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viernes, 16 de diciembre de 2011

La Ley de la Madre Tierra: Bolivia da a la naturaleza los mismos derechos que al hombre

En una destacada iniciativa, una ley apoyada por el gobierno y la gente de Bolivia propone establecer un Ministerio de la Madre Tierra y otorgar a la naturaleza igualdad de derechos con el ser humano 

Bolivia está por pasar la primera ley en el mundo que le otorga a la naturaleza los mismos derechos que a los seres humanos, haciendo al hombre, a la planta, al animal, al río o a la montaña, iguales. La Ley de la Madre Tierra, acordada por los políticos y con un fuerte apoyo popular, redefine las riquezas minerales del país como “bendiciones” y propone radicales medidas de conservación para reducir la contaminación y controlar la industria. 

martes, 16 de septiembre de 2008

Estados Unidos ataca a Bolivia: Siempre la misma mierda

Cerca de la medianoche del pasado jueves 11 de septiembre, el canal “Encuentro”, de la televisión argentina, puso en pantalla un excelente trabajo documental sobre la digna vida y la heroica muerte de Salvador Allende. Un conmovedor ejemplo de quien fuera presidente de Chile –al inicio de los años setenta- enfrentado a la oligarquía de su país y a la trama criminal pinochetista, urdida, entre otros, por el mismísimo Henry Kissinger, quien actualmente hace las veces de “analista” de la política exterior de EE.UU.. Hombre de consulta de proclamados demócratas de Latinoamérica y el mundo entero, preocupados porque con “sus” propias democracias los pueblos deciden votar, por ejemplo, a Evo Morales, en Bolivia. Deciden elegirlo y, luego, refrendarlo. Es decir: a la tan declamada democracia para sojuzgar, democracia y media, para liberar.

“El drama que vivimos hoy es consecuencia de que lo volvieron a votar al señor Evo Morales”, dijo una diputada opositora, lo más suelta de cuerpo y a cara descubierta, por televisión. Sincerando, una vez más, lo incómodo que le resulta a los dueños del dinero y a sus legisladores que “sus” propias democracias se les escapen de las manos. Ya, en su momento, ante la reiteración de triunfos electorales del presidente Hugo Chávez en Venezuela, la inefable Condoleezza Rice reflexionó, en voz alta, sobre la conveniencia de analizar qué hacer con el “mal funcionamiento” del engranaje político por excelencia.

En el documental que pasó el canal “Encuentro”, decíamos, hombres y mujeres de encomiable integridad -que fueran compañeros y compañeras de Allende y que permanecieran con él hasta último momento dentro del Palacio de la Moneda, bajo el bombardeo- recordaron casi hora por hora aquella trágica jornada.

En otros canales, también cerca de la medianoche del último jueves 11 de septiembre, se reiteraba la noticia referida a las muertes en Bolivia, el llamamiento de Evo Morales a recuperar la cordura, y las manifestaciones del gobierno de Estados Unidos pretendiendo, primero, desmarcarse de un conflicto que, junto a las oligarquías separatistas, fogonea desde hace largos meses.

Primero desmarcarse, pero inmediatamente después –descaradamente- acusando al presidente de Bolivia de encender la hoguera “para disimular su aislamiento internacional”. El mismo argumento que fuera utilizado otrora contra el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. El mismo latiguillo de cuando le dieran el golpe de estado, en el año 2002, y el mismo ahora, cuando el primer mandatario venezolano respaldó, sin que le tiemble la voz, al gobierno boliviano.

Las groserías políticas y los genocidios que caracterizan a distintos gobiernos de Estados Unidos a lo largo de la historia no varían. Siempre la misma mierda. En “Chile para recordar”, uno de los grandes y minuciosos trabajos del periodista y escritor, Gregorio Selser –ya fallecido-, se alude a que la matanza de casi un millón de personas, a mediados de los años sesenta, en Indonesia –donde EE.UU. estuvo implicado con sus servicios de inteligencia, armas y efectivos regulares disfrazados de mercenarios-, sirvió de inspiración al golpe contra Allende y para el inmediato genocidio de al menos quince mil mujeres, hombres y niños. Explica Selser que meses antes del asalto pinochetista al gobierno de la Unidad Popular, en muchos barrios de Santiago había aparecido pintada la palabra “Yakarta”. Era la consigna. Hacer en Chile lo que, como genocidio en Indonesia comenzó por su capital, Yakarta.

Aquí y allá, ayer y hoy. Siempre la misma mierda. Y frente a tanto genocidio, a tanta brutalidad, lo que sigue siendo escalofriante es la hipocresía de no pocos “demócratas” y no poca prensa de fácil irritabilidad, al escuchar a Hugo Chávez decir “coño”, “carajo” “yankis de mierda”. Los espantan las palabras y no los holocaustos con que EE.UU. viene regando este mundo para devorárselo.

Por estos días, los gobiernos de Brasil y Argentina firmaron acuerdos comerciales y llegaron, con propuestas recíprocas, a concluir que el intercambio bilateral se regirá a partir de las monedas de ambos países y no del dólar. El presidente Lula reiteró, además, que la idea de crear el Banco del Sur es, ya, mucho más que una idea.

Por otra parte, en Ecuador, el presidente Rafael Correa, elevando la apuesta por encima de la democracia formal, avanza hacia una profunda modificación de la carta magna, con la declarada intención de que la participación popular sirva para cambiar la matriz institucional y distributiva, todavía afín a los intereses de la clase dominante. Además, le pone punto final al enclave militar de EE. UU. en la base de Manta.

Fernando Lugo, recientemente electo presidente de Paraguay, no únicamente ha designado un canciller –Alejandro Hamed Franco, considerado por EE.UU. amigo de países del “Eje del mal”-, sino que se propone avanzar en profundas relaciones comerciales con Venezuela.

El Imperio está inquieto. Las derechas, alzadas. Conspirando tempestades y trabajando a destajo en la creación de condiciones mediáticas que instalen ideas madres en el conjunto social, para el desembarco masivo –violando territorio ajeno- de “hombres de negocios enmascarando a agentes de la CIA, el Pentágono, el FBI y a rompe huesos y carniceros, clones de los que actuaron –y actúan- en Irak, Afganistán, Yugoslavia. Varios de los que por estos días saben viajar a bordo de la IV Flota, que se pasea “solidaria” por ríos y mares de nuestro continente. Y que ha llevado al canciller de Brasil, Celso Amorín, a consultar a funcionarios del gobierno de Bush a título de qué tanta “solidaridad” naval husmeando el Amazonas.

En tanto, cosa para nada menor, los medios de comunicación que responden, directa o indirectamente, a la lógica e intereses de EE.UU. redoblan las campañas más sutiles y las más burdas: desprestigiando gobiernos y organizaciones de masas que no se arrodillan. Una labor que se conoce como el paso de antesala a las demoliciones y saqueos de recursos naturales –gas, petróleo, minerales, agua, territorios-. O sea: lo hecho en Yugoslavia, hace unos años, en lo que fuera, quizás, una de las más claras evidencias de la aplicación de la teoría del descuartizamiento. De eso se trata. De crear las condiciones previas, incluidos los bloqueos intermitentes que desgasten parcial y selectivamente, a diferencia del sistemático, interminable y criminal aplicado contra Cuba desde hace cerca de cincuenta años.

De los tiempos de la obediencia debida al Consenso de Washington, a estos días de discursos y actitudes sin mordazas, hay un trecho: lo suficientemente importante como para no regresar al pasado y, por los retos frente al poder ciego, sumamente difícil de transitar hacia el futuro. Al pretendido gendarme del mundo lo incomoda que, a pesar de su voracidad y ferocidad, se haya extendido el lenguaje de la multilateralidad. Eso, que no es sencillo y tiene sus bemoles al interior de la lucha intercapitalista, se da de patadas con el proyecto de dominación integral que Estados Unidos –halcones y palomas- se reservaba para el presente siglo.

En el documental que, referido a Salvador Allende, pasara el canal “Encuentro”, casi a la medianoche del jueves 11 de septiembre, las mujeres y hombres que dieron testimonio, se mostraban serenos. Dolidos y dignos. Quien cerró las entrevistas fue un señor mayor, sepulturero. Aquí –señalando con un dedo- fue enterrado Allende, dijo. Y palabras más o menos, ganado por la emoción, agregó que él, como millones de personas, lo habían votado para presidente. Una manera de hacerse cargo de la historia, enfrentándose a las cámaras y a los largos miedos con que los Pinochet y los Kissinger llegaron a penetrar hasta los huesos a la sociedad chilena por décadas.

A la misma hora, de ese jueves 11 de septiembre, en su llamado a la cordura, Evo Morales convocó, sin miedos, a defender la soberanía y a luchar por la defensa de un proyecto de país enfrentado a quinientos años de ultraje.

Por Juan Carlos Camaño, Presidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP)

Fuente: Voltairenet

domingo, 14 de septiembre de 2008

Lamento boliviano


Dio pena ver por televisión esta semana a jóvenes clasemedieros bolivianos armados con palos, piedras, pistolas y escopetas tomando aeropuertos, canales de televisión y todo tipo de instituciones públicas, destruyendo mercados populares y apaleando a campesinos, en decenas de acciones de choque repartidas entre Santa Cruz, Beni, Pando y Chuquisaca, coordinadas y previamente concertadas por los gobernadores, con un diplomático estadounidense actuando como facilitador, acciones que culminaron con la masacre de quince líderes indígenas ametrallados a la vera de un camino en Pando, asesinados por un escuadrón de la muerte que respondería al gobernador, Leonel Fernández, hoy buscado por genocidio.

Bolivia te rompe el corazón. Tanto odio, tanta destrucción, tanta impotencia escenificada en una especie de pueblada burguesa en contra de los indígenas y los campesinos para mantener viejos privilegios, ante la pasividad del gobierno, de su policía y de las fuerzas armadas. El presidente Evo Morales, recientemente ratificado por dos tercios del voto, debe tragar saliva ante cada nueva embestida para evitar dar la orden que lleve al baño de sangre.

Bolivia está al borde de la guerra civil. Aunque el gobierno y los líderes de la oposición acordaron sentarse a negociar esta tarde, las rebeliones son muy difíciles de controlar una vez que se desatan, y su propia inercia las lleva a radicalizarse. No hay salida política posible cuando se desconoce la ley, las autoridades legítimamente elegidas y las reglas de juego de la democracia. Cuando las disputas se dirimen a través del uso de fuerza, ganan los que tienen más fierros.

En Bolivia los fierros pesados son de las fuerzas armadas. Por algo sus cuarteles y destacamentos son prácticamente las únicas instituciones federales que las patotas autonomistas no han atacado. Los militares en actividad han dado muestras de lealtad al gobierno de Morales. Se trata de una cuestión cultural. El 90 por ciento de los soldados bolivianos son indígenas. El servicio militar es obligatorio, pero muchos blancos consiguen libretas médicas. “El indígena que no hace cuartel (colimba) es mal visto en su comunidad, como que no se hizo hombre. Evo es el primer presidente que hizo cuartel desde la dictadura y eso los militares lo respetan”, cuenta uno de sus asesores.

Cuando asumió en el 2006, Morales pasó por alto una promoción de generales, presuntamente involucrados en una compra irregular de misiles, para nombrar a su cúpula militar. Desde entonces no ha habido intrigas ni complots dentro de la fuerza y la cúpula se ha mantenido intacta, a pesarde los esfuerzos de algunos militares retirados vinculados a la oligarquía cruceña.

Los autonomistas dicen que no van a devolver los edificios federales que tomaron, sino que los van a reconvertir en entes provinciales, y así van a empezar a aplicar los estatutos autonómicos que votaron el año pasado.

Pero no es lo mismo tomar el edificio de la dirección impositiva que capturar los ingresos que esa oficina percibía antes de la toma, por la sencilla razón de que el gobierno redireccionó a los grandes contribuyentes para que paguen sus impuestos y tributos directamente en La Paz. Así como los estatutos fueron declarados ilegales de antemano por la Corte Electoral y desconocidos por la comunidad internacional, lo mismo pasa con las instituciones que surgen de su aplicación.

Sin fuentes de ingresos y con las rutas cortadas, la rebelión de los ricos no puede durar mucho porque los empresarios pierden plata. Por dar un ejemplo, la feria de Santa Cruz, la más grande del país, debía arrancar en dos semanas. El año pasado reunió a 3000 empresarios de 40 países. Ahora quién sabe si se hace, ni quién va a participar, ni cómo van a llegar con las rutas cortadas y los aeropuertos tomados.

Lo más triste es que todo este caos se desató porque el gobierno impuso un recorte promedio del seis por ciento en sus transferencias a las prefecturas para pagarle una modesta jubilación a los más pobres, la llamada Renta Dignidad. Y no es que las prefecturas venían sufriendo la codicia del gobierno central, sino todo lo contrario: además de contar con uno de los sistemas fiscales más federales del mundo, la estatización de los hidrocarburos que decretó el gobierno que hoy combaten había triplicado sus ingresos en menos de tres años.

El problema principal que tienen los autonomistas es la creciente popularidad de Evo Morales. El presidente que llegó al gobierno con poco más de la mitad de los votos había prometido una reforma redistributiva pero necesitaba algún tipo de acuerdo con la oposición para sumar los dos tercios en la Asamblea Legislativa que iba a modificar la Constitución. Pero en el referéndum revocatorio del mes pasado Morales sumó más del 67 por ciento de los votos. Si repite la performance en el referéndum constitucional de principios del año que viene, entonces su Constitución habrá sido refrendada por mayoría absoluta, reelección incluida, sin necesidad de hacer concesiones.

Este es el escenario que desespera a los autonomistas. Su única esperanza es que Morales muerda el anzuelo y desate una represión feroz que los ponga en el lugar de víctimas, para así justificar su insurrección. Pero hasta ahora Morales ha hecho prevalecer su paciencia aymara, su muñeca de gremialista y su visión de estadista, prefiriendo mostrarse débil antes que entrar en la espiral de violencia.

Pero en un punto Morales es prisionero de su propio éxito. Cuanto más avanza con sus reformas, más crece su popularidad. Cuanto más crece su popularidad, más se aísla la oposición autonomista. Cuanto más se aísla la oposición, más arriesga. Perdida por perdida, sale a quemar las naves. El objetivo ya no es imponer el programa propio sino incendiar el proyecto del gobierno en un acto de destrucción mutua. Para lograrlo, los autonomistas no dudan en recurrir a lo más bajo de la política: el racismo, la xenofobia, el macartismo, la demagogia, el nacionalismo barato, los insultos, las patotas, los palos, las palizas, los saqueos, las masacres.

Entonces el pueblo agredido quiere reaccionar y el jefe de Estado intenta contenerlo. Pero no es fácil esperar que actúe la Justicia, que funcionen las instituciones, que se calmen las aguas para recuperar lo robado y rehacer lo destruido. No es fácil sentarse a ver cómo las llamas del odio se devoran rutas, oficinas, estaciones, mercados, vidas humanas y la esperanza de un futuro mejor. Te rompe el corazón.

Por Santiago O’Donnell, para el Diario Página 12