Mostrando entradas con la etiqueta Avaricia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Avaricia. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de septiembre de 2008

LA ECONOMIA: ENTRE EL MIEDO Y LA AVARICIA

Por Alberto Panizo

Para mi esta muy claro nos movemos en la vida entre el miedo y la avaricia, y la economía es un reflejo de cómo vivimos. Ahora ha tocado el péndulo hacia el miedo, cuando estuvimos muchos años en el lado de la avaricia. Solo veo un camino razonable que es el paradigma del camino medio, lo resumo: vivir simple, no consumir cosas superfluas y que no nos sean importantes en nuestra vida, no dejarse arrastrar por el mercado y cuidar nuestro jardín interior (así no dependemos tanto de las cosas materiales).

A continuación algunos textos sacados estos días de periódicos económicos:

“El tinglado funciona así. Las empresas venden productos, los ciudadanos los compran y las empresas ganan dinero, así que realizan inversiones y crean empleo. Entonces la sociedad tiene confianza en lo que ve y en lo que prevé, y sigue comprando productos, con lo que las empresas siguen ganado dinero. A quien no tiene el dinero para comprar, el banco se lo presta. Y todos compran. Y las empresas ganan más. Y crean empleo.
Hasta que un día una de las piezas falla, alguien deja de pagar, otro de prestar dinero y un tipo se queda sin empleo. Sus vecinos, al enterarse, temen que les ocurra lo mismo, sienten que la cosa va mal, y que puede ir peor, y que es mejor, de momento, no comprar ese nuevo televisor, y hacer unas vacaciones más austeras de lo previsto. Así que las tiendas dejan de vender, las fábricas de fabricar, y de crear empleo. La cosa, como se temía aquel ciudadano, acaba yendo a peor. La profecía, como dice el latiguillo anglosajón, se auto-realiza. La economía es un juego de círculos viciosos y virtuosos. A la crisis internacional -tangible, virulenta-, se añade la psicosis de la crisis -madrugadora y tozuda-, que pone a los consumidores en huelga y retroalimenta el propio declive.”

"La crisis es real, la gente no se ha vuelto loca, pero el miedo ha acelerado el ciclo, como en su día la alegría lo hizo al alza. Los españoles han frenado al consumo, no por cómo están hoy, sino por cómo creen que pueden estar en el futuro".

“El miedo actúa en el mercado mucho más rápido que la euforia. La economía se está estancando (el último trimestre avanzó un 0,1%), pero la confianza se ha hundido 35,1 puntos en un año, de 86,5 a 51,4 puntos, según el último indicador de agosto.”

“En el Reino Unido se habla de "avaricia" y "miedo" como los dos grandes mecanismos mentales que mueven el mercado: la avaricia, que hace creer que ese piso que ha ganado valor puede hacerlo mucho más; y el miedo, que provoca lo contrario.”

“Sin embargo, "hay mucha hipocresía en todo esto. En la bonanza, la vivienda subía un 16% y las expectativas se inflaban. Y nadie las desinflaba. Nadie decía: eh, esto sube más de lo normal...”

“La huelga de consumo pone en jaque medidas del Gobierno como la devolución de 400 euros en la declaración de la renta. Para Montalvo, es probable que este dinero se destine al ahorro y no a dinamizar la economía”.

Los párrafos entrecomillados son de José García Montalvo, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra.

Fuente: http://paradigmasnuevos.blogspot.com/2008/09/la-economia-entre-el-miedo-y-la.html

miércoles, 27 de febrero de 2008

Guerra y avaricia

El hecho de medir el nivel de bienestar de una sociedad utilizando parámetros exclusivamente económicos (PIB, tasa de crecimiento anual, etc.) es una de las mayores falacias de las sociedades modernas. El mito del Progreso, entendido como crecimiento económico continuo e ilimitado, sigue aún alimentando la maquinaria infernal de la producción y del consumo. A pesar de que ya por los años setentas el Club de Roma lanzó una lúcida advertencia sobre la inviabilidad de un crecimiento económico ilimitado y sobre el suicidio colectivo al que tal concepción nos aboca, los responsables de la gran economía y los líderes políticos continúan persiguiendo un aumento anual del crecimiento económico.

Pero ¿qué significa, en pocas palabras, “crecimiento económico”? Significa mayor productividad y mayor consumo. Productividad quiere decir transformación de recursos naturales en objetos de consumo. Consumo quiere decir adquisición, acumulación, de dichos objetos. Las sociedades desarrolladas modernas necesitan mantener engrasado el engranaje estimulando la acumulación de bienes, de riquezas, de objetos, es decir, estimulando la avaricia. Al mismo tiempo, necesita un complejo sistema productivo que proporcione dichos bienes, sin tener en cuenta los enormes costos medioambientales y sociales que dicha productividad genera.

Si los recursos naturales del Planeta Tierra fueran ilimitados tal vez no tendríamos por qué preocuparnos. Pero el hecho contundente es que no lo son. No hay suficientes recursos en el planeta para alimentar el sistema económico actual.

La organización ecologista WWF ha dado a conocer el parámetro de la “huella ecológica”. Se trata de un indicador de la presión que ejerce el ser humano sobre la naturaleza. Una herramienta que evalúa la superficie productiva que una población necesita para satisfacer su consumo de recursos y su necesidad de absorción de residuos.

A escala global, la huella ecológica de la humanidad es una estimación de la superficie terrestre o marina, biológicamente productiva, necesaria para responder al conjunto de nuestras necesidades.

Según el informe “Planeta Vivo 2002” de la WWF, la huella ecológica de la humanidad que el planeta puede soportar es de 1,8 hectáreas por habitante. Este impacto casi se ha duplicado en el curso de los últimos 35 años, y actualmente supera en un 20 % las capacidades biológicas de la Tierra. Este estudio también pone en evidencia las profundas disparidades ecológicas entre los países: la huella ecológica por persona de los países ricos es seis veces más elevada que la de los países pobres. Por ejemplo, la huella de Estados Unidos es de 9,70 Ha/habitante; la de Kuwait, 7,75 Ha/habitante; la de Etiopía, 0,78 Ha/habitante; la de India, 0,77 Ha/habitante; la de China, 1,54 Ha/habitante, la de Alemania, 4,71 Ha/habitantes. ¡Si el mundo entero viviera como un norteamericano o como un europeo necesitaríamos cinco o seis planetas Tierra! ¡Y sólo tenemos uno!

Está claro que nuestro sistema de vida actual supera la capacidad del planeta. Si no hacemos nada, en el 2007 la huella ecológica de la humanidad podría superar el 100 % de la capacidad biológica del planeta.

Estos datos nos llevan a reflexiones clarificadoras. Si la media de sostenibilidad del planeta es de 1,8 Ha/habitante ¿cómo es posible que sociedades como la norteamericana o la europea estemos consumiendo el equivalente a 9,70 Ha/habitante? ¿De dónde salen los recursos naturales que consumimos los norteamericanos y los europeos? No de Estados Unidos ni de Europa, sino de aquellas regiones y países cuya utilización de recursos no llega ni siquiera a satisfacer sus propias necesidades. En otras palabras, la riqueza de unos necesita y genera la pobreza de otros. Nuestros bienestar y nuestro crecimiento económico se asientan sobre la pobreza y la carencia de gran parte de la población mundial. La avaricia es un cáncer depredador que está corroyendo las bases mismas de la civilización humana.

¿Cómo es posible que la avaricia de los países más desarrollados siga depredando las riquezas y los recursos naturales de los países menos desarrollados? Con el apoyo de un sistema económico internacional injusto basado en la política del más fuerte, es decir, basado –en última instancia- en el poder militar.

La guerra es consustancial a la avaricia. El diccionario de la RAE define la avaricia como “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. En el trasfondo de toda guerra se encuentra este deseo desmedido de poseer y adquirir las riquezas del otro, ya sean éstas recursos naturales, territorio o poder, aunque a veces las guerras sean disfrazadas con discursos ideológicos diversos. Esta es la razón por la que los Estados Unidos y otros países invadieron Irak y esta es la razón por la que el mundo desarrollado sigue presionando política, económica y militarmente a las regiones y países que poseen recursos naturales.

Cuando la invasión de Irak, la ciudadanía europea se manifestó masivamente a favor de la paz. Pero pocos europeos son conscientes de que nuestro propio sistema de vida basado en el consumo avaricioso de bienes y recursos naturales –entre ellos, el petróleo- es la causa principal de la depredación de los bienes y recursos naturales de otros, ya que los recursos son limitados e insuficientes para que la totalidad de la Humanidad consuma al ritmo y al nivel de los países desarrollados.

Es por lo tanto evidente que mientras que haya avaricia o consumo irresponsable habrá guerras y conflictos. La paz sólo puede ser construida sobre las bases de la justicia social, del reparto equitativo de los recursos, del intercambio comercial justo de los bienes de consumo.

Necesariamente, Occidente y los países que más recursos consumen debemos ralentizar nuestro crecimiento y disminuir nuestro nivel de consumo. Bien es cierto que este discurso es políticamente muy incorrecto y ningún político en campaña electoral tendrá la valentía de presentarlo. Pero alguien tendrá que ponerle tarde o temprano –más vale temprano que tarde- este cascabel al gato. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie deberíamos hacer todo lo posible para disminuir nuestro consumo asumiendo una actitud de simplicidad y sobriedad voluntarias. En nuestras manos está frenar la maquinaria infernal que está destruyendo el lecho ecológico necesario para la vida, al mismo tiempo que está creando un abismo cada vez más grande entre el Norte atrincherado en sus riquezas y el Sur desangrándose en hambrunas, guerras y conflictos que se cobran millones de vidas humanas cada año.

La mejor manera de trabajar por la paz que todos anhelamos es aceptar un estilo de vida simple y sobrio en el que el nivel de bienestar no sea ya medido por PIB ni por tasas de crecimiento económicos sino por la satisfacción interior, por la solidaridad entre seres y pueblos, por el respeto a la naturaleza.

Todos tenemos una parte de responsabilidad y creo que, particularmente, los líderes religiosos y los creadores de opinión, debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para que esta conciencia crezca cada vez más, antes de que sea demasiado tarde.

Dokushô Villalba