï nai thu) de hoy. En otro contexto no budista sresthi tiene el mismo sentido que nai thun, alguien que acumula riquezas materiales más allá de sus necesidades reales. En la tradición budista, además, el estatus del sresthi se medía por el total de rong tan de que disponía. Un rong tan era un asilo, un lugar municipal donde los necesitados encontraban lo que les faltaba en el plano material.

Cuantos más rong tan tenía un sresthi, más rico era considerado. Gracias a los excedentes producidos por los sresthi y al gran número de obreros y servidores que había empleados, tenían la posibilidad de construir más rong tan, es decir proporcionar servicios sociales. Pero los sresthi en un sentido no estrictamente budista son nai thun: aquellos que amontonan riquezas sin fin y vuelven a invertir todas sus ganancias en beneficio propio oprimiendo a los obreros. Un sresthi en el sentido budista, emplea obreros dentro de un esfuerzo de cooperación encaminado al bien de toda la comunidad.

No solo el budismo enseña a todos los miembros de la comunidad, monjes y laicos, a no consumir más allá de la parte de bienes materiales que les corresponde sino que además se lo exige. Un consumo excesivo es malo y tiende al descrédito. El budismo, por lo tanto, es una religión socialista tanto en sus principios como en su espíritu. El Buda dijo: “He nacido en este mundo para ayudar a todos los seres.”. El no ha nacido para su propio bien o para el bien de unos cuantos. Los fundadores de todas las religiones han afirmado que aparecen por el bien de todos los seres y todos, sin excepción, han condenado un consumo excesivo.

Democracia socialista

En este sentido todas las religiones son socialistas. Sin embargo, la palabra socialista inspira odio. Decimos que los socialistas son comunistas y son liquidados. ¡Qué estupidez!. Hemos caído en la trampa de nuestro propio lenguaje. Para cumplir nuestra tarea de trabajo social, es decir, de trabajo por la sociedad, debemos abrazar el socialismo de nuestra labor. De no hacerlo así, estaremos apoyando el individualismo, o el servicio hacia el interés de los individuos particulares y es en este caso cuando no servimos a la sociedad en su conjunto.

Si se asume la democracia, ésta debe ser una democracia socialista y no una democracia individualista que favorezca el egoísmo. Numerosas formas constitucionales de gobierno, como es el caso de las democracias liberales, permiten a los individuos acumular muchos bienes materiales. Una democracia socialista debe hacer pasar al primer plano las necesidades de la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, en las sociedades socialistas, los individuos no pueden apropiarse de una cantidad excesiva de riquezas. Una democracia socialista debe ser tomada como un acuerdo con el principio de la naturaleza (dhamma-jât) que no permitirá que se tome más de lo que necesitamos, respetando así el derecho de todos los seres.

Según los textos budistas, los problemas aparecieron cuando alguien tuvo la idea de almacenar los cereales y otros víveres, provocando penurias a los demás. En el momento en el que se comienza a acaparar víveres, los problemas de desigualdad, de distribución y de acceso nacieron y se multiplicaron con el tiempo. Los jefes quisieron encargarse del almacenamiento de los víveres del grupo y así las luchas entre grupos fueron inevitables. Cuando los hombres primitivos habitaban los bosques, tomaban solo aquello que les era necesario. Las leyes y los sistemas morales fueron creados con el fin de mantener un control sobre la sociedad y limitar (kilesa) los impulsos individuales.

La naturaleza quiere que cada uno de nosotros consuma sólo lo que efectivamente necesita. Durante años, los seres humanos no han tenido en cuenta a la naturaleza, lo que les ha llevado a entrar en continua competición para coger más de lo necesario causando así los problemas con los que vivimos hoy. Si tomáramos sólo lo necesario hoy no tendríamos los problemas que tenemos y los seres humanos no tendrían ventajas los unos sobre los otros dejando así de oprimirse. La cuestión está en saber cuál es la cantidad suficiente. No hay una regla fija, ésta varía con el tiempo, el espacio y la situación. En nuestros días parece que nada es suficiente. Un proverbio budista dice “dos grandes montañas de oro no son suficientes para colmar los deseos de una sola persona”. Este proverbio es una manera de ilustrar como nuestros deseos se multiplican sin cesar, aumentando nuestras necesidades a costa de la sociedad.

Los mismos comunistas consideran que la desigualdad en la distribución de las riquezas es el problema más grave a resolver. Su enfoque, sin embargo, está en contradicción con la naturaleza. Lo que hace falta es un enfoque que insista en el hecho de que no se debe tomar más de lo necesario y que lo que se tome debe ser compatible con las leyes de la naturaleza porque de esa manera los seres humanos compartirán los excedentes por compasión y bondad (mettâ-karunâ). Los seres humanos deben tomar lo que realmente necesitan. El resto debe ser puesto al servicio de la sociedad.

Sila: la moral y la ética.

¿La religión (sâsanâ) y la moral (sîladhamma) forman actualmente parte de nuestras vidas? Las condiciones del mundo moderno han cambiado radicalmente nuestra forma de vivir. Deberíamos ser amigos de la Naturaleza pero la despreciamos. Deberíamos vivir según los derechos donados por la Naturaleza pero acumulamos los recursos en un sinfín de bancos, de almacenes y graneros. Vivimos al revés y la situación se agrava.

La filosofía, la lógica y la psicología han reemplazado a la verdadera religión. La moral y el sentido de auto disciplina han sido reemplazada por una moral de kilesa.

¿Como pensamos resolver los problemas sociales en esas condiciones? Producir más alimento y más mercancías no es la solución. Hacerlo solo servirá para agravar las cosas, porque los hombres se volverán aún más egoístas de lo que son actualmente.

La solución del problema social se encuentra en una vía socialmente ética: actuar en interés supremo de la comunidad entera viviendo según las leyes de la Naturaleza, evitando consumir bienes más allá de nuestras necesidades, compartiendo con otros aquello que no nos sea esencial, considerándonos como pobres y dando generosamente como ricos. Esa es la manera de resolver nuestros problemas sociales. Si luchamos entre todos por adquirir todo lo que podamos ¿de dónde van a salir todos esos bienes materiales? ¿Qué hará la Naturaleza para saciar nuestros deseos? ¿Cómo no vamos a tener problemas sociales si vivimos y nos comportamos egoístamente?

Lo que nosotros llamamos Dharma.

Cuando consideramos la gravedad de los problemas sociales, nos damos cuenta de que una religión y una moral que capaciten a los seres humanos para solucionar estos problemas no existen más que de nombre. La filosofía no es un sustituto de la religión. Cuando practicamos nuestra religión con atención y compromiso, nuestra conducta y nuestros actos reflejan un modo de vivir y de pensar verdaderamente libre de egoísmo y de vanidad. Podemos llamar a esta forma de vida socialismo pues nos capacita para resolver los problemas que se plantean cuando los seres humanos viven juntos en sociedad. No temáis el término socialismo, no lo odiéis. Si os hace sentir mejor, no tenéis más que añadirle una palabra más y llamarlo socialismo budista.

El socialismo budista es el socialismo del Dharma. Es este tipo de socialismo el que puede ayudar a la humanidad a sobrevivir en el mundo moderno.

Lo que llamamos Dharma tiene un valor y un sentido más allá de lo que las palabras pueden expresar. Es un error pensar que el Dharma sólo existe en el hinduismo y en el budismo. En pâli y en sanscrito, Dharma significa todas las existencias, de la misma forma que Dios significa toda la creación, todo lo que ha sido, es y será. Simplemente no nos damos cuenta de su significado más profundo. No vemos más que aquello que es fácilmente comprensible. Dharma significa todo fenómeno manifiesto y los principios de Verdad que le son inherentes. El Dharma es también el deber de la humanidad de vivir según sus leyes.

En nuestros días, cuando alguien se dispone a realizar cualquier cosa lo hace en beneficio personal. Muy poca gente sacó provecho del impresionante equipo que fue reunido para enviar a los hombres a la luna. Tenemos en mente el bien de la humanidad, pero nuestros fines aún son egocéntricos. Nuestros inventos, nuestros nuevos y asombrosos instrumentos son aprovechados sólo por algunos y no por la humanidad entera. En lugar de aportar paz al mundo, aceleran el camino hacia la crisis. Debemos asegurarnos de que todos esos utensilios –radios, televisiones, ordenadores, etc.- no sean utilizados por individuos que sólo trabajan en su propio beneficio y para fines egoístas. Si utilizáramos los inventos de una manera verdaderamente socialista, realizaríamos la paz y la felicidad mundiales en poco tiempo. Simplemente basta con aplicar nuestra inteligencia con fines socialistas para ver resultados inmediatos.

Extractos del libro: Budismo y socialismo, del Venerable Ajahn Buddhadasa Bikku.





Más información en: www.buddhadasa.org y http://buddhadasa.nalanda.org.br/index2.html