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jueves, 21 de mayo de 2009

La hora del decrecimiento


Por Jordi Pigem

En otras culturas, el propósito último de la existencia humana era honrar a Dios o a los dioses, o fluir en armonía con la naturaleza, o vivir libres de las ataduras que nos impiden ser felices, en paz con el mundo. En nuestra sociedad, el propósito último es que crezca el producto interior bruto y que siga creciendo. Y en esta huida hacia delante se sacrifica todo lo demás, incluido el sentido de lo divino, el respeto por la naturaleza y la paz interior (y la exterior si hace falta petróleo). La economía contemporánea es la primera religión verdaderamente universal. El ora et labora dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir. Como ha señalado David Loy, la ciencia económica “no es tanto una ciencia como la teología de esta nueva religión”. Una religión que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud).

La sociedad hiperactiva. Entre los años 2000 y 2004, según el New York Times, el porcentaje de niños norteamericanos que toman fármacos para paliar el trastorno de déficit de atención e hiperactividad creció del 2,8 al 4,4%. También aquí, según el Departament d’Educació, es el trastorno infantil con mayor incidencia. No hay noticia de la hiperactividad en toda la literatura clásica (como no sea en el mito de Hércules, que proeza tras proeza avanza hacia la locura y la autodestrucción). Es una enfermedad contemporánea. Y refleja muy bien la sociedad contemporánea: una sociedad hiperacelerada, insaciablemente ávida de noticias y novedades, y sometida a tal avalancha de información, anuncios, estímulos y distracciones que la capacidad de atención se aturde y se encoge. Cuantos más reclamos por minuto, menos capacidad de concentración. Las noticias muestran un drama en Bagdad o en una patera, y antes de que uno tenga tiempo de asimilar la magnitud de la tragedia se pasa a la actualidad deportiva o a una falsa promesa publicitaria. ¿Sorprende que los niños, creciendo en el seno de una sociedad hiperactiva y con déficit de atención, reproduzcan las tendencias que ven a su alrededor?

La economía contemporánea vive de crecer. Pero nada crece siempre. Las personas, por ejemplo, crecemos en la infancia y en la adolescencia. Después ya no crecemos, pero tenemos la oportunidad de madurar. La hiperactividad y el crecimiento tienen mucho de adolescente. Parece que a nuestra sociedad le ha llegado la hora de dejar atrás el crecimiento adolescente y empezar a madurar.

Pacificar la economía. El mundo se ha convertido en un gran taller, que produce para que podamos consumir a fin de que podamos seguir produciendo. Pero el nivel de consumo “normal” en un país como el nuestro es ya insostenible. Si toda la humanidad viviera como los catalanes, necesitaría los recursos de tres Tierras; si viviera como los norteamericanos, necesitaría seis. La factura por este desequilibrio la pagan la naturaleza y el Tercer Mundo, y si nada cambia la pagarán, multiplicada, nuestros nietos.

Como Karl Polanyi explicó en La gran transformación, es cosa inaudita que toda una cultura esté sometida al imperio de lo económico, en vez de ser la economía, como lo fue en todos los lugares y épocas hasta no hace mucho, un área ceñida a consideraciones éticas, sociales y culturales. Por arte de magia, hemos insertado la sociedad en la economía en vez de la economía en la sociedad. Aunque se cree por encima de todas las cosas, la economía global es solo una filial de la biosfera, sin la cual no tendría ni aire ni agua ni vida. Una economía sana estaría reinsertada en la sociedad y en el medio ambiente, y cada actividad económica (incluido el transporte) tendría que responsabilizarse de sus costes sociales y ecológicos. En semejante sociedad, sensata pero de momento utópica, los alimentos biológicos y locales serían más baratos que los de la agricultura industrial, que hoy contamina y se lava las manos.

El economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, inspirador del decrecimiento junto a pensadores como Ivan Illich y el recientemente fallecido Baudrillard, se dió ya cuenta de que “cada vez que tocamos el capital natural estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes”. Una economía en paz con el mundo seguiría el principio de responsabilidad de Hans Jonas: “Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida genuinamente humana sobre la tierra”. Los pueblos indígenas que se guiaban por el criterio de la séptima generación (ten en cuenta las repercusiones de tus actos en la séptima generación, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos) sabían de sostenibilidad más que nosotros.

El decrecimiento, movimiento que en los últimos años está tomando fuerza en Francia (décroissance) e Italia (decrescita), más que un programa o un concepto es un eslogan para llamar la atención sobre cómo la economía hiperacelerada está arruinando el mundo, un timbrazo para despertarnos de la lógica fáustica del crecimiento por el crecimiento. El economista Serge Latouche, decano de la décroissance, señala sin embargo que “el decrecimiento por el decrecimiento sería absurdo”, y que sería más preciso (aunque menos elocuente) decir acrecimiento, tal como decimos ateo. Se trata de prescindir del crecimiento como quien prescinde de una religión que dejó de tener sentido.

En el medio está el remedio. En el portal de la casa de un vecino rezan estos versos:

"Verge Santa del Roser,
feu que en aquesta casa
no hi hagi poc ni massa,
sols lo just per viure bé."


Es parte de la sabiduría tradicional de muchas culturas constatar que la plenitud va ligada no al cuanto más mejor sino a al justo medio. Ya el oráculo de Delfos advertía: “de nada demasiado”. El confucianismo enseña que “tanto el exceso como la carencia son nocivos”, y en el clásico libro taoísta de Lao Zi se lee que sólo “quien sabe contentarse es rico”. La misma idea está presente en las palabras de un jefe indígena norteamericano (micmac) dirigidas a los colonos blancos: “aunque os parecemos miserables, nos consideramos más felices que vosotros, pues estamos satisfechos con lo que tenemos”. Y no falta en la tradición judeocristiana: “no me des pobreza ni riqueza” (Proverbios); “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mateo). Incluso uno de los padres de la american way of life, Benjamin Franklin, escribió “El dinero nunca hizo feliz a nadie, ni lo hará… Cuanto más tienes, más quieres. En vez de llenar un vacío, lo crea”. El consumo pretende ser una vía hacia la felicidad, pero es como una droga que requiere cada vez dosis mayores. Hace poco salió a la luz un Happy Planet Index que sitúa a Vanuatu, archipiélago tropical, económicamente “pobre”, como el país más feliz. Le siguen diversos países caribeños. España ocupa el lugar 87. Y Estados Unidos el 150, ya cerca de Burundi, Swazilandia y Zimbabue, que cierran la lista.

La crisis ecológica es la expresión biosférica de una gran crisis cultural, una crisis derivada del modo en que percibimos nuestro lugar en el mundo. Buscamos el sentido de la vida en la acumulación, mientras el mar se vacía de peces y la tierra de fauna y flora silvestres. Liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento por el crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Un criterio para ello es abandonar la sed de riqueza material en favor de otras formas de plenitud. No se trata de ascetismo. Al fin y al cabo, la revista Décroissance lleva como subtítulo Le journal de la joie de vivre. No implica disminuir el nivel de vida sino concebirlo de otra manera. Se trata, en la línea de iniciativas que van desde el slow food de Carlo Petrini a la simplicidad radical de Jim Merkel, de fomentar la alegría de vivir y convivir, de desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos unos a otros, de crecer en tiempo libre y creatividad, crecer como ciudadanos responsables de un mundo bello y frágil.

Jordi Pigem es Filósofo de la ciencia y escritor

Fuente: Blog amigo Crisis Económica 2010
Fuente: Blog amigo Espiritualidad y Política

lunes, 23 de febrero de 2009

Decrecimiento sostenibl


Decrecimiento sostenible

Joan Martínez Alier

La crisis económica actual ha puesto a John Maynard Keynes de moda porque existe capacidad industrial en las economías occidentales que no se aprovecha. Ante el aumento del desempleo, la receta adecuada es un mayor gasto público. Así habrá dinero para cambiar de automóvil y comprar el exceso de viviendas que deprime la industria de la construcción en Estados Unidos, en Reino Unido y en España. Keynes quería que la economía saliera de la crisis de 1929. Dijo explícitamente que lo que ocurriera a largo plazo, una vez la economía se recuperara de las dificultades, no le importaba. Fueron economistas posteriores como Harrod y Domar los que convirtieron el keynesianismo en una doctrina de crecimiento económico a largo plazo. Más tarde llegaron o resucitaron los neoliberales como Hayek, quienes aseguraron que el mercado sabía mucho más que el Estado. Ahora estamos escuchando a banqueros que piden que nacionalicen sus bancos, por favor. Estamos viendo la resurrección de Keynes (o su reencarnación en Krugman y Stiglitz). Pero podemos preguntarnos, ¿un Keynes de corto plazo, para salir de la crisis, o un Keynes también de largo plazo para seguir una senda virtuosa de crecimiento económico?

Es ahí donde entra la actual crítica de la Economía Ecológica. El crecimiento económico se ha basado en la energía del carbón, el petróleo y el gas natural. Parece aconsejable un keynesianismo verde que aumente la inversión pública en conservación de energía, en instalaciones fotovoltaicas, en transporte público urbano y rehabilitación de viviendas, en agricultura orgánica. Pero no lo parece continuar en la fe del crecimiento económico. En los países ricos debe darse un ligero decrecimiento económico que sea socialmente sostenible. Debemos entrar en una transición socio-ecológica. La economía ha de decrecer en términos de materiales y de consumo energético. Existe ya un acuerdo social en Europa para que las emisiones de dióxido de carbono se recorten un 20% con respecto a las de 1990, pero lo que no se había previsto es que, de hecho, al decrecer el PIB esas emisiones ya están disminuyendo.
Pero no sólo hay razones ecológicas para el decrecimiento. Hay psicólogos que han averiguado que la felicidad no aumenta con el aumento del PIB per cápita. Mejor dicho, sí que aumenta a niveles muy bajos, pero no después.

Ahora bien, el decrecimiento económico provoca dificultades sociales que hemos de afrontar para que la propuesta antes citada pueda ser socialmente aceptada. Si la productividad del trabajo (por ejemplo, el número de automóviles que un trabajador produce al año) crece el 2% anualmente pero la economía no hace lo propio, eso llevará a un aumento del desempleo. La respuesta ha de ser doble. Los aumentos de productividad no están bien medidos. Si hay sustitución de energía humana por energía de máquinas, ¿los precios de esta energía tienen en cuenta el agotamiento de recursos, las externalidades negativas? Sabemos que no es así. Además, hay que separar el derecho a recibir una remuneración del hecho de tener empleo asalariado. Esa separación ya existe en muchos casos (niños y jóvenes, pensionistas, personas que perciben el seguro de desempleo), pero debe ampliarse más. Hay que redefinir el significado de 'empleo' -teniendo en cuenta los servicios domésticos no remunerados y el sector del voluntariado- y hay que introducir o ampliar la cobertura de la Renta de Ciudadano o Renta Básica.

Cabe plantear otra objeción. ¿Quién pagará la montaña de créditos, las hipotecas y la deuda pública si la economía no crece? La respuesta debe ser que nadie. No podemos forzar a la economía a crecer al ritmo del interés compuesto con que se acumulan las deudas. El sistema financiero debe tener reglas distintas de las actuales. En Europa y Estados Unidos lo que es nuevo no es, pues, el keynesianismo, ni tan sólo el keynesianismo verde. Lo nuevo es el movimiento social por el decrecimiento sostenible. La crisis abre expectativas para nuevas instituciones y hábitos sociales. El objetivo en los países ricos debe ser vivir de forma óptima dejando de lado el imperativo del crecimiento económico.

Joan Martínez Alier es catedrático del Departamento de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona

Las provincias, 21 febrero 2009

domingo, 1 de junio de 2008

Vivir con menos y mejor.

Decrecimiento económico. Simplicidad. Slow.

Dossier realizado por María del Mar Jiménez Redal

VIVIR CON MENOS Y MEJOR

Le dice un español a un cubano:
“Chico, en la isla hacéis como si trabajáis y ellos hacen como que os pagan”.
Y él le contesta:

“Pues aquí ustedes se pasan la vida trabajando en lo que no les gusta para comprar lo que no necesitan”.

Este artículo trata sobre decrecimiento económico como única posibilidad de supervivencia en un mundo finito, y a la vez de crecimiento personal con unos valores opuestos a la acelerada, cegadora y vacía sociedad de consumo

“Debemos vivir con sencillez, para que otros sencillamente puedan vivir”.
Gandhi

Esta gran frase de Gandhi podría ser cierta a mediados del siglo XX, que es cuando la pronunció, pero ahora es falsa, o al menos incompleta, porque el modelo económico en que vivimos es insostenible incluso para nosotros. Según algunos autores el 1,8% de la población mundial realizamos el 60% del consumo. Se necesitarían tres planetas para dar respuesta a esa voracidad y por tanto, cambiar nuestro modo de vida es imprescindible simplemente para sobrevivir, dejando la solidaridad a un lado.

Decrecer, reducir, parar, reflexionar antes de actuar, cuestionarnos si necesitamos un objeto o no, no hacer nada, … palabras malditas en un mundo en el que “el tiempo es oro” y en el que en la tecnología y los aspectos externos de la vida cambian tanto y tan rápido que, si no te adaptas, pareces un primitivo. Por ejemplo, mi marido es muy incomprendido y criticado por negarse a vivir pegado a un teléfono móvil que no necesita.

MATERIALISMO, VELOCIDAD y CONSUMO.

Esta es la Santísima Trinidad de nuestra civilización.
Llevamos a nuestras espaldas 150 años de ritmo frenético desde la revolución industrial hasta la revolución tecnológica y la democratización de los bienes de consumo.

La prosperidad que nos han vendido reduce las enfermedades físicas (aunque las cronifica y crea otras) pero aumentan las mentales: depresiones, ansiedades, insatisfacciones vitales, incapacidad de resolver los reverses de la vida…. y la OMS anuncia (o amenaza) que la depresión será la 2ª enfermedad en el 2020 en el mundo más desarrollado. Los laboratorios farmacéuticos (con Prozac y cía) se frotan las manos con los beneficios de nuestra desorientación, ignorancia ante la vida y sufrimiento.

Vivimos en el reino de la cantidad obsesionados con lo material. Los occidentales estamos apegados a la satisfacción inmediata, gratuita, sin apenas esfuerzo y cada vez necesitamos más y más para saciar esa ansia externa que intenta tapar el vacio interno.

La gran mentira de la sociedad contemporánea es que el consumo proporciona felicidad, plenitud. Si no hay consumo, no hay vida. Eso nos venden los miles de anuncios que vemos y eso está ya grabado casi a nivel celular.

Gastamos el doble (o más) de lo que necesitamos para vivir a la mitad de nuestro potencial (siendo generosos).

Somos marionetas de un sistema al que le interesa:

- romper/atomizar las familias.
-
masculinizar a las mujeres
- feminizar a los hombres

- volvernos agresivos e insensibilizarnos a todos
- desapegar y des-madrar a los niños (ausencia de crianza con vínculo)

-
acabar con las actividades autosuficientes centradas en lo rural y la tradición
- no dejarnos ni un solo segundo sin estímulos
- estigmatizar al que se escapa del sistema y del ciclo de producción (si no trabajas con sus normas, no tienes talento y eres mal ejemplo)
- ofrecernos créditos fáciles
- humillar el esfuerzo, el ahorro y la contención o renuncia. Un anuncio dirigido hace poco para jóvenes trasmitía este mensaje: no ahorres para el coche, cómpratelo y disfrútalo ya y con el mismo crédito te vas de viaje
- negarnos, ocultarnos y ridiculizar la información sobre la verdadera naturaleza del ser humano: el poder de nuestros pensamientos, la espiritualidad innata…
- etc

Con esa completa y eficaz estrategia no es muy difícil consumir y consumir hasta morir.

Nos prometieron que las máquinas trabajarían casi por nosotros y que la jornada laboral se acortaría a favor de mayor tiempo libre y la realización personal. Pero aquí estamos, trabajando 200 horas más al año que en 1970.

“La vida es aquello que pasa mientras estamos ocupados haciendo otras cosas”
John Lennon

Las personas no sólo no disponen de más tiempo, sino que tienen la sensación de que no llegan a nada y, sobre todo, de que no pueden disfrutar de lo que ya han conseguido porque continúan sin tener tiempo.

Todo va tan rápido que en EEUU existe la misa drive-through, una especie de funeral exprés que consiste en colocar el ataúd a la entrada de la iglesia para que la gente pase en sus coches y desde allí tire una flor, se despida del difunto y vuelva a sus quehaceres. Me parece un excelente ejemplo de a dónde hemos llegado, y de cómo se han prostituido todos los aspectos sagrados de la vida: desde el nacimiento hasta la muerte.

Si en este modelo loco y cruel de civilización sólo nos hundiésemos nosotros no sería grave: recogemos lo sembrado. Pero estamos arrastrando a todo el planeta.

Nosotros estamos al principio de la cola, somos parte de los 1000 millones de humanos con más renta per cápita del mundo. Detrás se encuentran los restantes humanos, hasta 5500 millones y después todos los miembros de hasta las 25 millones de especies que nos acompañan. Todos pagan las consecuencias de nuestro modo de vida.

Muchos antropólogos afirman que en las comunidades nativas no existe la palabra pobreza, nadie es privado ni de comida ni de dignidad humana. Es nuestro modelo de desarrollo, despiadado con las personas y la Naturaleza, el que crea la verdadera miseria y se pregunta cínicamente “¿cómo puede haber tantos pobres y hambrientos en el planeta?. Hagamos transgénicos para ellos y ofrezcámosles dinero y deuda”.

¡Pues hasta aquí hemos llegado!

Sea porque estamos en crisis personales, sea por un aumento de nuestra conciencia y sabiduría, o sea porque no hay más remedio, el hecho es que o decrecemos o vamos al abismo.

“Decrecimiento” no significa retroceder sino frenar, detener el crecimiento imparable. Esto a quien más perjudica es a las multinacionales, a nosotros sólo puede beneficiarnos.

Existen alternativas y muchos movimientos a favor de un estilo de vida más amable con el planeta y con nosotros mismos: economía solidaria, consumo responsable, comercio justo, trueque, alimentos naturales, agricultura sin transgénicos y ecológica, saborear los momentos, vida sencilla por fuera pero rica por dentro, etc.

¿Tienes tiempo y ganas de descubrirlos?

ADVERTENCIA: Este artículo está escrito desde la OPULENCIA, un ordenador portátil, un cómodo piso y un frigorífico a rebosar. España es actualmente el 8º país en el ranking económico. Hablaremos sobre muchas ideas para simplificar la vida y reducir el consumo, pero somos conscientes de que sólo podemos reducir los ciudadanitos que vivimos en el exceso.

A todos los lectores que nos leáis desde países con escasez, PERDÓN, perdón y perdón.
Vereis sugerencias que ya forman parte de vuestra vida por convencimiento o porque no tenéis otra opción. Al menos tomarlo con sentido del humor y como advertencia de qué modelo NO hay que seguir.

Índice del dossier:

I. DECRECIMIENTO ECONÓMICO

1. ¿En qué mundo vivimos?. Vídeo de 20’: “La historia de las cosas”.
2. ¿Por qué decrecer?. Vídeo de 54’: “Aritmética, población y

energía. Los fundamentos olvidados de la crisis energética”
3. Downshifting
4. Simplicidad radical de Jim Merkel
5. 100 ideas para simplificar la vida
6. El huerto familiar para principiantes. Por Rafael Gómez
7. Comunidades sin dinero: The Compact en EEUU y
Heidemarie Schewermer
8. Monedas complementarias: LET, WIR y JAK
9. Banca ética
10. Trueque y los bancos de tiempo
11. Antipublicidad: Adbuster y “Consume hasta morir”
12. El lado oscuro de los supermercados y el Miles food.
Comercio interior y comercio justo.
13. Capitalismo consciente: yogures la Fageda, Teaming y moda
ética Intrépida Mu
14. Aprovechar los excedentes. Espigar y reutilizar.
Vídeo: “Los espigadores y la espigadora”. Fundación Valora.
15. Diseño moral. Slow design

II. DECRECER EL RITMO DE VIDA

16. Carl Honore y el movimiento SLOW
17.
How food
18. How City
19. Maternidad how
20.
Austeridad y glamour
21. La gratitud por Covadonga Rosete, Maestra de Reiki.
22. Canción: “Celebra la vida” de Alex Fernando
23. Bibliografía
24. Moraleja
25. La viñeta de Laura

Ver dossier completo: http://www.eldedoenlallaga.com/