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jueves, 29 de julio de 2010

El nuevo trascendente



por Frei Betto (*)


La historia de la humanidad es una historia de sujeciones. En el período premoderno, sujeción a los dioses del politeísmo, al Dios del monoteísmo, al Rey de la monarquía y al Pueblo (sujeto abstracto) de la República. Siempre había una figura del Otro al que todos debían reportarse.

Ese Gran Otro prescribía lo cierto y lo erróneo, el bien y el mal, la gracia y el pecado, la ley y el delito. El mundo se configuraba de acuerdo con los preceptos del Gran Otro. Las alternativas eran sencillas: sujetarse bajo promesa de recompensa o rebelarse bajo amenaza de castigo.

 En la modernidad, el Otro se multiplicó, adquirió varias caras, se descentralizó en diversidad de ideologías, sistemas de gobierno y creencias religiosas. Tanto la antigüedad como la modernidad nos remitían a la trascendencia, por más que basada en la razón. Si no era Dios, era el Partido, el líder supremo, las ideas incuestionables. Algo o alguien nos precedía y determinaba nuestro comportamiento, inculcándonos gratificación o culpabilidad. 

 La posmodernidad, a cuya puerta de entrada nos encontramos, promete hacer de nosotros sujetos libres de toda sujeción. Sería la vuelta al protagonismo exacerbado, en que cada individuo es la medida de todas las cosas. Ya no se vive en tiempos de cosmogonías y cosmologías, teogonías e ideologías. Ahora todos los tiempos convergen simultáneamente en el espacio reducido del aquí y ahora. Gracias a las nuevas tecnologías de comunicación, tiempo y espacio adquieren dimensión holográfica: caben en cada pequeño detalle del aquí y ahora.

¿Será que de hecho la posmodernidad nos emancipa del trascendente y de la trascendencia? ¿Nos introduce en el “desencanto del mundo” apuntado por Max Weber?

La respuesta es no.

Hay un nuevo Gran Otro que nos es impuesto como paradigma incuestionable: el Mercado. Las seductoras imágenes de este dios implacable son diseminadas por su principal oráculo: la publicidad. A semejanza de su homólogo de Delfos, nos advierte: “Di lo que consumes y te diré quién eres”.

El gran teólogo de ese nuevo dios fue Adam Smith. Inspirado en la física de Newton, en “La riqueza de las naciones” y “La teoría de los sentimientos morales”, Smith aplicó a la economía la metáfora religiosa del Gran Relojero que preside el Universo. El reloj funciona gracias a la precisión mecánica fabricada por alguien fuera de él e invisible para quien lo lleva: el relojero. Así, en opinión de Newton, sería el Universo. En la de Smith, la vida social regida por intereses económicos. La diferencia está en que el Dios Relojero de Newton es llamado Mano Invisible por Smith. Según éste, el egoísmo de cada uno, guiado por la Mano Invisible, promovería el bien de todos...

Es exactamente lo que afirma Milton Friedman, líder de la Escuela de Chicago: “Los precios que resultan de las transaciones voluntarias entre compradores y vendedores son capaces de coordinar la actividad de millones de personas, siendo que cada una sólo conoce su propio interés”.

Ése es el fundamento del pensamiento liberal y del sistema capitalista. Es el principio del laisser faire, dejar (a dios) hacer. Lo que, traducido en términos políticos, significa desreglamentar, no sólo las esferas económicas y políticas, sino también la moral. ¡Abajo la ética de principios y viva la ética de resultados! En ese protagonismo posmoderno, cada ego es la medida de todas las cosas. Lo que imprime al sujeto (en el sentido latino de sujeción, sumisión) la impresión de autonomía y libertad.

El resultado del nuevo paradigma centrado en el dios Mercado todos lo conocemos: degradación ambiental; guerras; gastos exorbitantes en armas, sistemas de defensa y seguridad; narcotráfico y dependencia química; debilitamiento de los vínculos familiares; depresión, frustración e infelicidad.

Todavía es tiempo de profesar el más radical ateísmo frente al dios Mercado e, iconoclastas, aferrarnos a la ética para introducir, como paradigma, la generosidad, el compartimiento de los bienes de la Tierra y de los frutos del trabajo, la felicidad centrada en las condiciones dignas de vida y en la profundización espiritual de la subjetividad.

Pero eso sólo será posible si no quedamos restringidos a la esfera de la autoayuda, de las terapias tranquilizadoras del alma para soportar el estrés de la competitividad, y nos movilizamos comunitariamente para organizar la esperanza en un nuevo proyecto político fundado en la globalización de la solidaridad.

He ahí el desafío ético que, como señaló José Martí, será capaz de articular emancipación política y emancipación espiritual.

 (*) Frei Betto es escritor, autor de  “El arte de sembrar estrellas” (Rocco), entre otros libros. 


www.freibetto.org   twitter:@freibetto


Copyright 2010 – Frei Betto -  No es permitida la reproducción de este artículo  por cualquier medio, electrónico o impreso, sin autorización. Le invitamos a que se suscriba a todos los artículos de Frei Betto; de este modo usted los recibirá directamente en su correo electrónico. Contacto – MHPAL – Agência Literária (mhpal@terra.com.br)

Traducción de J.L.Burguet

jueves, 18 de febrero de 2010

El individuo frente al Mercado

La responsabilidad individual frente a la Religión del Mercado

Desde el punto de vista del Zen, nuestra responsabilidad individual es la de despertarnos y tomar conciencia del mundo real. Somos co-responsables de lo que estamos experimentando ahora. El victimismo es una delegación de responsabilidad. La Religión del Mercado funciona sólo porque los individuos hemos sucumbido a su canto de sirena. Ahora debemos tomar conciencia del poder de nuestro deseo y aprender a usarlo sanamente para nuestro bien y para el bien colectivo. Necesitamos una nueva cultura del deseo.

La sabiduría popular nos enseña que: “No es más feliz quien más tiene (quien más consume) sino quien menos desea”. Esta es también la enseñanza central del Budismo Zen.

Si queremos detener y liberarnos de este engranaje infernal debemos asumir la responsabilidad individual de reducir conscientemente nuestros deseos:  reduciendo nuestros deseos, la cantidad de poder adquisitivo que necesitaremos para satisfacerlos también se reduce. Al reducir la necesidad de poder adquisitivo, reducimos la necesidad de vender nuestro tiempo de vida (nuestro trabajo) a cambio de un salario, recolocando de esta forma la función del trabajo en nuestras vidas y redescubriendo una verdad de Perogrullo: no vivimos para trabajar sino que trabajamos para vivir. Al reducir nuestro tiempo de trabajo, reduciremos inevitablemente la productividad.  Al reducir la productividad (que no es otra cosa que la transformación de recursos naturales en productos manufacturados) reduciremos el uso de recursos naturales. Al reducir el uso de recursos naturales, reducimos la degradación ecológica.

De esta forma podremos ralentizar primero y estabilizar después el crecimiento económico hasta convertirlo en un crecimiento sostenible y solidario con los demás seres humanos y con la naturaleza.

Hoy día, todas las políticas económicas de casi todos los países están basadas en el crecimiento continuo e ilimitado: vamos corriendo hacia el abismo sin darnos cuenta, engolfados en una orgía de consumo y en una alegre despreocupación parecida a la de la belle epoque, de la cual Europa se despertó con la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Más allá del brillo y de los oropeles, vivimos unos tiempos dramáticos que nos obligan a asumir individualmente el imperativo moral e histórico de militar activamente para detener e impedir los efectos devastadores que la Religión del Mercado está provocando en todo el planeta y en todas las sociedades humanas.

Individualmente tenemos que vacunarnos y liberarnos interiormente del virus destructor que los propagandistas de la Religión del Mercado nos han inoculado. Tenemos que reducir nuestros deseos y negarnos tanto a una productividad como a un consumo inmorales, insanos e insensatos.

Colectivamente tenemos que movilizarnos y actuar pacíficamente como ciudadanos constituidos en grupos de opinión y de presión. El Foro Mundial, las iniciativas de las diversas ONG o de las instituciones religiosas, las asociaciones de consumidores, el movimiento alter mundista en general, u otros nuevos movimientos por crear,  constituyen cauces apropiados a través de los cuales dinamizar nuestra energía.

Pero también, para liberarnos del virus que los propagandistas de la Religión del Mercado ya han inoculado en nuestras mentes, necesitamos reflexionar, despertarnos, identificar, desmontar y desestructurar la ideología y las creencias que vertebran a la Religión del Mercado y que actúan en nuestro interior, sin que muchas veces seamos conscientes de ello.
 

del libro ZEN EN LA PLAZA DEL MERCADO
Dokushô Villalba
Aguilar, 2008

martes, 16 de febrero de 2010

La doble manipulación de la Religión del Mercado.

Según David Loy (1), la Religión del Mercado nos conquista a través de una estrategia doble:

- Por un lado manipula la tendencia natural hacia la felicidad inherente en todos nosotros, creándonos la ilusión -o el error cognitivo- de que acumulando beneficios y consumiendo desenfrenadamente vamos a alcanzar esa felicidad que anhelamos. Las agencias de publicidad, los especialistas del marketing y los medios de comunicación son los responsables de generar este engaño en las conciencias. Esta ilusión actúa mediante un reducionismo castrador: reduce el anhelo de felicidad a la producción y consumo de bienes materiales.

La ilusión que nos inocula la Religión del Mercado consiste en hacernos creer que la satisfacción de todas estas necesidades se consigue únicamente obteniendo beneficios materiales y consumiendo objetos materiales.

- Por otro lado, una vez generada esta ilusión, la Religión del Mercado exacerba la avaricia y la codicia de una forma también doble:

-  Avaricia de beneficio (a través de la producción).
- Avaricia de experiencias sensoriales (a través del consumo de objetos, de propiedades, de “sensaciones”).

De forma que tanto la obtención de beneficios como su utilización en la adquisición de todo tipo de experiencias sensoriales actúan como un embriagante, como un narcótico que nos vuelve insensibles e inconscientes a la principal causa de nuestra angustia existencial, a saber, que somos mortales y que nuestro tiempo de vida no es eterno.
El diccionario de la RAE define la avaricia como “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas” y la codicia como “afán excesivo de riquezas; deseo vehemente de algunas cosas buenas; apetito sensual”.

La avaricia y la codicia, que casi todas las religiones tradicionales consideran actitudes perniciosas que deben ser controladas y transformadas, son para la Religión del Mercado las principales virtudes que sus adeptos deben desarrollar.

“Sin embargo, esta avaricia está basada en una ilusión: la ilusión de que la felicidad se encuentra de esta manera. Buscar una realización mediante el beneficio, o hacer del consumo el sentido de la propia vida, desemboca en una falsa religión, una perversión demoníaca de la verdadera religión; y cualquier institución religiosa que hace las paces con la prioridad de los valores del mercado, no merece ser llamada una religión genuina.En otras palabras, la avidez es parte de un falso sistema de valores (la manera de vivir en este mundo) basado en un incorrecto sistema de creencias (lo que es el mundo)” (2). 

La avaricia y la codicia deben ser consideradas también por la sociedad civil como un crimen contra la Humanidad y contra el Planeta Tierra, especialmente en un momento histórico en el que la sobre explotación de los recursos naturales por parte de los países de mayor ingreso es una amenaza para la supervivencia de las presentes y de las futuras generaciones (3). 

“Frente a ellas debemos fortalecer la voluntad moral, tal y como enseñan las religiones semíticas, y desvelar el enorme error cognitivo (ignorancia) que la alimenta, como enseñan las religiones asiáticas” (4).

Visto esto, aunque los propagadores de la Religión del Mercado no van a cesar en el bombardeo propagandístico al que nos someten, cada uno de nosotros, individualmente, debe asumir la responsabilidad de proteger su conciencia de esta propaganda y la de depurar su mente y su corazón de estas lacras moralmente inaceptables que son la avaricia y la codicia, es decir el deseo desbocado hasta el paroxismo.
La manipulación del deseo

La Religión del Mercado se alimenta con la energía de nuestro deseo.
El deseo es la fuerza motora de la vida. Si estoy aquí escribiendo esto y si tú, querido lector o lectora, estás ahí leyendo lo que he escrito, es porque hemos nacido. Y hemos nacido por la fuerza del deseo de nuestros padres.
El poder de desear es inherente a la existencia humana. Los grandes logros que conseguimos individualmente y los conseguidos por la humanidad en su conjunto son debidos a la fuerza del deseo. Desear es vivir y vivir es desear. Ahora bien, ¿desear qué, para qué, cómo, cuándo?
 
La fuerza del deseo debe ser domesticada por la inteligencia, por la sabiduría y por la compasión. En sí mismo, estimulado sin ninguna dirección ni propósito, el deseo es un fuego destructivo, un fuego emocional más peligroso y destructor que el fuego físico. Así como hemos aprendido a manejar el fuego y convertirlo en una fuerza benéfica, debemos aprender a controlar y dirigir la fuerza del deseo. Vemos lo que un incendio descontrolado puede provocar en los bosques y en las ciudades: después del resplandor cegador vienen las cenizas. La Economía de Mercado está incendiando el Planeta estimulando un deseo insaciable en los seres humanos, incitándonos a producir y a consumir sin más dirección ni sentido que la obtención de un beneficio material rápido. Aún vivimos una especie de belle époque pero tras el resplandor de las luces del consumo acechan las cenizas.

Hemos caído en una trampa. Estamos siendo víctimas de un estímulo condicionado global: primero nuestro deseo de consumir es excitado por la publicidad. Pero para poder consumir necesitamos poder adquisitivo, es decir, el poder de adquirir los objetos que deseamos. Para obtener poder adquisitivo nos vemos obligados a entrar en la rueda de la producción y dar nuestro tiempo de vida, en forma de trabajo asalariado. Estamos siendo ordeñados como vacas. La Religión del Mercado sobreexplota a la naturaleza, a los animales y a las plantas. En las granjas avícolas los pollos viven enjaulados. Sus movimientos son limitados. Sus vidas se reducen exclusivamente a comer y defecar. De la misma forma la Religión del Mercado explota a los individuos encerrándoles en un horizonte de vida limitado, estimulando el deseo y la codicia que constituyen la energía fundamental que pone en funcionamiento el engranaje infernal en el que han convertido nuestra existencia.

Ganamos algunas cuentas de colores, un bienestar ficticio, y a cambio nos perdemos a nosotros mismos. A todas luces se trata de un mal negocio para la inmensa mayoría de los seres que poblamos este Planeta.

Un poema zen dice:

“La melodía de su vida es clásica.
Su espíritu es puro y su modo de andar
posee una nobleza natural.
Sus mejillas están hundidas.
Sus pómulos son fuertes.
Nadie le presta atención.
El hijo de Sakia
(5) es conocido por ser pobre.
Su apariencia es pobre
pero su espíritu no conoce la pobreza.
Es pobre porque va habitualmente vestido de harapos.
Pero posee la Vía
y en el fondo de su espíritu
guarda este tesoro inestimable.
Y este tesoro, aunque haga uso de él,
no se agota jamás.
Por eso puede hacer que todos
se beneficien de él en cada ocasión
sin ninguna reserva
eternamente” (6). 



del libro ZEN EN LA PLAZA DEL MERCADO
Dokushô Villalba
Aguilar, 2008











Notas.
(1) Profesor de Filosofía y Religión Comparadas en la Universidad de Bunkyo, Tokyo, Japón. Entre sus últimos libros destaca The Great Awakening: A Buddhist Social Theory, Wisdom Publications. (El Gran Despertar: una teoría social Budista). 
(2) David Loy, “La religión del mercado”. 
(3) Es bien conocida la ecuación según la cual los países ricos, que constituyen el 20 % de la población mundial, consumen el 80 % de los recursos naturales, mientras que el 80 % de la población restante consumen el 20 % de los recursos. La riqueza de unos pocos se asienta en la pobreza de una gran mayoría. La codicia y la avaricia son las actitudes que se hallan detrás de esta injusticia. 
(4) David Loy, “La religión del mercado”. 
(5) Sakia era el nombre del clan al que pertenecía el Buda Sakiamuni. “Hijo de Sakia” designa a los seguidores del Buda. 
(6) Extraído de “Shôdôka, el Canto del Dharma Verdadero”, del maestro zen chino Yoka Daishi. La traducción es mía.

lunes, 15 de febrero de 2010

La manipulación de las conciencias.


Como estamos viendo, uno de los presupuestos ideológicos de la religión del mercado es el de reducir el anhelo de felicidad de los seres humanos a la simple esfera material. Prueba de ello es la obsesión de los economistas y políticos por medir el grado de desarrollo de una población exclusivamente por el PIB (Producto Interior Bruto) y por otros índices de crecimiento económico.

La enseñanza zen no es una mística espiritual destinada a aquellos que ansían dar la espalda a los problemas del mundo y refugiarse en un pseudo nirvana. El mismo Buda Sakiamuni permaneció siempre en contacto con el dolor y el sufrimiento de sus coetáneos. Las enseñanzas y la forma de vida de los primeros budistas despertaron la cólera de los sacerdotes védicos y de algunos reyes, debido por ejemplo al rechazo del Buda Sakiamuni a los sacrificios de animales, a la aceptación de las mujeres en la orden monástica y al rechazo del sistema de castas en la sociedad hinduista de la época.

La compasión que acompaña siempre el despertar de la sabiduría es representada en el Budismo por la figura arquetípica de Avalokitesvara (Kwan yi, en chino; Chenrezi, en tibetano; Kanzeon, en japonés).

El término japonés Kanzeon designa a “aquel que permanece atento al sonido del mundo”, entendiendo sonido como el dolor y el sufrimiento de los seres humanos. ¿Cómo podríamos permanecer sordos los practicantes zen modernos al enorme clamor de dolor y aflicción de nuestro tiempo?

¿Acaso no enseñó el Buda a reconocer la existencia del dolor, a reconocer sus causas profunda, a afirmar el potencial innato de la vida humana para acceder a verdaderos estados de bienestar y de felicidad, y a señalar el camino que conduce desde la aflicción al pleno gozo interno?

La Religión del Mercado es un sistema de pensamiento y una forma de vida profundamente destructivos que está generando un enorme sufrimiento a la humanidad y un desastre ecológico sin precedente. Por ello debe ser denunciada y su sistema de valores debe ser deconstruido a la luz de la sabiduría y de la compasión budistas.

No obstante, al utilizar la expresión Religión del Mercado no me estoy refiriendo solamente a un sistema de valores exterior a las mentes de los individuos, sino a un sistema de valores que se ha inoculado profundamente en el interior de las mentes de millones de individuos. Por lo tanto, no se trata de luchar sólo contra un poder externo, sino de transformar íntimamente nuestros propios sistemas de valores individuales. Todos y cada uno somos co-responsables de lo que nos sucede y de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Tenemos que asumir nuestra responsabilidad individual y preguntarnos por qué los individuos sucumben (y sucumbimos) en masa a la persuasión de la Religión del Mercado. ¿Qué hay en nosotros que nos vuelve tan enormemente vulnerable a la seducción de la nueva religión?


del libro ZEN EN LA PLAZA DEL MERCADO
Dokushô Villalba
Aguilar, 2008

sábado, 6 de febrero de 2010

El Dios Mercado

 
Quizá los hechos que caracterizan la situación global del Planeta Tierra en este siglo XXI sean:

- El derrumbe de los grandes sistemas ideológicos y, en particular, la pérdida creciente de influencia de las grandes tradiciones religiosas, incapaces ya de mostrar qué es la realidad y cuál es la función del ser humano en ella .
- Una degradación ecológica sin precedente en la historia y en constante ascenso.
- Una injusticia social sangrante que ensancha cada vez más la desigualdad entre pobres y ricos, tanto en el seno de una misma nación como entre las naciones de los dos hemisferios.
- El aumento de la violencia en la vida cotidiana y la persistencia de la violencia, de las guerras y de los conflictos armados que nos sitúan periódicamente al borde de un conflicto armado a gran escala.
- El llamado fenómeno de la globalización que se manifiesta principalmente en una red mundial por la que circula libremente la información, el capital y las mercancias (las personas aún no).
- El crecimiento continuado de la población.

Aunque esto es así, lo que realmente caracteriza el momento histórico que vivimos es la emergencia y la expansión de un nuevo sistema de valores y de creencias, cuya función religiosa queda oculta tras el envoltorio secular con el que se presenta. El auténtico fenómeno global, la única religión verdaderamente mundial, que se ha extendido desde el Norte al Sur, desde el Este al Oeste, impregnando la práctica totalidad de las instituciones colectivas y las conciencias de los seres humanos es la religión del Dios Mercado.

El mercado es el nuevo dios de los tiempos modernos. La economía es su teología y los economistas sus teólogos. Los publicistas y medios de comunicación son sus mejores predicadores y la mayor parte de los políticos sus relaciones públicas. La producción-consumo constituye su rito religioso central y la acumulación de beneficios, en forma de capital, objetos o riquezas, su paraiso en la tierra.
   
No importa a qué religión tradicional se pertenezca, no importa cómo se llame el dios al que se reza o el templo en el que se rece. No importa a qué etnia o cultura se pertenezca. No importa siquiera que se sea pobre o rico, que se viva en una gran metrópolis o en lo más profundo de la selva más remota. Lo queramos o no, nos demos cuenta o no, nuestras vidas cotidianas tienen lugar en el seno de un culto que rinde tributo al dios mercado. Vivimos según las interpretaciones que hacen los sumos sacerdotes de la voluntad del dios mercado. Aunque nunca hayamos hecho una profesión de fe formal para ingresar en esta religión, nos han ingresado en ella sin pedirnos nuestra opinión y, lo que es más grave, sin que ni siquiera nos demos cuenta.

No ha habido en toda la historia de la Humanidad un fenómeno de manipulación de masa tan grande, tan eficaz, y tan taimado como éste, dado que la manipulación perfecta es aquella que no aparece como manipulación, sino como el Orden Natural del Mundo.

La religión del mercado es la religión moderna que proporciona el sistema de valores más atractivo para la mayor parte de la población mundial. La mayor parte de la gente, aunque se confiese cristiano, musulmán, budistas, ateo, hinduista, judío, etc., ha adoptado y asumido estos valores como expresión de la Unica Realidad Verdadera y como el Orden Natural del Mundo.

La religión del mercado es, como veremos, una religión totalitaria que está devastando no sólo las sociedades humanas, el medio ambiente y los grandes valores de las civilizaciones a los que se han llegado después de muchos siglos de evolución, sino que también está pulverizando los principios y las prácticas espirituales que enseñan todas las demás religiones, las cuales, hoy por hoy, no han sido capaces de hacer frente ni contrarestar el poder de sedución y la influencia de este uuevo totalitarismo.

Aunque las guerras y los conflictos han existido desde siempre en la historia de la Humanidad, y muchos de ellos han sido y son de origen religioso, hoy día, basta con estudiar la génesis y el desarrollo de la mayor parte de las guerras, de los conflictos armados, de la degradación ecológica, del desmembramiento de las sociedades para darse cuenta que en la base de casi todos ellos se encuentra la religión del mercado

Sería largo detenerse en las causas y en el proceso histórico mediante el cual ha aparecido esta nueva religión y no es éste el tema central de este libro.  El hecho es que la religión del dios mercado está aquí, ahora, ampliamente expandida. Sus tentáculos se han inflistrado en el corazón mismos de nuestras instituciones, en nuestro sistema político, en nuestra familia, en nuestras relaciones y en nuestro sistema individual de valores, es decir, en nuestra percepción del mundo y de nuestra función en él.

Tenemos la responsabilidad individual y el imperativo histórico de tomar conciencia de la realidad en la que vivimos, de la crisis global que estamos atravesando. Necesitamos indagar en sus causas y poner en pie un nuevo sistema de valores que nos permita una existencia realmente humana.

Tenemos que reconocer que, lo sepamos o no, hemos sido convertidos a una nueva religión. Esta religión, aunque sea de origen europeo y tenga sus raices en la ética protestante, se ha extendido mundialmente. Su nombre completo podría ser Religión Individualista de la Economía y del Mercado, pero abreviando, la llamaré Religión del Mercado.

La religión del mercado es una ideología totalitaria. Convence por la fuerza. Primero por la fuerza de la persuasión y del engaño (publicidad, medios de comunicación); después por la fuerza de la presión económica (si no lo haces como te digo no podrás sobrevivir) y, por último,  por la fuerza de los poderosos ejércitos e industria armamentista que trabajan para ella (en el caso de que alguien se obstine en no aceptar sus principios).

La religión del mercado está basada en un sacramento doble: la producción y el consumo. Lo que espera de sus adeptos es que produzcan cuanto más mejor (aunque lo que produzcan no sea de ninguna utilidad real para la vida) y que consuman cuanto más mejor (aunque lo que consuman no sea de ninguna utilidad real). Aquellos que cumplan con este sacramento, son considerados miembros de pleno derecho y obtienen el visado al paraiso del beneficio ilimitado destinado a los elegidos.

La persuación de los propagadores de la religión del mercado es tan sutil y eficaz que no nos damos cuenta de que estamos siendo obligados a comulgar con sus ritos. Es más, ni siquiera nos damos cuenta de que estamos siguiendo sus ritos y creemos que lo que hacemos es el resultado de nuestro libre albedrío. Si alguien intenta salirse del ritual impuesto por el dios mercado se encontrará marginado, sin trabajo, sin dinero para pagar la comida o un techo, sin tarjeta de crédito, sin crédito … proscrito … como lo están millones de seres humanos en el Planeta Tierra que aún no han sido iniciados en este ritual moderno.

Según este sistema de valores, producir y consumir es pues el gran sacramento: lo único que tienes que hacer para conseguir el Cielo del máximo bienestar.

Zen en la plaza del mercado
Dokushô Villalba
Aguilar, Madrid, 2008

miércoles, 11 de junio de 2008

Economía, Mercado y Comunicaciones

Economía, Mercado y Medios de comunicación: un triunvirato de temer

por Pilar Sánchez


Global Research, June 2, 2008

El Morro cotudo (Chile)



Declaro que los datos técnicos de esta nota no son míos y que el pie de página da a cada cual los laureles correspondientes ("Hambre Global", por Michel Chossudovsky) y mi reflexión solo se sustenta en el fenómeno reducido de la última especulación del precio del arroz que todos sufrimos, la que dejé por escrito en este diario hace algunas semanas, junto a lo cual les comento que el mercado se estabilizó al punto que nuestra última compra de arroz al mayoreo no ha sufrido incremento alguno y, lo que es más alarmante, el público comprador regreso al kilo a la semana sin mayores altibajos, con la salvedad de que los especuladores hicieron su agosto en abril, en base a la información de la CNN, en español y la replica que nuestros medios de comunicación nacional hicieron de esa noticia puntual.


Pero vamos al punto:

Antecedente Nº1

Palabras de Henry Kissinguer: “Controla el petróleo y controlarás a los países. Controla los alimentos y controlarás la gente”. Extracto del Memorándum de Seguridad Nacional, número 200 del año 1974, titulado “Implicaciones del Crecimiento de la Población Mundial para la Seguridad Nacional”.


Antecedente Nº2

De acuerdo con la FAO el precio de los granos de primera necesidad se incrementó un 88% desde marzo de 2007. El precio del trigo se incrementó un 181% en tres años. El precio del arroz un 50% en los últimos tres meses Ian Angus, Food Crisis: "The greatest demonstration of the historical failure of the capitalist model", Global Research, April 2008)

Antecedente Nº3
“El arroz más popular de Tailandia se vendía hace 5 años a 198 la tonelada, 323 hace un año. En abril de 2008 llegó a 1000 USS la tonelada. Esos incrementos son todavía peores en los mercados locales. En Haití la bolsa de 50 kilos se duplicó en valor en una semana a fines de marzo de 2008. Estos incrementos son catastróficos para los 2600 millones de personas que viven con menos de 2 dólares por día y que gastan entre un 60 a un 80% de sus ingresos en comida.

Consideraciones generales:


Los medios de comunicación informan a la opinión pública algunas causas de estos aumentos, enfocándose en los costos de producción, climáticos y redistribución de tierras en referencia a los bio-combustibles y otros, que han disminuido la oferta y que pueden haber contribuido a los aumentos de precios.
Si bien esto puede explicar en parte el fenómeno, no es menos cierto que la especulación alimentaria de la cual ellos hacen parte fundamental tiene otros ribetes aún más alarmantes y son, en gran parte, el resultado de las manipulaciones de los mercados. Las especulaciones con trigo, con arroz o con maíz pueden hacerse sin necesidad de que la transacción “suceda en el mundo real”.

Los que participan de estos juegos no necesariamente están implicados en la venta o entrega de los granos. Las transacciones pueden usar commodity index funds que son apuestas o al alza o la baja de los precios. Una “put option” es una apuesta a la subida de los precios y una “call option” es una apuesta a la baja. Proponiéndoselo, los “traders” (los operadores del mercado) y las grandes instituciones financieras pueden llevar los precios para arriba en general o también en particular el de algún grano.
Si la suspicacia nos acompaña podríamos pensar que estos conglomerados económicos globalizados no solo tienen el poder de comprar cosechas por adelantado, sino que además intervienen los medios de comunicación de acuerdo a sus propios intereses. Por tanto promover una escasez del producto con el fin de incrementar la demanda y subir los precios de sus commodity apostando a una “call option” y vender este commodity con ganancias sustanciales sin siquiera haberse movido de su escritorio ni haber consumido ni un grano de arroz.

Este conjunto de acciones especulativas recientes en los precios de los alimentos han desencadenado una ola de hambre mundial que no tiene precedentes por su escala en la historia. Y si a esto, le debemos sumar la ausencia de medidas de regulación en estos mercados especulativos en la situación actual, un congelamiento de la especulación en los mercados de alimentos de primera necesidad, se hace imperativo, sin embargo siendo esta una decisión política, no es menos cierto que las implicancias económicas y los benéficos que esta especulación traen a las trasnacionales serán el principal escollo para tomar estas medidas regulatorias que contribuirían a bajar los precios de los alimentos. Nada impide hacerlo pero nada hace prever que se esté pensando.


Cedo la palabra al Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, pero ya no en el tema de entregar créditos y de aumentar el endeudamiento de los mas desposeídos transando presiones para perpetuar el sistema económico imperante, sino para que de una vez por todas, se focalicen las acciones en las personas, necesitamos regulaciones para proteger a las poblaciones más empobrecidas del planeta para darles una vida digna y no para controlarlas, como sentenciara en los 70 el señor Kissinguer al comienzo de esta nota.
Cómo obligarlos a darle una mirada a un pobre y hambriento sin dejarse encandilar con los fríos números y las utilidades que se quedan en una cosecha inexistente y en una noticia tirada al voleo por una cadena informativa internacional. Mientras somos testigos silentes de este genocidio. Nos deja pensando sobre el poder de la prensa y la posibilidad que estos espacios virtuales nos permiten al poder tomar la palabra desde el podio de la gente de a pie.

Como ven, economía, mercado y comunicaciones: un triunvirato de temer.

Fuente: http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=9155

domingo, 30 de marzo de 2008

Yo, el supermercado


Raj Patel, en 'Obesos y famélicos' (Los Libros del Lince), analiza el impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial y describe cómo han cambiado los hábitos alimenticios con la poderosa irrupción de los supermercados

El lugar sagrado del sistema moderno de producción de alimentos es el supermercado. Una cadena de supermercados es un imperio de logística que gobierna y regula los feudos más pequeños de la industria alimentaria, como el dominio del comisionista sobre el agricultor o el del distribuidor sobre el comisionista. Con sus decisiones y su estrecha supervisión en cada paso en la cadena de productos, el departamento de compras de un supermercado puede despedir a los campesinos más pobres de Suráfrica, cambiar el destino de los cafetaleros en Guatemala o trastornar la producción de las plantaciones de arroz en Tailandia.


Los supermercados son inventos patentados y, como todas las innovaciones, respondieron a una necesidad específica en el momento y en el lugar en que fueron concebidos: a principios del siglo XX en Estados Unidos, una época de abundancia sin igual. Las ruedas de la industria estadounidense giraban rápido, y los productos manufacturados surgían en cantidades cada vez mayores, eran empaquetados y colocados en los estantes para la creciente población urbana. Los industriales estaban preocupados porque, de hecho, se estaba produciendo demasiado y los consumidores no podían comprar lo suficientemente rápido para absorber el aluvión de mercancías. Además, existía una inquietud paralela por el hecho de que incluso si los consumidores podían permitirse comprar, no lo harían por la simple razón de que no lo necesitaban. La técnica eterna para persuadir a alguien de que compre fue y sigue siendo bajar el precio. Para las empresas de supermercados de principios del siglo XX, hacer eso era un desafío, dado que el margen de ganancias ya era exiguo.

Una manera de lidiar con la encrucijada de coste y precio era aprovechar las economías de escala. Cuanto mayor era la empresa, mayor su poder para negociar rebajas en el precio que pagaba por unidad. Pero no existían corporaciones dedicadas exclusivamente a la venta al detalle de alimentos que fuesen lo suficientemente grandes para hacer eso. El gran tamaño era privilegio de las corporaciones manufactureras y de transporte. Los gigantes del mundo agrícola corporativo de finales del siglo XIX y principios del XX eran principalmente las procesadoras y las distribuidoras de alimentos, no los vendedores al detalle. Una empresa de transporte, la Atlantic & Pacific Tea Company (hoy más conocida como A&P), se dio cuenta de que se podía generar dinero no sólo al comerciar con los alimentos, sino también al venderlos al consumidor. Con tal fin, estableció una amplia red de tiendas de ultramarinos a las que proveía usando la creciente infraestructura de rutas y vías férreas, aprovechando los relativamente bajos costes de transporte y el ahorro resultante de poder vender sus propios productos directamente al minorista. Las hazañas logísticas de A&P sentaron las bases de lo que hoy en día se conoce como el supermercado moderno: una gran empresa capaz de negociar precios bajos con los proveedores, de asegurarse de que los estantes nunca estén vacíos, especializada en logística y marketing. Sin embargo, una vez que las mercancías llegaban a la tienda A&P, la experiencia de venta al detalle era esencialmente la misma: el dependiente estaba entre el comprador y la mercancía; los clientes aún tenían que pedir lo que deseaban y estaban alejados de los productos hasta que se decidían a comprarlos. Pero todo esto estaba a punto de transformarse. (...)

Mientras el oeste era pionero con el formato de autoservicio, la combinación de un virginiano espabilado que trabajaba en Tennessee y una serie de sucesos geopolíticos abrió la puerta a una verdadera revolución en el campo de la venta al detalle. En 1916, la confluencia de dos acontecimientos transformó el negocio en Estados Unidos: el primero fue que el país entró en la I Guerra Mundial, y a causa de esto, los precios de los alimentos subieron un 19% (en 1917 hubo revueltas en protesta por el aumento de los precios en Nueva York, Boston y Filadelfia). Los tenderos sintieron una presión muy fuerte para que bajasen los costes, dado que los consumidores estaban dispuestos a hacer muchos esfuerzos para encontrar comida más barata. Reducir los costes a través de la economía de escala fue una de sus opciones, pero el 11 de septiembre de 1916, el minorista Clarence Saunders transformó el negocio con una conmoción mucho más profunda que el ingreso de Estados Unidos a la guerra: abrió el primer King Piggly Wiggly en Memphis, Tennessee. En él codificó la revolución minorista clave que iba a reverberar durante el siglo XX. Todo consistía en transformar la relación entre el comprador y el vendedor de una manera que reducía al mínimo los costes de venta al detalle. Aquí lo dice con sus propias palabras, las que usó para sacar la patente 1.242.872 para la "tienda de autoservicio": "El objeto de dicha invención es equipar la tienda de tal de modo que el cliente pueda servirse a sí mismo; mientras lo haga, revisará la totalidad de las mercancías que la tienda ofrece, conveniente y atractivamente expuestas". Después de seleccionar la lista de los productos deseados, se requerirá que pase por un puesto de control y de pago en donde las mercancías elegidas puedan ser facturadas, empaquetadas y pagadas antes de dejar la tienda, de tal modo que el establecimiento quede liberado de una gran parte de los típicos gastos imprevistos, o de los gastos generales, que se requieren...

La nueva tienda combinaba la idea de que los consumidores comprasen por sí mismos (y así reducir el coste de personal) con la manera de asegurarse de que estaban expuestos a todo lo que estaba a la venta (maximizando los ingresos potenciales). La vista del plano de la patente de Saunders muestra cómo la geografía interna de la tienda propiciaba el control de las existencias y la arquitectura comunicativa en la que fue, en última instancia, la primera fábrica de consumo. Uno comienza por la entrada, pasa por un torniquete, coge una cesta, sigue por el laberinto de productos de aquí para allá hasta que llega a la caja, donde debe pagar. Hay un solo camino para seguir, no hay nadie con quien hablar y la tienda está diseñada ante todo para que se ponga la mayor cantidad de cosas posible en la cesta o en el carrito en el mínimo tiempo y con el menor coste para la tienda. Dentro, los consumidores se asemejan a ratas en un laberinto.

Lógicamente, algunos consumidores no entendieron muy bien el sistema. En Australia, los promotores de los supermercados contrataron a instructores que enseñaban a adultos y niños, hombres y mujeres, cómo empujar los carritos a lo largo de los pasillos. Y en los establecimientos de Estados Unidos, hoy en día, uno puede encontrar carritos infantiles con una banderita. Aunque se supone que sirven para que los padres encuentren fácilmente a los niños en los pasillos, los minicarritos cumplen con un propósito educativo: la bandera lo proclama muy claramente: "Cliente en prácticas".

Para Saunders, el supermercado era una cuestión tanto logística como educativa. Los dependientes que en los comercios tradicionales cogían los productos de una lista que el cliente les daba desaparecieron. Los empleados que habían sido dependientes en las antiguas tiendas fueron informados muy claramente de que en el nuevo autoservicio King Piggly Wiggly no debían ayudar para nada a los usuarios a elegir los productos, que ahora eran "libres" de hacerlo por sí mismos. Como los dependientes estaban obligados al silencio, los clientes sólo recibirían instrucciones acerca de la ubicación de las mercancías por medio de la arquitectura física del supermercado. Si bien el espacio fue diseñado a partir de las necesidades de los propietarios de ubicar las existencias, Saunders fue consciente de lo importante que era cautivar y entrenar al cliente como una parte integral de la logística de la venta. Fue una arquitectura que inauguraría la ciencia de la compra impulsiva y agresiva y supondría una enseñanza activa en las maneras del "consumismo". (...)

Aparte de las unidades de cuidados intensivos, hay pocos ambientes tan obsesivamente monitoreados y reconfigurados como los supermercados. Se ha invertido mucho dinero en asegurar que los súper hagan circular la mayor cantidad de productos posibles en el menor tiempo, lo cual supone un complejo malabarismo.
El espacio no sólo ha de permitir la reposición rápida de los productos y el control instantáneo del inventario, sino también tener una atmósfera que nos ayude a olvidar que estamos haciendo las compras en un almacén bien iluminado. Un grupo de estudiosos se ha dedicado a la labor de reconciliar el ambiente de venta al detalle con la percepción de los compradores, y llaman a su trabajo el "estudio de los ambientes". Con este propósito, se ha invertido mucho dinero público y privado para descubrir, por ejemplo, que el hilo musical es importante. Hay un animado debate en el tema de cómo el tempo musical tiene importancia en nuestras pautas de compra. Se debate qué cantidad de tiempo pasamos en la tienda y el nivel de irritación que nos causa hacer cola. Algunos gurús indican que, cuanto más lenta sea la música, más relajado será el paseo alrededor del perímetro del supermercado y más lánguidas nuestras incursiones a lo largo de los pasillos. Otros dicen que una música familiar, más que el tempo, es clave para que la penosa tarea de hacer la compra pase rápido. Con un nivel de preocupación similar, los investigadores también han estudiado el efecto del color en los supermercados, y han decidido que éste afecta a las compras simuladas, los índices de compra, el tiempo pasado en la tienda, las sensaciones placenteras, los estímulos, la imagen de la tienda y de las mercancías y la habilidad de atraer a un consumidor hacia el expositor de un producto. De hecho, todo, incluso el aroma del aire, el tipo de iluminación, la posición del producto y el revestimiento de las paredes, ha sido analizado profundamente. Y ello para que nos sintamos suficientemente estimulados para desprendernos de nuestro dinero, pero no tan bombardeados como para que nos vayamos apenas encontremos la leche (que, a propósito, está ubicada al fondo de la tienda porque es el artículo que solemos entrar a comprar más frecuentemente, y, por tanto, se coloca en un lugar estratégico para que, de camino, nuestros ojos pasen frente al mayor número de productos).

Aunque se manipula el ambiente de muchas maneras distintas, la materia sobre la que más se trabaja es, por supuesto, nosotros. Dentro del espacio del supermercado, estamos sujetos a una experimentación bastante intensa, si bien se logra que la experiencia sea lo menos invasiva posible. Por ejemplo, piense en las tarjetas cliente. Las compras que quedan registradas en ellas proporcionan a los supermercados un fondo de información orwelliano con el que pueden jugar: pueden asociar nuestro nombre, dirección y otra información demográfica con nuestros hábitos de compra, analizar nuestra voluntad colectiva (uno de los softwares más populares se llama VIPER, es decir, víbora) y adaptar consecuentemente el marketing. Como resultado, el marketing se ha afinado cada vez más. En 1996, la cadena de supermercados británicos Tesco había identificado 12 diferentes segmentos de mercado, cada uno de los cuales era atendido de manera distinta. A finales de ese mismo año, 5.000 versiones diferentes de su revista de marketing directo se enviaban por correo a diferentes segmentos de clientes, y a mediados de 1998, ese número había llegado a 60.000. Hoy, cada revista se configura individualmente, basada en la información que proporcionan las tarjetas cliente. Esto es exactamente lo que pensamos que queremos; nos produce mucho placer saber que somos distintos de cualquier otra persona, con necesidades diferentes respecto a la seguridad, al confort, las nuevas experiencias y la salud. Cuanto más armonice una empresa con nuestras preferencias, más productos podrá vendernos. La innovación que comenzó con que todos los productos estuviesen expuestos para que los consumidores pudiesen elegir, tiene su evolución contemporánea en el marketing personalizado. La clave para que esto funcione ha sido más y mejor información acerca de los deseos de los consumidores.

Sin embargo, las enormes cantidades de datos con los que nos rastrean y analizan tienen sus consecuencias. Brad Templeton, presidente del directorio de la Fundación Electronic Frontier, está preocupado. Cuenta la historia de la casa de un bombero que se quemó en Tukwila, Washington: "Una vez que uno supera la ironía del asunto -dice-, hay una historia más profunda". La policía sospechó que el fuego, que atrapó en la casa a la mujer y al hijo del bombero, había sido intencionado, ya que los forenses identificaron un tipo particular de combustible. Una de las pruebas incriminatorias fue la tarjeta de Safeway del bombero, que demostraba que hubo una compra de aquel mismo combustible. Por suerte, el verdadero pirómano confesó antes de que se iniciara el juicio. Pero la lección está clara: los datos fueron usados como prueba contra él. (...)

Wal-Mart es la mayor compañía del mundo, responsable del 2% del PIB de Estados Unidos y propietaria del segundo ordenador más potente del mundo tras el del Pentágono. El 80% de los estadounidenses son sus clientes y ha convertido en multimillonarios a los hijos del fundador. Ha generado más de 130.000 empleos en 2007, con docenas de personas que compiten por cada vacante, una estructura que promueve y recompensa desde dentro de la empresa, y con precios más bajos que los que las tiendas de barrio podrían ofrecer. Sus opositores dicen que es una pesadilla de mil millones de dólares para el erario público. Según su presidente ejecutivo, esto es "el foco de una de las campañas corporativas más organizadas, sofisticadas y costosas jamás lanzadas contra una empresa individual". Wal-Mart tiene pleitos actualmente por valor de miles de millones de dólares en demandas colectivas por discriminación contra empleadas, prácticas antisindicalistas y contratación ilegal. Uno podría argumentar que hay algo pernicioso sólo en Wal-Mart para que se encuentre sometida a tantos pleitos y escrutinio por parte de los sindicatos, los defensores de los derechos de las mujeres y los activistas contra la explotación. Pero la comodidad, los precios bajos y un paraíso de elección en supermercados van de la mano de la especulación de precios, la discriminación, las prácticas de explotación laboral, la destrucción de la comunidad local, la degradación del medio ambiente y las ganancias extremas. A pesar de todo, Wal-Mart no es una excepción, simplemente nos recuerda las reglas de conveniencia del supermercado. (...)

La forma de hacer negocios de Wal-Mart es despiadada y no sigue la consigna de la empresa de "siempre precios bajos". En los casos en los que la tienda tiene competidores, obviamente sus precios son más bajos, pero, en Nebraska, un cliente compró mercancías idénticas en dos tiendas Wal-Mart distintas con un 17% de diferencia de precio. ¿La razón? En el barrio de la tienda más cara, Wal-Mart ya había liquidado a la competencia y ahora tenía la libertad de subir los precios.

Raj Patel 30/03/2008 EL PAIS

miércoles, 27 de febrero de 2008

Mercado de valores

Una de las características de este neocapitalismo financiero que estamos sufriendo es la puesta en el mercado de todo tipo de valores. Es decir, todo está en venta. Todo es susceptible de ser vendido y comprado. Todo está etiquetado. Todo tiene un precio. En la dictadura de la economía de mercado todo se compra y se vende, hasta el cariño verdadero. El criterio economicista rige la vida humana. Los valores humanos que han guiado la historia están igualmente en venta al mejor postor. Las agencias de publicidad y la industria del marketing tienen en sus nóminas de asalariados a los mejores cerebros especializados en psicología y en comportamiento humano. Su misión no es la de mejorar la raza humana sino la de escudriñar en nuestra alma con el fin de poner a puntos estrategias comerciales capaces de vendernos cualquier cosa. El amor, la fidelidad, la amistad, el respeto y la gratitud hacia los ancianos, la protección de los niños han sido valores éticos que han guiado la historia de la Humanidad desde las cavernas. Hoy día, un valor sólo merece ese nombre si es capaz de cotizar en Bolsa y convertirse en montañas de dólares o de euros.
El agua clara, el aire puro, los alimentos simples y sanos, los campos de cultivo, las huertas fértiles, el fuego del hogar están en la base de nuestra vida y de nuestra felicidad, pero hoy día los ejecutivos del marketing son capaces de vendernos todo tipo de mierdas contaminadas a precio de oro haciéndonos creer además que si no consumimos el producto que ellos imponen no tenemos derecho a la felicidad ni a la ciudadanía. ¿Qué es lo realmente valioso? ¿Qué es lo que tiene un valor real? Los especuladores gastan enormes fortunas y medios con el fin de vendernos “valores” cuyo único valor consiste en que unos pocos se enriquecen a costa del engaño de la mayoría.
Tomemos el ejemplo de las semillas. Las semillas de cereales, legumbres, frutales y verduras tienen un importantísimo valor para la alimentación humana. Desde la invención de la agricultura, las semillas fuertes y fértiles, conseguidas mediante una selección natural que ha durado siglos, han constituido una riqueza real de las sociedades agrícolas. Tradicionalmente, los agricultores seleccionaban las mejores semillas de sus propias cosechas y las volvían a utilizar para la cosecha del año siguiente. Cada zona geográfica contaba con su propia selección de las semilla y de las especies mejor adaptadas al medio natural.
Hoy en día, las multinacionales agroalimentarias están acabando con esta situación. Estas multinacionales cotizan en Bolsa, gastan enormes sumas en marketing y se están apropiando del mercado mundial de semillas, así como de la opinión pública desinformada. Están obligando a los campesinos de todo el mundo a adoptar un “valor” falso, apoderándose de la riqueza genética acumulada por las sociedades agrícolas tradicionales. Venden semillas cuyas plantas son infértiles. Con lo cual, para la siguiente cosecha los agricultores deben volver a comprarles de nuevo semillas. Venden semillas manipuladas genéticamente cuyas plantas sólo responden satisfactoriamente a los plagicidas químicos producidos por las mismas multinacionales. Dicen vender “valores” tales como “libertad”, “prosperidad”, “seguridad”, cuando en realidad lo que están haciendo es subyugar a los agricultores.
Las principales multinacionales que venden semillas y plaguicidas a gran escala son estadounidenses. Pocos son los agricultores que saben que el control mundial de las semillas es una estrategia del Pentágono: es muy fácil controlar a los pueblos si controlas la base de su alimentación.
Necesitamos volver a las cosas realmente auténticas. Tenemos que tener mucho cuidado con no dejarnos engañar ni por el mercado de valores ni por los valores del mercado. El valor de un tomate no está en la campaña de imagen que lo promociona sino en su sabor y en sus nutrientes.

Dokushô Villalba