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domingo, 20 de abril de 2008

Contestación mundial


La efervescencia revolucionaria de 1968 terminó con diferentes derrotas, pero dejó la prevalencia de la cultura de la sospecha y la autonomía del individuo. Cuarenta años después de aquella revuelta civil protagonizada por los jóvenes, el reto de la sociedad global es recuperar las actitudes que permitan enfrentarse a las nuevas formas de autoritarismo.

1 La efervescencia revolucionaria

El 68 fue en diversos lugares del mundo un año de efervescencia revolucionaria. La expresión es de Claude Lefort y me parece que define mucho mejor la realidad de los hechos que la palabra revolución. Ni en Berkeley, ni en Tokio, ni en Roma, ni en Berlín, ni en París, ni en Varsovia, ni en México, por citar los principales escenarios de aquella movida, estuvo en juego el poder político ni su ocupación entraba realmente en las expectativas de quienes llenaban las calles con sus protestas. La única excepción fue Praga, pero no se trataba de un proyecto revolucionario sino de un proceso de cambio desde el poder. Y fue la contrarrevolución ?la ocupación del país por los tanques del Pacto de Varsovia, dirigida desde el Kremlin? la que echó a los que pretendían que el socialismo evolucionara hacia formas democráticas, en sintonía con los ciudadanos.

A lo sumo podría hablarse de revolución cultural, como hizo Fernand Braudel, en la medida en que los tres ámbitos principales de la cultura,la familia, los media y la enseñanza, sufrieron una sacudida que les cambiaría profundamente. La gran movida fue breve y en la mayoría de los lugares se impuso el retorno al orden, la reacción restauradora. De forma brutal en Polonia y en Checoslovaquia, de forma democrática en Occidente: basta recordar que en junio el general De Gaulle arrasó en las urnas y en noviembre, Nixon gana las elecciones en Estados Unidos. La revuelta por tanto se saldó con un fracaso. Pero se había puesto en marcha un proceso, lento pero imparable, de cambio de costumbres y modos de vida, cuyos efectos políticos y legales se fueron concretando lentamente. Hoy todavía se está dando cuerpo jurídico (en España en la pasada legislatura, por ejemplo) a derechos y libertades que tienen su origen en aquel impulso. El año 1968 fue el inicio de la transición liberal que culminaría en el año 1989 con la caída de los regímenes de tipo soviético. Después vino la revolución conservadora que ha hecho de la supuesta herencia de mayo el enemigo a batir. Con la cristalización de una nueva hegemonía autoritaria se cierra, a los cuarenta años de su inicio, el paradigma que entonces se abrió.

2 La dimensión universal

Aquella efervescencia revolucionaria mundial tenía obviamente peculiaridades específicas en cada lugar. En plena guerra fría, con el mundo dividido en dos bloques, la gran contestación se enfrentaba a dos formas de poder, el imperialismo americano y el imperialismo soviético. De modo que distintas eran las formas de opresión contra las que se movilizaban unos y otros y distintas eran las condiciones en que la agitación se producía. El periodista polaco Adam Michnick, en una entrevista en Le Monde, lo explicaba así: “Los eslóganes que se gritaban en La Sorbona o en Berlín oeste estaban dirigidos contra el capitalismo, la sociedad de consumo, la democracia burguesa y también contra Estados Unidos y la guerra de Vietnam. Para nosotros era una lucha por la libertad en la cultura, en las ciencias, en la memoria histórica, por la democracia parlamentaria y, en fin, especialmente visible en Checoslovaquia, contra el imperialismo soviético, no el americano”.

Muchas de aquellas movidas tuvieron su origen en el mundo universitario. Así fue en Berlín, donde desde el año anterior se habían producido múltiples acciones estudiantiles por la reforma de la Universidad, contra la gran coalición que gobernaba Alemania y contra la guerra de Vietnam. Un grave incidente, la muerte de Benno Ohnesorg a tiros de un policía, durante una manifestación, el 2 de junio de 1967, radicalizó el proceso. Los estudiantes lanzaron una dura campaña contra los medios de comunicación del grupo Springer a los que acusaron de manipular los hechos: la prensa entraba en el campo de visión de los contestatarios. Un año más tarde, en abril de 1968, el principal líder del movimiento, Rudi Dutschke, sufrió un atentado perpetrado por un joven ultraderechista, Josef Bachman.

En México, también fueron los estudiantes con voluntad de liberalizar el mundo universitario los que protagonizaron las movilizaciones que acabarían trágicamente el 2 de octubre del 68 con la matanza de la plaza de Tlatelolco, en vigilias de los Juegos Olímpicos. Nunca se ha sabido el número de personas que murieron allí, cuando un Batallón Olimpia progubernamental empezó a disparar contra la multitud. También en Estados Unidos, los estudiantes del campus de Berkeley tuvieron un protagonismo destacado en una movida de carácter contracultural. Pero la guerra de Vietnam y la cuestión de los derechos civiles desbordaron en mucho el ámbito universitario. En 1964, bajo la presidencia de Lyndon Jonson, se aprobó la Civil Rights Act, que reconocía a los negros los derechos de los que estaban desposeídos. Fueron años en que las organizaciones proderechos civiles adquirieron mucha fuerza en la lucha por los derechos de las minorías. Pero el 4 de abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado por James Earl Ray en Memphis, un atentado que nunca ha quedado plenamente esclarecido. El 17 de octubre, en los Juegos Olímpicos de México, los atletas americanos Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en doscientos metros lisos, al subir al podio levantaron el puño con un guante negro, mientras sonaba el himno americano para manifestar su pertinencia al Black Power.

Por supuesto, en París fue la Universidad, Nanterre, concretamente, el motor de la movida por cuestiones que tenían que ver con la liberalización de las costumbres. Las primeras protestas fueron contra la separación de sexos en las habitaciones de la residencia de estudiantes. El 22 de marzo la ocupación de la Universidad acabó con una acción disciplinaria contra algunos líderes estudiantiles. Ante un tribunal universitario, según ha relatado Alain Touraine, que ejerció de defensor, se dio este diálogo entre el presidente y Daniel Cohn-Bendit:

¿Estaba usted el 22 de marzo en la Facultad?

No, no estaba en la Facultad.

¿Dónde estaba entonces?

En mi casa.

¿Y que hacía usted en su casa a las tres de la tarde?

Hacía el amor, señor presidente, algo que a usted seguramente no le ha ocurrido nunca.

Después el movimiento iría creciendo, ocupó La Sorbona, se hizo fuerte en las calles y callejuelas del Barrio Latino, consiguió la alianza con los trabajadores que dio lugar a una huelga general sorpresa y a la gran manifestación del 13 de mayo.

Incluso en Polonia, el origen de las movilizaciones estuvo en los estudiantes y los intelectuales. Fue la suspensión de la representación teatral de una obra de Adam Mickiewicz, el más reconocido de los autores polacos, en el Teatro Nacional de Varsovia, la que desencadenó un movimiento contra la dictadura comunista que fue liquidado en tres semanas con una fuerte represión.

Pero con todas sus peculiaridades y diferencias, había un doble factor común a casi todas estas contestaciones, que es el que permite hablar de una gran contestación liberal: la crítica al autoritarismo y el antisovietismo. Y una doble novedad: el protagonismo de los jóvenes y el carácter civil “alejado de las estructuras de poder” de la revuelta.

3 El nuevo sujeto político

Por primera vez, los jóvenes, en diversos lugares del mundo asumían el papel de sujetos del cambio social. Sin duda, tiene ello que ver con el bienestar de los años de posguerra, con la demografía que consolidaba la juventud como un periodo singularizado de la vida y con la extensión social de la enseñanza superior. Casi todas las movidas del 68 tienen en las universidades su punto de partida. Casi todas ellas eran la reacción frente a formas cristalizadas de autoritarismo.

Hay cierta tradición filosófica que explica la sociedad como un compuesto de tres partes: el ámbito familiar (la vida privada); el espacio intermedio en que los individuos tejen relaciones e intercambian mercancías e ideas (lo que se acostumbra a denominar como sociedad civil) y el ámbito del poder político (el espacio público por antonomasia). La contestación del 68 fue un intento, desde este espacio civil intermedio, de romper la presión asfixiante de un espacio familiar y un espacio político claramente retardatarios, que empezaban a ser un obstáculo para el desarrollo de las sociedades modernas. Estados Unidos y Europa vivían momentos de expansión económica. Una generación de jóvenes se encontraba ante la posibilidad de pensar en algo más que los problemas de subsistencia, pero chocaba con una cultura y unas costumbres muy rígidas a derecha e izquierda (la moral de la cultura comunista, incluso en Europa occidental, no era menos restrictiva que la moral de la cultura conservadora). Las universidades crecían y se masificaban y el choque entre los estudiantes y el viejo orden académico era inevitable. La sociedad cambiaba pero el mundo familiar y el mundo político se regían por normas cada vez más obsoletas. Los estudiantes buscaban crear espacios libres donde romper los esquemas de la moral dominante. El Barrio Latino parisino se convertía así en una metáfora topológica: un lugar común en el que cada cual pudiera actuar con plena autonomía. La contestación terminó mal en todas partes, pero la liberalización de las costumbres, la desjerarquización de las relaciones sociales y la consolidación de los movimientos en defensa de los derechos civiles no dejaron de hacer camino desde aquel momento.

Es verdad que en las movidas europeas había un importante componente anticapitalista en el discurso y una empanada ideológica en la que coincidían los acentos libertarios con diversas familias de extrema izquierda, desde el trotskismo hasta el maoísmo, con discursos situacionistas y con muchas dosis de espontaneísmo crítico. Pero el principal elemento común era el antiautoritarismo, en todos los ámbitos: familiar, social y político. Lo que se traducía en una desconfianza en las instituciones, empezando por el Estado. Naturalmente, en los países comunistas el antiautoritarismo apuntaba directamente a los regímenes de tipo soviético y el marco de la contestación era la respuesta desesperada a la opresión totalitaria. Pero en Europa occidental, donde la revolución, como dijo Raymond Aron, tenía algo de quermés, el antisovietismo acompañaba al discurso anticapitalista, especialmente en aquellos países en que los partidos comunistas eran muy fuertes como Italia y Francia y se les consideraba parte del mismo establishment retardatario contra el que iban las movilizaciones. En ambos países, los partidos comunistas jugaron un papel fundamental en la restauración del orden.


4 Las derrotas

La contestación terminó mal en todas partes. Si de una revolución convencional se hubiese tratado, habría que decir que la derrota fue total y absoluta. Puesto que distintas eran las circunstancias, distintas fueron las derrotas y sus consecuencias.

En los países del Este se impuso la represión. Pero en Varsovia, aunque el movimiento fue desmantelado en sólo tres semanas, aquellas movilizaciones están en el inicio de lo que después sería el sindicalismo cristiano tan decisivo en la caída del régimen comunista. En Checoslovaquia, el retroceso fue extraordinario. La sustitución de Dubcek por el colaboracionista Husak un año después de la entrada de los tanques impuso una brutal normalización que hundió al país en una especie de purgatorio. Pero Checoslovaquia era realmente diferente de los demás porque allí sí que lo que estaba en juego era el poder, el intento de transformar el socialismo iniciado por un grupo de dirigentes comunistas.

En Estados Unidos, la tensión se desplazó a la guerra de Vietnam. 1968 fue el año de la matanza de My Lai. La tremenda herida, todavía hoy no suturada, del desastre de Vietnam marcó un par de generaciones americanas. La movilización universitaria perdió fuerza y los movimientos de derechos civiles también. La victoria electoral de Nixon cerró las esperanzas de una década que había empezado con el optimismo kennedyano. Los setenta fueron años muy amargos en Norteamérica.

Los acuerdos entre el Gobierno y los sindicatos dinamitaron Mayo del 68 en Francia al sacar a los trabajadores de la movida. La derecha ganó arrolladoramente las elecciones, después de una masiva manifestación de apelación al orden en cuya primera fila resulta todavía hoy llamativa la presencia de un rebelde convertido al gaullismo como André Malraux. De Gaulle, herido de muerte, se fue un año más tarde. Y con él quizás el símbolo más imponente de la vieja cultura social y política. Una parte de los jóvenes de Mayo alimentó a los partidos de extrema izquierda, que todavía hoy tienen presencia electoral en Francia. Algunos grupúsculos desaparecieron pronto, como los encuadrados en el delirio maoísta, pero nos dejaron la imagen de Sartre inculpado por vender La Cause du Peuple y una frase memorable del general De Gaulle: “No se puede condenar a Voltaire”. Otros buscaron la ruptura con la sociedad en el mundo rural, donde todavía quedan restos de las comunas de la época. La violencia política no cuajó. Action Directe, el grupúsculo terrorista más importante, tuvo vida efímera. La mayoría se incorporó paulatinamente a la normalidad democrática.

Donde el día después resultó más doloroso fue en Alemania y, especialmente, en Italia. En Alemania, la Baader-Meinhoff puso el terrorismo en escena, aunque fue un fenómeno limitado a un número pequeño de personas. Italia viviría la experiencia de los años de plomo, en que la violencia de extrema izquierda y de extrema derecha hizo estragos en una espiral que degradó profundamente la vida civil y alcanzó las tripas del Estado italiano, ya por sí muy corrupto.

La matanza de la plaza de las Tres Culturas de México fue en cierto modo el anuncio de una enorme contracción autoritaria en América Latina.

5 Las herencias

La gran contestación del 68 fue una sorpresa. Había una cierta sensación de estancamiento, de inmovilismo, en la Europa de las treinta gloriosas, un balneario protegido por el paraguas nuclear de la guerra fría. De maneras distintas, Daniel Bell y Herbert Marcuse habían advertido sobre la capacidad del sistema de integrar sus contradicciones. El desenlace de la efervescencia revolucionaria del 68 confirmó sus hipótesis. El sistema fue perfectamente capaz de asumir, trillar y triturar aquella negatividad que por unos meses alimentó el sueño del gran cambio. Y el proceso de liberalización que se puso entonces en marcha siguió caminos a veces contradictorios y, a menudo, lejanos de aquel impulso inicial. El discurso del 68 tenía mucho de libertario y de crítico con el Estado, más tarde la crítica del Estado, en manos de los liberales conservadores que pusieron en marcha la revolución de los ochenta y noventa ,ésta sí que concernía directamente a la conquista del poder se convirtió en desprestigio y debilitación del Estado en lo económico y en despliegue del control social en lo político.

La amalgama ideológica era tal que se hace difícil establecer los referentes ideológicos de aquellas movidas. Las apelaciones al marxismo, al trotskismo y al leninismo eran abundantes. Pero fue significativo el énfasis en la relación entre sexo, psicología y política que llevó a nombres como Freud o Reich. También el situacionismo tuvo su voz. Y en América cuajó la vía contraculturalista que acompaña a la cultura hippy. Herbert Marcuse por sus análisis de la relación entre economía, tecnología, cultura y subjetividad y por su crítica al marxismo ortodoxo fue considerado uno de los referentes. Raymond Aron habla de Les heritiers, de Pierre Bourdieu, como libro de cabecera de la movida francesa. También de la noción de grupo de fusión de la Crítica de la razón dialéctica, de Sartre. En cualquier caso, los filósofos de la sospecha, el trío Marx-Freud-Nietzsche, articularon, especialmente en Francia, buena parte del pensamiento de la época.

Aquella experiencia marcó a la generación de los que el año 1968 rondábamos la veintena. Por un lado, pesó sobre nosotros “lo digo así, porque es mi generación” el habernos autoungido como la generación moderna por excelencia. Ha costado entender que el tiempo pasa para todos y que la patente de modernidad no tiene dueño. Por otra parte, la pulsión antiautoritaria “probablemente la mejor herencia de aquellos años” también generó monstruos. He dicho, a veces, que fuimos mucho mejores hijos , en la medida en que supimos plantar cara a nuestros padres? que padres ?en la medida en que no hemos osado plantar cara a nuestros hijos?. Con nuestra actitud y la potencia integradora de las contradicciones que el capitalismo tiene, les hemos dejado sin espacio para la transgresión. Otros perdedores, víctimas de cierta frivolidad que acompañó a la contestación, de los que nunca se habla, son la generación de la droga, los que pensaron que la fiesta continuaba en la heroína y lo pagaron con la vida.

El paradigma que se abrió hace cuarenta años con la contestación de las formas de autoridad dominantes, a uno y otro lado de la guerra fría, se ha agotado. La transición liberal culminó con el hundimiento de los sistemas de tipo soviético y con la fantasía de que el triunfo de la democracia liberal significaba el fin de la historia. Después vino la restauración conservadora que se estrelló en la guerra contra Irak tras imponer el discurso de la seguridad como forma del autoritarismo en la sociedad de la información. Como ha escrito Fred Halliday, “la invasión norteamericana de Irak en 2003 supuso para los ideales y para la legalidad de la intervención humanitaria lo mismo que supuso la invasión de Hungría en 1956 y de Checoslovaquia en 1968 para el comunismo internacional”. Un ciclo se cierra.

Para mí, lo mejor de la herencia del 68 es la cultura de la sospecha, la actitud que consiste en poner siempre en cuestión cualquier enunciado que se nos ponga por delante y no dar nunca por definitivas las ideas recibidas; y el acento libertario, la autonomía del individuo frente a todas las promesas comunitaristas, culturales o religiosas. Cuarenta años después estas dos actitudes se echan de menos a la hora romper las nuevas formas de autoritarismo basadas en el triángulo que forman la seguridad como ideología, la competitividad como principio de vida y el sálvese quien pueda como destino.

FUENTE: MAYO 68 Ensayo BABELIA – EL PAIS 19-04-2008 JOSEP RAMONEDA


miércoles, 27 de febrero de 2008

Crítica ZPM

Zen en la plaza del mercado
por Alfonso Colodrón (*)

"Ante lo incondicionado, lo condicionado danza.
¡Tú y yo somos uno!', claman las trompetas.
El Maestro llega y se inclina ante el discípulo.
Ésta es la mayor de las maravillas".

Poemas místicos de Rumi.

Tomo prestado el título para este artículo del libro de imprescindible lectura, del maestro zen Dokushô Villalba. La editorial Aguilar tuvo que lanzar una segunda edición a las dos semanas de editarse, ya que la primera edición de 6.000 ejemplares se agotó rápidamente.

Es éste un hecho sorprendente por tres razones: no es habitual este tipo de hechos en un país en que se lee menos que en cualquiera de los países de la Unión europea, si exceptuamos Rumanía y la Bélgica valona. En segundo lugar, se trata de un libro de espiritualidad bien anclada en la realidad del siglo XXI, y no de una novela de ficción histórica, tan de moda en los últimos años, ni de un bestseller prefabricado. Por último, y esto me parece enormemente positivo, no se trata de un maestro japonés, tibetano, indio, chino ni americano, sino bien español, y sevillano por más señas, aunque con una amplia formación en París, con el maestro Deshimaru y en diversos monasterios Zen de Japón. Parece estimulante ir rompiendo esa especie de maldición de que “nadie es profeta en su tierra”.

Pero no es necesario ser profeta para ser un buen guía espiritual. Lo que ocurre es que hoy abundan los guías y maestros autoproclamados, que siendo tuertos, y a veces ciegos, conducen a otros ciegos hacia esoterismos alejados de la realidad, ombliguismos egóicos o la simple mercadotecnia del materialismo espiritual. Ken Wilber, un raro renacentista del siglo XXI, expone en su libro Después del Edén. Una visión transpersonal del desarrollo humano, los criterios esenciales para reconocer a un buen guía. La autenticidad y la legitimidad son dos de los requisitos básicos de garantía. La coherencia entre lo que dice y lo que vive en su vida personal, por un lado, y el seguimiento de una línea de transmisión, dentro de una tradición determinada son garantías ineludibles para confiar en alguien que, por la posición que ocupa de proyección de los deseos de trascendencia, ejerce un enorme ascendente sobre discípulos y seguidores.

En 1987, Dokushô Villalba recibió la transmisión del Dharma, o reconocimiento como maestro zen, de su segundo maestro, Soden Narita Roshi, abad del monasterio Todenji y la autorización de la Escuela Soto Zen japonesa para fundar centros y dirigir una comunidad de practicantes zen. El templo Luz Serena, en medio de las montañas valencianas, acoge desde 1989 personas que se inician en la meditación zen o que practican regularmente. Y “meditación en zazen consiste en sentarse y sentirse”, “apaciguar la compulsión por la actividad, por el logro, por el éxito” y “tomar conciencia de sí mismo… para mantener la sobriedad y permanecer en contacto con el ser real que somos”.

Actualmente se está produciendo un renaci­miento de la espirituali­dad no ortodoxa y las antiguas Tradiciones. A pesar de ello, la sociedad occidental sigue mostrándose generalmente recelosa hacia todo lo relacionado con lo psíquico y lo espiritual. Tal vez, como resultado del lugar predominan­te que ha tomado la ciencia desde el siglo pasado: se desacredita todo lo que no pueda ser explicado dentro de su visión ideológica y de sus métodos "objetivos". El materialismo científico ha destruido la visión del mundo como una totalidad, produciendo lo que Morris Berman llamó el "desencantamiento" de nuestra vida en el universo, una especie de "enfermedad del alma".

Dokushô Villalba explica muy bien las causas de este “desencantamiento”, desde la óptica budista y los principios de la psicología existencial: la pura ignorancia de saber que no tenemos una identidad separada o la negación de este hecho y el aferramiento a un yo ilusorio, separado, que es la causa original de la infeliciad. Pero lo más agradablemente sorprendente de Zen en la plaza del mercado, es cómo el autor nos va llevando con un lenguaje claro y sencillo, con los datos precisos, pero evitando el exceso de información, de la historia de de Buda, del budismo zen y de su llegada a Occidente, de sus principios esenciales y del paso a paso de cómo se practica la meditación en zazen y cuáles son sus beneficios, a una crítica desnuda y contundente de las leyes que rigen el mercado y la influencia de estas leyes interiorizadas en la inmensa mayoría de la población mundial. Desvela con toda claridad cuáles son las causas y los efectos del sistema en el que nos hallamos inmersos y de su carácter insano e intrínsecamente perverso.

Aquí podrían muchos preguntarse, por qué un guía espiritual desciende al terreno de la política y de la política económica que sigue afianzándose desde hace un siglo. Pues sencillamente, porque “cualquier experiencia religiosa o espiritual individual verdadera tiene necesariamente una repercusión colectiva, por el hecho de que las experiencias espirituales internas se convierten en una nueva forma de vivir la vida cotidiana”. Y hoy día, cualquier despertar, cualquier iluminación es un hecho revolucionario, porque supone salir del ensimismamiento y de la ilusión de que la felicidad se alcanza produciendo y consumiendo lo que dicta el mercado. Con Daniel Miller, estamos de acuerdo en que “hoy día, no es la transformación de la conciencia del proletariado lo que va a liberar al mundo, sino la conciencia del consumidor”. Un consumidor masificado, pero aislado, que persigue la felicidad centrándose en su vida privada atiborrada de artilugios, y que huye de la política, porque considera que es cosa de los políticos, de los que suele desconfiar porque piensa que son todos corruptos o, cuando menos, sólo están interesados en conseguir y mantener el poder.

Esta actitud no es nueva bajo el sol. Ya en el siglo IV antes de Cristo, los taoístas consideraban que el equilibrio interior y la felicidad exigían el alejamiento de las actividades políticas. En aquella época de intrigas y corrupciones, el gran filósofo Lung-shu sostenía que padecía la "extraña enfermedad de no preocuparse por las leyes, ni interesarse por la toma del poder, la caída del gobierno ni los políticos". Actualmente, esa "extraña enfermedad" parece haberse convertido en una epidemia.

Nada es, todo cambia

El nacimiento de la ciudad-Estado, 4.000 años a. De C., supuso la aparición de un megasistema que dotaba de una organización compleja a las sociedades primitivas. Para afianzarlo, tuvieron que perfeccionar los principios que rigen todos los organismos pluricelulares: la jerarquía y la especialización del trabajo. De los gobernantes hereditarios y los mercenarios a sueldo del pasado hemos llegado en el siglo XXI a los políticos elegidos y a los ejércitos profesionales, y muchos piensan que se ha llegado con ello al mejor de los mundos.

Se trata, sin embargo, de un minúsculo salto evolutivo que afortunadamente no será el último, ya que los seres humanos somos una compleja "máquina" viva sobre la tierra, un fenómeno relativamente reciente a escala biológica, y nuestro cerebro sigue evolucionando; aún no hemos tenido tiempo de elaborar la forma superior de organización inscrita en nuestro potencial. A fin y al cabo, como afirmó Edgar Morin, la correlación cerebro-sociedad es algo continuo y fundamental, puesto que, en última instancia, la sociedad no es sino una interconexión organizadora de sistemas nerviosos centrales.

Por desgracia, esta conexión no parece hoy día ser muy fluida. Los actuales sistemas políticos están basados en principios que han quedando obsoletos: los desafíos son cada vez más planetarios y los cambios económicos y sociales de las últimas décadas se desarrollan a ritmo de liebre, mientras que las ideas y las soluciones políticas surgen a paso de tortuga. La disfunciones sociales se agrandan hasta convertirse en auténticas enfermedades sociales, que tienen una estrecha relación con los "males del alma" que muy bien diagnostica Claudio Naranjo en Males del mundo, males del alma: autoritarismo, mercantilismo, inercia, represión, violencia y explotación, dependencia, apatía social, corrupción y superficialidad..

Una sociedad sana necesita individuos sanos.

A muchos buscadores espirituales, se les tacha de mirarse el ombligo por primar lo individual sobre lo social. Pero muchos de ellos vienen de vuelta del campo de la actividad política. Sin embargo, transformación individual y transformación social van forzosamente de la mano. Si damos un pez a un hambriento y no le enseñamos a pescar ni le proporcionamos la caña, será dependiente continuamente de nuestra "limosna". Pero si únicamente le proporcionamos los aparejos y clases de pesca, tal vez no tenga la fuerza de empuñarlos ni de aprender las lecciones, simplemente porque no ha comido. Si esperamos a que todos los individuos que componen una sociedad sanen, es decir, se iluminen saliendo de la ilusión de tener una identidad separada, un yo con ansias de permanencia, serán necesarias demasiadas generaciones para ver los resultados. Si posponemos la transformación individual a que la sociedad sane, es decir, sea más libre, igualitaria y fraternal (objetivos de la Revolución francesa no cumplidos desde hace más de dos siglos)-, perderemos nuestras energías en pos de un ideal desconectado de la realidad.

Ya va siendo hora de aceptar que el núcleo del sufrimiento individual se halla la actitud de aferrarse a una identidad limitada, pues la frontera entre el "yo" y los demás está en el origen del miedo, la frontera entre el pasado y el futuro es la causa de la ansiedad y la frontera entre el sujeto y el objeto estimula los deseos, generando un ciclo inacabable de insatisfacciones renovadas.

Mientras las personas se centran en su realización personal, el Estado contemporáneo se convierte, en un super-yo colectivo que, al ocupar el vacío producido por la dimisión del poder personal, genera sus propios intereses siguiendo su propia lógica. Pero la internacionalización de la economía y la concentración de los procesos de producción y consumo revelan que tiene los pies de barro. En las últimas décadas, el afianzamiento de las empresas multinacionales, cuya actividad salta fácilmente las fronteras estatales, o la proliferación de las mafias internacionales, suponen un claro reto al monopolio del poder por parte del Estado. Las fronteras exteriores sufren asaltos, derrumbes e intentos de afianzamiento, mientras que las fronteras internas se consolidan en una sociedad consumista e insolidaria.

Paradójicamente, las mismas causas que habrían de producir ciudadanos del mundo suscitan sentimientos de angustia y soledad; ante la globalización económica y de costumbres, muchos grupos sociales se repliegan hacia la secta, la etnia o los nacionalismos radicales. Cuando lo hacen con miedo y de forma irracional, surgen como champiñones los fundamentalismos políticos y religiosos, pues parece más fácil identificarse con pequeños grupos que con grandes tragedias o proyectos; tal vez sea esto un vestigio de nuestra procedencia de la tribu prehistórica. Desgraciadamente, toda fragmentación narcisista produce fenómenos colaterales como la xenofobia, la insolidaridad y el caos.

Los nacionalismos radicales se revelan hoy día como síntomas de grandes crisis y no como afloramientos de destinos colectivos. Ante la indiferencia política siempre se puede aventar el peligro de un enemigo que aglutina los miedos y consolida momentáneamente la unidad de los pueblos y de los Estados. Históricamente, los bárbaros desempeñaron este papel para el Imperio romano y los mongoles para China. Mucho más recientemente, "Occidente" se definía frente a "la amenaza comunista" del Este. Una vez acabada la guerra fría, se agita el islamismo integrista, o la invasión de los emigrantes del Sur. Tal vez llegue un día, en que no haya que magnificar al enemigo externo. Entonces, éste se convertirá en un simple vecino cuyas diferencias podremos integrar para cooperar en armonía.

Si la sensación de peligro siempre ha sido un elemento federador, quizá el mito de la amenaza extraterrestre fomentada por la ciencia ficción podría tener el efecto no deliberado de colaborar al sentimiento de unidad. O tal vez bastase una toma de conciencia más realista de la inmediatez del cambio climático y de la irreversibilidad de los efectos de la destrucción masiva de los bosques tropicales. Desde la visión de una Humanidad global, esas son cuestiones que nos afectan a todos por igual, tengamos el pasaporte que tengamos, lo mismo que el rápido agotamiento de los recursos, la explosión demográfica, el empobrecimiento de grandes masas de la población mundial, el agujero de ozono, el avance de la desertización, o la peligrosidad de los residuos nucleares.

La política como servicio

Todo esto nos llevaría a replantear la esencia de la política desde otra perspectiva. Su línea divisoria ya no se hallaría entre los intereses públicos y los privados, sino entre lo personal y lo transpersonal, lo estatal y lo trans-estatal. Hemos llegado a tal situación de globalización de los problemas y de sus posibles soluciones que lo que interesa a Occidente es lo mismo que lo que interesa a Oriente, lo que interesa al Norte es en esencia lo mismo que lo que interesa al Sur, lo que interesa a las ballenas es lo mismo que lo que interesa al ser humano: la supervivencia, la interrelación y la sinergia.

La genuina actividad política puede ser un intento de sobrepasar las limitaciones individuales, de trascender la muerte, de dejar tras sí una pequeña huella. Pero la motivación para emprender una acción política puede ser simplemente la visión de la miseria ajena, la empatía ante la proliferación de catástrofes naturales, la indignación ante la extensión de la pobreza , o simplemente el deseo de hacer mejoras en el propio pueblo en el que se ha nacido o en el barrio en el que se vive. Para volver a ser el "animal político" del que hablaba Aristóteles, no es necesario presentarse como candidato a unas elecciones. Basta con tomar en mano las riendas de la totalidad de nuestra vida, parte de la cual se desarrolla en colectividad. Participar en la política real requiere un esfuerzo de imaginación, creer que es posible cambiar las cosas y que no estamos regidos por fuerzas ocultas e incontrolables. Los poderes políticos que tanto criticamos se alimentan sencillamente del abandono de parcelas de poder por parte de una gran masa de ciudadanos absentistas. Recientemente y presionados por condiciones extremas, la toma de calles y plazas por cientos de miles de personas -una especie de ejercicio directo de la política-, contribuyó a producir inmediatos cambios de gobiernos en Argentina, Bolivia o Ucrania, por no poner sino los casos más conocidos.

Cuando consideramos este tipo de opciones, la política deja de ser el patrimonio exclusivo de los políticos. Pasa a convertirse entonces en un conjunto de actividades éticas al servicio de la comunidad. Su objetivo: transformar el mundo en que vivimos, como coetáneos de un mismo siglo y miembros de una misma humanidad.

Desde esta perspectiva, me parece enormemente coherente, y muy valiente, que un maestro zen contemporáneo, no sólo pida votar en sus charlas y conferencias, sino que desvele su opción política y pida públicamente unirse a ella. La acción política puede consistir en echar a los mercaderes del templo. Lo cual nunca estuvo reñido con “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

(*) Alfonso Colodrón se licenció en Derecho en Madrid( Universidad Complutense) y en Ciencias Sociales del Trabajo en París (Universidad de la Sorbona). Ha traducido cerca de un centenar de obras, sobretodo de filosofía perenne y psicología transpersonal. Es miembro titular de la Asociación Española de Terapia Gestalt, terapia que ejerce profesionalmente en sesiones individuales y de grupo. Cuando no está escuchando o hablando, cuida flores, planta árboles, alimenta a los pájaros y contempla las nubes.

alfonso@interser.e.telefonica.net