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viernes, 11 de julio de 2008

"La ONU es incapaz de hacer nada en la crisis alimentaria"

Los datos son escalofriantes: un niño menor de 10 años muere de hambre cada cinco segundos y 100,000 personas al día fallecen por inanición o causas relacionadas. Una de cada seis personas en el planeta sufre permanentemente malnutrición. La subida del precio de los alimentos ha condenado al hambre a 100 millones de personas más. Son cifras que maneja a diario Jean Ziegler, comisionado especial del derecho a la Nutrición en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Contestó a las siguietes preguntas durante su visita a Madrid para participar en una jornada sobre la crisis alimentaria organizada por el PSOE.



Pregunta: La cumbre sobre la Seguridad Alimentaria celebrada a principios de mes en Roma y convocada por la FAO (organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) se saldó sin resultados. ¿Qué está haciendo la ONU para combatir la crisis alimentaria?

Respuesta: Es necesario hacer algo urgentemente pero Naciones Unidas es incapaz de hacer nada. En la cumbre de Roma efectivamente el resultado fue nulo. La ONU fue incapaz de adoptar ninguna decisión. Los líderes de países progresistas de América Latina como los presidentes de Brasil y Argentina, Lula y Kirchner estuvieron allí. Zapatero estuvo allí. Pero ni rastro de George Bush ni de Gordon Brown. Canadá envió sólo a su embajador en Roma. Todas estas potencias obedecen los dictados de las multinacionales que son quienes realmente controlan la industria agroalimentaria. Cargill, por ejemplo, el año pasado controló el 26% de la cosecha de grano del mundo: la producción, el transporte, el marketing. Estas empresas tienen mucho poder y no son la Cruz Roja. El hambre no es su problema. Pero la ONU no puede imponer una normativa a estas empresas porque tienen una influencia enorme en la Casa Blanca y otros países como Canadá y Australia, que protegen a esas compañías y a sus estrategias. Pero el hambre es un crimen contra la humanidad. Según cifras de la ONU, unos 12,000 millones de personas, el doble de la humanidad en la actualidad, podrían ser alimentadas si el acceso a los alimentos estuviese regulado de manera civilizada.

Pregunta: ¿Cuales son sus recomendaciones?

Respuesta: En primer lugar, poner fin a la especulación porque entre el 40 y el 50% del aumento de los precios es puramente especulativo. En segundo lugar cambiar el paradigma de las instituciones de Bretton Wood y convertir en una absoluta prioridad la financiación de infraestructuras de irrigación, para favorecer la agricultura en los países pobres. En tercer lugar prohibir los biocombustibles a partir de productos alimenticios. Sólo el año pasado Estados Unidos quemó 1/3 de su cosecha de maiz, algo menos de 30 millones de toneladas, para transformalas en biocombustibles. Para llenar un depósito hacen falta unos 358 kilos de maiz. Con esa cantidad un niño en Zambia o en México puede sobrevivir durante un año. Es un crimen quemar comida para garantizar la mobilidad de los cientos de millones de coches que circulan por Norteamérica y Europa.

Pregunta: Usted ha alabado las iniciativa española en este campo, pero ¿qué puede hacer un país como España en solitario? ¿Es posible que las medidas que adopte tengan alguna eficacia?

Respuesta: En el corto plazo, España puede hacer dos cosas: mantener la línea de crédito de 500 millones de Euros que ha concedido a Africa para ayudar a la implantación de sistemas de regadío. En Africa, sólo el 8% del terreno agícola tiene irrigación frente al 42% en Asia. El campesino africano se ve forzado a llevar condiciones de vida propias de hace 200 años: vivir del agua de lluvia. La ayuda española da un ejemplo y es eficaz.. En segundo lugar, España debería luchar porque se anule la asesina directiva de la Unión Europea que dice que para el año 2020 el 10% de toda la energía que se consuma en los 27 países de la Unión deben proceder de fuentes renovables.

Artículo escrito por MARIAN HENS para el diario digital SOITU.ES

Gobierno internacional: ¡Qué forma de dirigir el mundo!

Artículo publicado en diario El Mercurio de Chile, el viernes 4 de julio del 2008.

Las instituciones globales son un embrollo anticuado; el surgimiento de Asia hace que la reforma de ellas sea una prioridad para Occidente.

Los clubes están frecuentemente llenos de personas que parlotean de cosas que desconocen. El 7 de julio, los líderes del grupo que supuestamente dirige el mundo -el Grupo de las Siete democracias más Rusia- se reúnen en Japón para analizar la economía mundial. Pero ¿de qué sirve que discutan sobre el precio del petróleo sin Arabia Saudita, el mayor productor del mundo?

El G8 no es el único club global que se ve viejo e impotente. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha pedido a Irán que detenga el enriquecimiento de uranio, sin mucho efecto. El FMI ha sido un espectador durante la severa restricción crediticia. La ronda de Doha de la OMC está atascada.

Por supuesto, algunos organismos, como el venerable Bank for International Settlements, todavía hacen una buena labor. Pero a medida que proliferan los problemas globales y la información se mueve por el mundo más rápidamente, la respuesta organizacional se ve más gastada, lenta y débil que nunca. Las entidades gobernantes del mundo tienen que cambiar.

Siempre ha habido una excusa para aplazar una reforma. Por largo tiempo existió la Guerra Fría; más recientemente, "el momento unipolar" convenció a los neoconservadores de que Estados Unidos podía manejar las cosas solo. Pero ahora los llamados para un cambio se están volviendo densos y rápidos. El Primer Ministro británico, Gordon Brown, y el secretario del Tesoro estadounidense, Hank Paulson, quieren volver a diseñar la regulación financiera global. Otros están considerando empezar de nuevo: John McCain está promoviendo una Liga de Democracias, mientras que los países asiáticos están estableciendo clubes propios.

Los críticos tienen razón en sostener que las organizaciones globales deberían concentrarse más, pero están equivocados en asumir que se puede prescindir de ellas totalmente.

Cualquier solución debe aceptar tres restricciones. La primera, las mejores instituciones no resolverán los problemas intratables. La segunda, no importa cómo reforme las reglas de membresía de los clubes, alguien en alguna parte se sentirá excluido. Tercera, no se puede empezar de nuevo. En 1945, los fundadores de la ONU partieron de cero porque la destrucción había sido total. La era moderna no tiene ese dudoso lujo, por lo tanto debe construir sobre lo que ya existe.

Observe, por ejemplo, el G8. Algunos sueñan con reducirlo a sólo las superpotencias económicas: Estados Unidos, la Unión Europea, China y Japón. Una idea atractiva, pero es poco probable que Silvio Berlusconi y Vladimir Putin abandonen sus lugares en la mesa principal. Las políticas del Consejo de Seguridad son incluso más anticuadas. Nadie daría ahora a Francia o Gran Bretaña el poder de un veto permanente. El dueto Bretton Woods es más fácil de cambiar: todo lo que se necesita es voluntad de Occidente. El Banco Mundial todavía es necesario como un donante para los realmente pobres y como un defensor de los bienes públicos globales. Hay necesidades menos obvias para el FMI, el cual fue creado originalmente para que monitoreara los tipos de cambio. Podría convertirse en un comité de vigilancia.

Enfrentado con la necesidad de reformar las instituciones internacionales, el mundo industrializado -y Estados Unidos en particular- tiene una alternativa. Aférrense al poder, y China e India formarán sus propios clubes, enfocados en sus propios intereses y problemas. Cedan poder y únanse con ellos, y los intereses y problemas se comparten. Actualmente ésta sería una forma apropiada de dirigir el mundo.