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domingo, 15 de agosto de 2010

Silencios ominosos, condenas inmisericordes

Por Juan José Tamayo

Silencios ominosos y condenas inmisericordes. Esa ha sido la actitud del Vaticano y de buena parte de la jerarquía católica durante los últimos 70 años. Silencios ominosos ante masacres y crímenes contra la humanidad y sus responsables. Condenas inmisericordes contra teólogos y teólogas, sacerdotes, obispos, filósofos, escritores -cristianos o no- por ejercer la libertad de expresión y atreverse a disentir; condenas todas ellas contra toda lógica jurídica, que establece que "el pensamiento no delinque". Silencios ominosos sobre personas sanguinarias, ideologías totalitarias y dictaduras militares con las manos manchadas de sangre. Condenas inmisericordes a hombres y mujeres de manos limpias, de honestidad intachable, de ejemplaridad de vida.

El más grave de esos silencios fue, sin duda, el de Pío XII ante los seis millones de judíos, gitanos, discapacitados, homosexuales, transexuales, gaseados y llevados a las piras crematorias de los campos de concentración del nazismo. Ya antes, siendo secretario de Estado del Vaticano firmó, en nombre de Pío XI, el Concordato Imperial con la Alemania nazi bajo el Gobierno de Hitler. Ahí comenzó su complicidad con el nazismo. Uno de los intelectuales más madrugadores en la denuncia de tamaño y tan ominoso silencio fue el dramaturgo alemán Hochulth en su obra de teatro El Vicario, estrenada en 1963.

En 1953 Pío XII firmó un Concordato con Franco, legitimando la dictadura, mientras guardaba silencio sobre la represión franquista después de la guerra civil, que costó decenas de miles de muertos.

Un año más tarde hacía lo mismo con el dictador Rafael Trujillo, presidente de la República Dominicana, sin condenar sus abusos de poder y sus crímenes de Estado.

En la década de los cuarenta del siglo pasado, el cardenal Emmanuel Célestin Suhard, arzobispo de París, autorizó a algunos sacerdotes y religiosos a trabajar en las fábricas. El dominico Jacques Loew lo hizo como descargador de barcos en el puerto de Marsella. Monseñor Alfred Ancel, obispo auxiliar de Lyon, fue cura-obrero durante cinco años. La experiencia fue inmortalizada por Gilbert Cesbron en la novela Los santos van al infierno. Pero pronto se frustró. Los sacerdotes obreros fueron acusados de comunistas y subversivos, cuando lo que hacían era dar testimonio del Evangelio entre la clase trabajadora alejada de la Iglesia y descreída, compartiendo su vida y sus penalidades, identificándose con sus luchas, ganando el pan con el sudor de su frente. En vez de hacer oídos sordos a las acusaciones, Pío XII las dio por ciertas y pidió a los sacerdotes que abandonaran el trabajo en las fábricas y se reintegraran en el trabajo pastoral en las parroquias y a los religiosos que se incorporaran a sus comunidades, al tiempo que ordenaba a los obispos franceses que enviaran a los sacerdotes obreros a los conventos para ser "reeducados".

Otro largo, ominoso y cómplice silencio ha sido el guardado ante los abusos sexuales de sacerdotes, religiosos y obispos con niños, adolescentes y jóvenes a lo largo de más de medio siglo en parroquias, noviciados, seminarios, casas de formación, curias religiosas y casas de familias de numerosos países, abusando de la autoridad del cargo y de la confianza depositada por los padres en ellos.

Hasta el Vaticano llegaron las denuncias contra el fundador de La Legión de Cristo, el mexicano Marcial Maciel. Pero no fueron tenidas en cuenta o fueron archivadas. Lo que le daba a Maciel patente de corso para seguir cometiendo crímenes sexuales contra personas vulnerables e indefensas abusando de su poder e influencia como fundador y del apoyo de los papas y de los obispos.

Condena inmisericorde fue la que cayó, como una losa, contra la Nouvelle Théologie en la encíclica Humani generis (1950), de Pío XII, seguida de sanciones contra los teólogos más representativos de dicha tendencia: Henry de Lubac, Karl Rahner, Yves M. Congar, Dominique Chenu... ¿Delito? Hacer teología en diálogo con la modernidad, buscar la unidad de las Iglesias a través del ecumenismo, enterrar definitivamente las guerras de religión. ¿Sanciones? Censura de publicaciones teológicas, destierros (Congar, luego cardenal, sufrió tres destierros), prohibición de escribir y de predicar, expulsión de las cátedras, colocación de algunas de sus obras en el Índice de Libros Prohibidos y retirada de las bibliotecas de los seminarios y facultades de teología, expulsión de las congregaciones religiosas, y, a veces, cárcel.

Unos meses antes de que Juan XXIII inaugurara el concilio Vaticano II, el cardenal Alfredo Ottaviani, que ejercía de Gran Inquisidor al frente de la Congregación del Santo Oficio, dirigió a los obispos de todo el mundo la carta Crimen sollicitudinis, en la que instruía sobre las medidas a tomar en determinados casos de abusos sexuales por parte de los clérigos: exigía que fueran tratados "del modo más reservado" los casos de solicitud en la confesión e imponía "la obligación del silencio perpetuo". Más aún, a todas las personas involucradas en dichos casos (incluidas las víctimas) se las amenazaba con la pena de excomunión en caso de no observar el secreto. El silencio se mantuvo durante los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta hace unos meses.

Con el concilio Vaticano II pareciera que se iban a contener las sanciones y se iba a levantar el velo de silencio contra los crímenes de lesa humanidad. Pero no fue así. Con motivo de la publicación de la encíclica Humanae vitae (1968), de Pablo VI, que condenaba el uso de los métodos anticonceptivos, se produjeron nuevos procesos, censuras, prohibiciones y condenas contra los teólogos que disintieron. Dos ejemplos emblemáticos: Edward Schillebeeckx y Bernhard Häring, asesores del Vaticano II e inspiradores de algunos de sus textos renovadores, fueron sometidos a severos juicios por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Mientras se endurecían las condiciones de los procesos eclesiásticos en manos del Santo Oficio (aceptación de denuncias anónimas, indefensión del reo ante los tribunales eclesiásticos, las mismas personas que instruían el proceso eran las que juzgaban y condenaban, imposibilidad de apelación...), el mismo organismo vaticano imponía silencio sobre los crímenes de pederastia, protegía a los culpables, los absolvía sin ningún propósito de la enmienda y, como mucho, les daba un nuevo destino pastoral, a veces sin siquiera avisar de las verdaderas razones del traslado a los obispos y sacerdotes vecinos.

En la carta De delictis gravioribus, de 2001, el cardenal Ratzinger ratificaba el silencio impuesto por el cardenal Ottaviani 40 años atrás. Mientras tanto, en numerosos documentos condenaba la homosexualidad, considerando "objetivamente desordenada" la mera inclinación homosexual y "moralmente inaceptables" las relaciones homosexuales, y exigiendo la expulsión de los candidatos al sacerdocio homosexuales de los seminarios. Hace unos días fue expulsado de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino de Roma el teólogo alemán David Berger por hacer pública su homosexualidad. Mientras la mantuvo en secreto, no hubo problemas. ¡El cinismo vaticano no tiene límites!

Recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe ha hecho algunas modificaciones al documento de 2001 que, bajo la apariencia de endurecer las penas, empeoran las cosas al calificar como delitos graves y punibles la ordenación sagrada de las mujeres, la apostasía, la herejía y el cisma al mismo nivel que la pederastia.

Para el Vaticano, afirma la teóloga feminista Rosemary Redford Ruether, "intentar ordenar a una mujer es peor que el abuso sexual de un niño. El abuso sexual de un niño por un sacerdote es un desliz moral deplorable de un individuo débil... El intento de ordenar a una mujer es una ofensa sexual, una contradicción de la naturaleza del Orden Sacerdotal, un sacrilegio, un escándalo". Otra condena inmisericorde más contra las mujeres, mayoría silenciada en la Iglesia católica. ¿Hasta cuándo?

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant Lo Blanc, Valencia).

Fuente: Tribuna El País


jueves, 17 de diciembre de 2009

La libertad religiosa en el mundo


Por Ed Stoddard

DALLAS, EEUU (Reuters).

Los aliados de Estados Unidos Arabia Saudita y Egipto están entre las 10 naciones, en su mayoría musulmanas, cuyos Gobiernos imponen las mayores restricciones a la religión, según un informe entregado el miércoles por Pew Forum sobre Religión y Vida Pública.
 
El Gobierno de Afganistán también tuvo malos antecedentes, un delicado asunto diplomático en momentos que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, envía más soldados al país del Asia central para combatir a una creciente insurgencia.
 
El informe de Pew dice que cerca del 70 por ciento de la población mundial, de 6.800 millones de personas, vive en países que tienen severas restricciones respecto a la religión.

El reporte clasificó a los países según dos medidas: restricciones gubernamentales a la religión y restricciones impuestas mediante la violencia o intimidación de grupos o personas individuales. Arabia Saudita fue el único país que tuvo calificaciones "muy altas" en ambas medidas.

El índice clasificó a 10 países, en su mayoría musulmanes, como "muy altos". También incluyó a China y la mayoritariamente budista Myanmar.

El mayor exportador de petróleo y aliado de Estados Unidos en Oriente Medio, Arabia Saudita, fue considerado como el más restrictivo, seguido por el adversario estadounidense Irán. Pew señaló que ambos imponen límites en los credos minoritarios y "hacen cumplir estrictas interpretaciones de la ley islámica".

Egipto también fue incluido en la lista "muy alta", y varios de los países, incluyendo a Arabia Saudita, son habitualmente citados en el Informe de Libertad Religiosa anual del Departamento de Estado estadounidense, bajo el título de "restricciones, abusos y preocupaciones".

El informe dice que la Constitución de Afganistán parece proteger el derecho de los civiles a elegir su fe "pero limita esa medida de protección al estipular que 'ninguna ley puede ser contraria a la sagrada religión del Islam'".

China fue nombrada por sus restricciones sobre el budismo en el Tíbet y sobre los musulmanes uighures, su prohibición sobre el movimiento Falun Gong y su presión sobre los grupos religiosos no registrados por el Gobierno.

(Editado en español por Ricardo Figueroa)

domingo, 1 de marzo de 2009

¿Es la religión enemiga de la civilización?


Por Gianni Vattimo


En el mundo actual, las Iglesias se han convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la "salvación", sea eso lo que sea. Sobreviven porque sus jerarquías quieren conservar el poder y sus privilegios.

Todos recordamos seguramente la famosa frase de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Y también su cláusula: Dios seguirá proyectando su sombra en nuestro mundo durante mucho tiempo. ¿Qué pasaría si aplicáramos la frase de Nietzsche también, y sobre todo, a las religiones? En muchos sentidos, es verdad que, en gran parte del mundo contemporáneo, la religión como tal está muerta, pero todavía proyecta sus sombras en numerosos aspectos de nuestra vida privada y colectiva. Por cierto, dejemos claro que el Dios cuya muerte anunció Nietzsche no es necesariamente el Dios en el que muchos de nosotros seguimos creyendo; yo me considero cristiano, pero estoy seguro de que el Dios que estaba muerto en Nietzsche no era el Dios de Jesús. Incluso creo que, precisamente gracias a Jesús, soy ateo. El Dios que murió, como dice el propio Nietzsche en algún lugar de su obra cuando le llama "el Dios moral", es el primer principio de la metafísica clásica, la entidad suprema que se supone que es la causa del universo material y que requiere esa disciplina especial llamada teodicea, una serie de argumentos que tratan de justificar la existencia de ese Dios o esa Diosa frente a los males que vemos constantemente en el mundo.

La tesis que quiero presentar aquí es que las religiones están muertas, y merecen estar muertas, tal como Nietzsche habla de la muerte de Dios. No sólo están muertas las religiones morales, en el sentido más obvio de la palabra: desde dentro de la sociedad cristiana y católica de Europa, es fácil ver que son muy pocos los que observan los mandamientos de la moral cristiana oficial. Lo que está muerto, en un sentido más profundo, son las religiones "morales" como garantía del orden racional del mundo.

La institucionalización de las creencias, que dio origen a las Iglesias, incluyó (no sé si sólo en la práctica o como factor necesario) una reivindicación del poder histórico, en el sentido de que era casi natural y necesario que una religión moral se convirtiera en una institución temporal poderosa. Es lo que parece haber ocurrido con el catolicismo, pero se pueden ver muchos otros fenómenos similares en la historia de otras religiones. Incluso el budismo engendró un Estado, el Tíbet de los lamas, que ahora lucha por sobrevivir frente a China. En todas partes -por ejemplo, en el hinduismo-, el mismo hecho de que exista una diferencia entre clérigos y legos hace que la religión se convierta en una institución, cuyo objetivo principal es siempre su propia supervivencia. Mencionaré de nuevo el ejemplo de la Iglesia católica: si no hubiera sobrevivido a lo largo de los tiempos, yo no habría podido recibir el Evangelio, la buena nueva de la salvación. Una vez más: como en el caso de la muerte de Dios de Nietzsche, la muerte de las religiones institucionalizadas no significa que no tengan legitimidad. Sencillamente, llega un momento en el que ya no son necesarias. Y ese momento es nuestra época, porque, como puede verse en muchos aspectos de la vida actual, las religiones ya no contribuyen a una existencia humana pacífica ni representan ya un medio de salvación. La religión resulta un poderoso factor de conflicto en momentos de intercambio intenso entre mundos culturales diferentes. Por lo menos, eso es lo que ocurre hoy: en Italia, por ejemplo, existe un problema con la construcción de mezquitas, porque la población musulmana ha aumentado de forma espectacular. La hegemonía tradicional de la Iglesia católica está en peligro, pero los católicos no se sienten amenazados en absoluto por esa situación; sólo los obispos y el Papa.

La Iglesia afirma que defiende su poder (y los aspectos económicos de él) para preservar su capacidad de predicar el Evangelio. Sí; pero, como en tantas instituciones, la razón suprema de su existencia se queda muchas veces olvidada a cambio de la mera continuidad del statu quo. Lo que quiero decir es que, en el mundo actual, sobre todo en el Occidente industrial, la religión como institución se ha convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la "salvación", sea eso lo que sea. Quiero subrayar que hablo de la muerte de las religiones en el mismo sentido en el que acepto el anuncio de Nietzsche sobre la muerte de Dios. La religión que está muerta es la religión-institución, que contribuyó enormemente al desarrollo de la civilización pero, al final, se convirtió en un obstáculo.

Hablar de la muerte de las religiones en un sentido relacionado con el anuncio de la muerte de Dios de Nietzsche no significa, desde luego, que la religión nunca haya tenido sentido para la humanidad. Ni siquiera se puede decir que la frase de Nietzsche significa que Dios no existe. Ésa sería de nuevo una afirmación metafísica, que Nietzsche no quería pronunciar, por su rechazo general a cualquier metafísica "descriptiva". La lucha contra la supervivencia de las religiones de la que hablo tiene poco que ver con la negación racionalista de todo significado a los sentimientos religiosos. Incluso se toma muy en serio ese resurgimiento de la necesidad de una relación con la trascendencia que caracteriza numerosos aspectos de la cultura actual. Citaré de nuevo a Nietzsche, que dice que Dios está muerto y ahora queremos que existan muchos Dioses.

Mientras las religiones sigan queriendo ser instituciones temporales poderosas, son un obstáculo para la paz y para el desarrollo de una actitud genuinamente religiosa: pensemos en cuánta gente está abandonando la Iglesia católica por el escándalo que representan las pretensiones del Papa y los obispos de inmiscuirse en las leyes civiles en Italia. Los ámbitos de la ética familiar y la bioética son los más polémicos. En Estados Unidos, el anuncio reciente del presidente Obama sobre su intención de eliminar las restricciones a la libertad de las mujeres para abortar ha suscitado una amplia oposición por parte de los obispos católicos. La oposición contra cualquier forma de libertad de elección en todo lo relacionado con la familia, la sexualidad y la bioética es continua e intensa, sobre todo, en países como Italia y España. Tengamos en cuenta que la Iglesia se opone a leyes que no obligan, sino que sólo permiten la decisión personal en estos asuntos. Deberíamos preguntarnos de qué lado está la civilización.

Hace poco, el Papa repitió su idea constante de que la verdad no es negociable. ¿Ese "fundamentalismo" es sólo característico del catolicismo, o de todo el cristianismo? Quienes hablan de civilizaciones tienen la responsabilidad de tener en cuenta esta condición concreta. No hay más que ver los frecuentes diálogos interreligiones que se celebran en cualquier parte del mundo, en los que los interlocutores suelen ser "dirigentes" de las distintas confesiones. No dialogan para cambiar nada; no es más que una forma de volver a confirmar su autoridad en sus respectivos grupos. ¿Acaso sale de estos frecuentes encuentros algo útil para la paz y la mutua comprensión de los pueblos? Mientras no se elimine el aspecto autoritario y de poder de las religiones, será imposible avanzar hacia el mutuo entendimiento entre las diversas culturas del mundo.

Esta conclusión puede parecer una gran paradoja, dado que, en general, se ha considerado que la religión era un medio de educar a la humanidad hacia la caridad, la piedad y la comprensión. En muchos sentidos, la compasión parece ser la base fundamental de toda experiencia religiosa. Y es cierto, ya sea desde el punto de vista del cristianismo, el budismo, el hinduismo, el islam o el judaísmo. Hasta aquí, nada que objetar. Pero precisamente por eso es por lo que debemos reconocer que ha llegado la hora de que las personas religiosas se alcen contra las religiones. Y que afirmen tajantemente que la era de la religión-institución se ha terminado y su supervivencia sólo se debe a los esfuerzos de las jerarquías religiosas para conservar su poder y sus privilegios. El hecho de que esta tesis parezca inspirarse, en gran parte, en la experiencia cristiana (y católica) europea, no limita su validez para otras culturas. Seguramente, el veneno del universalismo se extendió por el mundo gracias a los conquistadores europeos, que son responsables de la estricta asociación entre conversión (al cristianismo; recuérdese el compelle intrare de San Agustín) e imperialismo. Ahora es el mundo latino el que debe romper esa asociación y separar la salvación de cualquier pretensión de creencia y disciplina universal como condición para alcanzarla. No es una tarea fácil.

Fuente:Tribuna El Pais -1-03-2009

martes, 24 de junio de 2008

La trascendencia


El hecho es conocido: la religión, después de un periodo de contención en la vida privada, ha vuelto a la escena pública. En esta nueva edad de los espíritus santos, la fe vuelve a repartir dividendos económicos y réditos políticos y militares, además de pingües beneficios editoriales. Aunque se trate de hechos que poseen etiologías diferenciadas, después del 11-S tenemos la impresión de que existe algún parentesco entre, por ejemplo, la constitución del lobby de teólogos de la Administración conservadora estadounidense, la competición del "diseño inteligente" con la biología científica, el conflicto de los símbolos sagrados que conmueve a la opinión e incluso la salida de los obispos españoles a las manifestaciones callejeras armados con banderas.

Gracias a este giro espectacular, además de volver a disfrutar de las gloriosas guerras de religión, tenemos otra vez (¡quién lo hubiera dicho!) teología en los periódicos; y no en L'Osservatore Romano o en el prodigioso Alfa y Omega, en donde dormitaba como una rancia antigüedad, sino en las mismísimas tribunas de opinión, disputando el sitio a la calderilla de las controversias nacionales o internacionales y adornándolas con el timbre de profundidad contemplativa de cuya carencia tanto nos lamentábamos, ese toque de seriedad que estremece el gesto del lector cada vez que se pronuncia el ominoso vocablo trascendencia; un vocablo cuyo sabor a muerte se diría calculado para convertir todo lo que le rodea en intrascendente.

En nuestro entorno, los militantes más patrióticos de la oposición transfiguran a sus líderes en iconos de la imaginería sacra y los más píos intelectuales de idéntica filiación se afanan abrillantando con aditivos dignos de la comida rápida las demostraciones medievales de la existencia de Dios en algunos medios especializados en el periodismo especulativo; cosa que no debería sorprendernos considerando que, como nos recuerda José María Ridao en su antología Por la gracia de Dios, en España la expresión "derecha liberal" ha designado frecuentemente una quimera, y el consenso letrado en torno a la separación entre la Iglesia y el Estado ha sido bastante ilusorio.

Últimamente se ha unido a la faena teológico-periodística el ilustre Peter Singer (¿El Dios del sufrimiento?, EL PAÍS del 1 de junio)*,mejor pertrechado de sentido del ridículo que nuestros sabios conservadores, relatándonos su polémica con Dinesh d'Souza sobre la existencia de Dios, tema que hasta ahora no habíamos incluido en la agenda de nuestros sobresaltos cotidianos. Así que, antes de que los tertulianos se vean obligados a posicionarse en torno a este problema y la disputa llegue al Parlamento, permítanme un aviso: el clásico pero imbatible argumento que presenta Singer -el sufrimiento de los justos y de los inocentes en este mundo- no prueba que Dios no exista (sólo Gustavo Bueno, hasta donde llega mi información, estaría en condiciones de acometer un programa científico de esta envergadura), sino que es un ser malo y despiadado, inferior en sensibilidad moral a muchas de sus criaturas, pues de otra manera su omnipotencia no podría tolerar ese dolor. Cierto.

Pero, en lugar de perder tiempo en refutaciones escolásticas contra los teólogos que extraen su malbaratada actualidad de estas controversias, ¿por qué no concentramos nuestros esfuerzos en las deidades accesorias que, día tras día, sirven en el mundo para justificar, no solamente el sufrimiento de los animales que tanto preocupa al profesor Singer, sino también el de millones de seres humanos cuya aspiración a la dignidad y a la felicidad es sacrificada en nombre de las más variadas causas, que, incluso aunque no lleven el nombre de Dios grabado en su frente, operan como iglesias triunfantes aplicadas a calmar la sed de trascendencia de los mortales?

El motivo último del rendimiento social de la religión reside en que ella es -junto con la patria, de la que resulta a menudo indisociable- la principal productora de una de las más tiránicas divinidades despiadadas de estos días, la identidad, elemento dominante de la nueva forma de pobreza material y moral que se extiende por nuestras sociedades sustituyendo el Estado de derecho por esos estados de emergencia que a veces amenazan con imponerse en Europa, y que aprovecha el vacío de proyecto político para ocupar el espacio público con conflictos privados, pasionales e irresolubles, que hacen aparecer a la democracia como un régimen superado y prescindible.

Quienes luchamos por una polis verdaderamente aconfesional hemos de defender hoy enérgicamente el derecho de los no creyentes, es decir, el derecho a no creer, pero no solamente en el Dios de Dinesh d'Souza, sino en ninguno de los dioses del sufrimiento, por muy aparentemente laicos que sean sus atuendos. No creo que nos resulte difícil detectar a nuestro alrededor la presencia de estos demonios de la trascendencia. Otro día les hago una lista.

José Luis Pardo es profesor titular de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.(el Pais 24-06-08)

(*) ¿El Dios del sufrimiento?

Vivimos en un mundo creado por un dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno? Los cristianos así lo creen. No obstante, todos los días nos enfrentamos a un motivo poderoso para dudarlo: en el mundo hay mucho dolor y sufrimiento. Si Dios es omnisciente, sabe cuánto sufrimiento hay. Si es todopoderoso, podría haber creado un mundo sin tanto dolor, y lo habría hecho si fuera absolutamente bueno. Los cristianos generalmente responden que Dios nos concedió el don del libre albedrío, y por lo tanto no es responsable del mal que hacemos. Pero esta respuesta no toma en cuenta el sufrimiento de quienes se ahogan en inundaciones, se queman vivos en incendios forestales provocados por un rayo o mueren de hambre o sed durante una sequía.

Los cristianos tratan de explicar este sufrimiento diciendo que todos los seres humanos son pecadores y merecen su suerte, por espantosa que sea. Pero los bebés y niños pequeños tienen las mismas probabilidades que los adultos de sufrir y morir en desastres naturales y parece imposible que lo merezcan.

Una vez más, algunos cristianos sostienen que todos hemos heredado el pecado original cometido por Eva, que desafió el decreto de Dios de no comer del árbol del conocimiento. Esta es una idea repelente por partida triple, ya que implica que el conocimiento es malo, que desobedecer la voluntad de Dios es el mayor de todos los pecados y que los niños heredan los pecados de sus antepasados y pueden ser justamente castigados por ellos.

Aun si aceptáramos todo esto, el problema sigue sin solución. Los animales también sufren a causa de las inundaciones, incendios y sequías y, puesto que no descienden de Adán y Eva, no pueden haber heredado el pecado original.

En tiempos pasados, cuando el pecado se tomaba más en serio que hoy en día, el sufrimiento de los animales planteaba un problema particularmente difícil a los pensadores cristianos. El filósofo francés del siglo XVII René Descartes lo resolvió mediante el drástico recurso de negar que los animales puedan sufrir. Sostenía que los animales eran simplemente mecanismos ingeniosos y que no se debían tomar sus chillidos y contorsiones como señal de dolor, de la misma manera que no se toma el ruido de un reloj despertador como señal de que tiene conciencia. Es poco probable que las personas que tienen un gato o un perro encuentren convincente ese argumento.

El mes pasado, en la Universidad de Biola, una escuela cristiana en el sur de California, debatí la existencia de Dios con el comentarista conservador Dinesh D'Souza. En los últimos meses, D'Souza ha insistido en discutir con ateos prominentes, pero a él también le costó trabajo encontrar una respuesta convincente al problema que he descrito.

Primero dijo que puesto que los seres humanos pueden vivir eternamente en el cielo, el sufrimiento de este mundo es menos importante que si nuestra vida en este mundo fuera la única que tuviéramos. Eso sigue sin explicar por qué un dios todopoderoso y absolutamente bueno lo permitiría. Por insignificante que sea este sufrimiento desde la perspectiva de la eternidad, el mundo estaría mejor sin él, o al menos sin la mayor parte de él. (Algunas personas afirman que necesitamos algo de sufrimiento para apreciar lo que es ser feliz. Tal vez, pero ciertamente no necesitamos tanto).

A continuación, D'Souza adujo que como Dios nos dio la vida, no estamos en condiciones de quejarnos si no es perfecta. Utilizó el ejemplo de un niño nacido sin una pierna. Dijo que si la vida en sí misma es un don, no se nos hace un daño si recibimos menos de lo que podríamos desear. En respuesta, señalé que nosotros condenamos a las madres que dañan a sus bebés mediante el uso de alcohol o cocaína durante el embarazo. No obstante, ya que le dan la vida a sus hijos, parece que según la opinión de D'Souza lo que hacen no tiene nada de malo.

Por último, D'Souza recurrió, como lo hacen muchos cristianos cuando se les presiona, a la afirmación de que no podemos esperar entender los motivos de Dios para crear el mundo tal como es. Es como si una hormiga tratara de entender nuestras decisiones, por lo insignificante que es nuestra inteligencia en comparación con la infinita sabiduría de Dios. (Ésta es la respuesta que se da de forma más poética en el Libro de Job). Pero una vez que abdicamos así de nuestra capacidad de raciocinio, bien podemos creer lo que sea.

Además, la afirmación de que nuestra inteligencia es insignificante en comparación con la de Dios presupone exactamente el punto que se está debatiendo: que existe un dios omnisciente, omnipotente y absolutamente bueno. Las evidencias que tenemos ante nuestros propios ojos indican que es más razonable creer que el mundo no fue creado por dios alguno. Si de cualquier forma insistimos en creer en la creación divina, nos vemos obligados a admitir que el dios que creó el mundo no puede ser todopoderoso y absolutamente bueno. O es malvado o no es muy hábil.

Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton. © Project Syndicate, 2008. Traducción de Kena Nequiz.

sábado, 19 de abril de 2008

¿La paz sea contigo?, por Federico Mayor Zaragoza


De verdad queremos la paz que nos deseamos? Salam, shalom… (paz) y, a continuación, la intransigencia, el enfrentamiento, la confrontación. “Si quieres la paz, prepara la guerra”, ha sido el adagio perverso que, para beneficio de los productores de armamento, se ha utilizado desde el origen de los tiempos por parte del poder, que disponía, como un supuesto incuestionable, de las vidas de sus vasallos. Y así hasta estos turbulentos, pero esperanzadores albores de siglo y de milenio, porque se ha ganado en conciencia global y conocimiento profundo de la realidad; porque la moderna tecnología de la comunicación permite la participación no presencial, lo que fortalecerá la autenticidad democrática, y porque –lo que es muy relevante– la mujer amplia- rá en pocos años el magro 5% que tiene hoy en día como porcentaje de influencia en la toma de decisiones. Y la conclusión será que la humanidad tomará en sus manos las riendas de su destino y hará posible, por fin, el inicio de la Carta de la ONU: “Nosotros, los pueblos…”.

Sí, serán los pueblos, la sociedad civil, la que irá constituyendo progresivamente democracias genuinas, en las que los votantes cuenten, además de ser contados en la elecciones, en las que sean tenidos en cuenta todos los días y no solo en el momento del recuento. El gran cambio será la transición de súbditos a ciudadanos, de una cultura de imposición y violencia a otra de conversación y conciliación, de la fuerza a la palabra. De preparar la guerra a preparar la paz. “Si quieres la paz, ayuda a construirla con tu comportamiento cotidiano”, siendo actor y no espectador impasible y pusilánime. El tiempo del silencio ha terminado, tanto a escala personal como, sobre todo, institucional. Me gusta repetir que el silencio de los silenciosos es más oprobioso que el de los silenciados. Atreverse a saber… y saber atreverse para contrarrestar el omnímodo y omnipresente poder mediático que nos llena de zozobra y nos uniformiza, hasta el punto de aceptar lo inaceptable (gastar a diario 3.000 millones de dólares en armas, sin contar con el disparate de los escudos antimisiles, mientras mueren de hambre cada día 60.000 personas).

Distraídos, no vemos lo invisible, lo ordinario. Solo vemos lo visible, las informaciones que describen lo extra-ordinario, lo insólito, lo atípico. Es necesario conducirnos educadamente, es decir, en virtud de nuestra propia reflexión, “dirigiendo con sentido la propia vida”. Es preciso ir poniendo tantas cosas trastocadas en su sitio: los valores democráticos –que, según la Constitución de la Unesco de 1945, son la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad– en lugar de las leyes del mercado, que, como era previsible, han ampliado las brechas y desgarros sociales en lugar de reducirlos; una ONU fuerte en la que se hallen representados “los pueblos” y que cuente con los recursos personales, financieros y tecnológicos que le permitan tener la autoridad democrática que nunca tendrá la fórmula plutocrática de los G-7/G-8; una economía de desarrollo global –con grandes inversiones en fuentes de energía renovables y de bajísimo coste que permitan un acceso generalizado a bienes materiales, la producción, transporte y reciclaje del agua para todos, la vivienda…– en lugar de la actual economía de guerra y especulación, que concentra la riqueza cada vez en menos manos.

No hay economía de guerra sin guerra, sin preparación para la guerra, sin pretextos para armarse hasta los dientes. Los únicos capaces de oponerse a esta inercia colosal son “los pueblos”, es el poder ciudadano, una sociedad civil consciente que no se deje embaucar, que no apoye más que a los gobernantes que, con valentía, estén decididos a la puesta en práctica de los principios universales tan lúcidamente expresados en la Carta de la ONU y en la Declaración de los Derechos Humanos.

La política debe basarse en unos principios éticos generalmente aceptados. Incorporar determinados valores religiosos es inadecuado y peligroso, como también lo es –y la experiencia actual lo demuestra– basar la acción política en aspectos estrictamente económicos. “Es de necio confundir valor y precio”, sentenció don Antonio Machado.

Por eso era tan necesaria y oportuna una declaración en la que la excusa del choque de civilizaciones quedara definitivamente excluida y se hiciera –desde la serenidad acreditada de Montserrat– un llamamiento firme a la implicación ciudadana, a la asunción de responsabilidades por parte de todos. Si unimos nuestras voces y manos, abiertas, tendidas, nunca más alzadas, entonces lograremos, en un gran clamor popular, reorientar los erráticos rumbos presentes.

La declaración denuncia la información engañosa que se difunde sobre las causas de los conflictos y apremia, de manera muy concreta, a la aplicación urgente de una solución política para la dramática e inacabable situación en Oriente Próximo, así como en otros lugares del mundo. Creyentes o no, los seres humanos deben ser respetados por igual e involucrarse en acciones solidarias con los más menesterosos.

La única condición para el diálogo, abierto a todas las opiniones, es la no violencia, la no imposición. “Todos en el mismo barco –Jesús, Buda, Mahoma–. Todos tenemos el mismo destino”, subrayó en la reunión de Montserrat el ex presidente de Irán, Mohamed Jatamí. En el mismo barco, con el mismo rumbo. ¿Tan difícil es provocar la “explosión espiritual” de la que hablaba Federico García Lorca, que significaría cambiar la fuerza por la palabra? Las religiones deben disponer de eficientes mecanismos de contacto e interacción –como establece la declaración, para su eficaz seguimiento– con el fin de evitar prejuicios y estereotipos y ser capaces de contribuir a la construcción de un futuro común donde el deseo de paz deje de ser un saludo para convertirse en una realidad.

Federico Mayor Zaragoza es presidente Fundación Cultura de Paz

Fuente: El Periódico (15/04/08)

Declaración de Montserrat - “Religiones y construcción de paz”


Este mediodía se ha celebrado en el Monasterio de Montserrat un acto con personalidades internacionales procedentes de diferentes tradiciones religiosas y de la sociedad civil para transmitir que las religiones no deberían ser nunca más origen de confrontación, y sí de conciliación. Los firmantes de la Declaración han reclamado la implicación de la sociedad civil, que debe exigir a las autoridades que emprendan acciones; así como la de gobiernos y las organizaciones internacionales, y la de los líderes políticos y religiosos, para que refuercen su papel como actores de la paz y la comprensión mutua.

En el encuentro participaron un grupo heterogéneo de importantes personalidades internacionales procedentes de distintas tradiciones religiosas, así como de la sociedad civil e instituciones internacionales.

Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex director general de la UNESCO; Mohammad Khatami, presidente de la Foundation for Dialogue among Civilizations y ex presidente de la República de Irán; Aram I, Catholicos de Cilicia de la Iglesia Armenia Ortodoxa y presidente del Consejo de Iglesias de Oriente Medio; Abdulaziz O. Altwaijri, director general de la ISESCO; el rabino René-Samuel Sirat; Mar O. Oraham, de la Iglesia Asiria del Este; Kjell M. Bondevik, presidente del Oslo Centre for Peace and Human Rights i ex primer ministro de Noruega; Candido Mendes, secretario general de la Acadèmia de la Latinidad y William F. Vendley, secretario general de la Conferencia Mundial de Religiones para la Paz. El Padre Abad de Montserrat, Josep M. Soler, actuó como anfitrión de la reunión.

Texto íntegro de la Declaración de Montserrat:


La información engañosa sobre el origen de los conflictos reclama un análisis inequívoco sobre la relación entre los sentimientos religiosos y la violencia, para avanzar hacia la construcción de paz mediante la prevención y la resolución pacífica. Si no analizamos y damos a conocer de un modo esmerado esta relación, algunos medios de comunicación y muchas personas de cualquier parte del mundo continuarán pensando y percibiendo que la religión es, a menudo, la que alimenta la violencia.

En 1994, en Barcelona, tuvo lugar una importante reunión entre los representantes de diferentes creencias y organizaciones religiosas, en la cual los participantes llegaron a la conclusión unánime de que las religiones, basadas en valores compartidos como la fraternidad, la solidaridad humana y el amor, no deberán ser nunca jamás origen de confrontación sino de conciliación.

Los conflictos dramáticos e inacabables de Oriente Próximo, como también los acontecimientos trágicos que han tenido lugar recientemente en otros lugares del mundo, requieren soluciones desde la toma de conciencia, del compromiso y de la implicación de la sociedad civil, que debe exigir a las autoridades que emprendan acciones y adopten medidas políticas.

Tal y como establecen el Informe de la Alianza de Civilizaciones y otros documentos, debemos intensificar nuestros esfuerzos para reducir las diferencias entre religiones y culturas mediante el diálogo y actuaciones concretas. Debemos superar las ideas falsas, los estereotipos, el lenguaje tendencioso y los conceptos que difunden los medios de comunicación y a menudo reproducen los líderes irresponsables. Debemos rebatir las actitudes que propagan la idea de un vínculo entre religión y violencia, extremismo e incluso terrorismo.

En este contexto, es urgente la necesidad de promover acciones que puedan contrarrestar la situación y las tendencias actuales, basadas en la fuerza y en la imposición. Debemos fomentar comportamientos y actitudes orientados a la acción y debemos dar a conocer el verdadero origen de los conflictos, incluyendo, si procede, las religiones y las ideologías. Hemos de ofrecer posibles soluciones para construir la paz e implantarla en la mentalidad de las personas, especialmente en los actores políticos y sociales y en los medios de comunicación.

Por lo tanto, reunidos en la edificante montaña y abadía de Montserrat, y dentro del marco del 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, reconfirmamos nuestra adhesión plena a los principios ratificados en la Declaración, como también en otros documentos[2] y acuerdos internacionales, que garantizan el derecho y el pleno respeto a la libertad de religión y otras creencias, y promueven el diálogo y la interacción con personas de otras afinidades e identidades, sean creyentes o no. En este sentido, parece esencial un encuentro y una puesta en común rápidos y eficaces entre los representantes de las religiones y las autoridades nacionales e internacionales, sobre todo para identificar los valores comunes y aprender a vivir con nuestras diferencias.

Destacamos la importancia que tienen hoy las identidades, las cuales, dejando aparte los extremismos, constituyen la base más poderosa para crear un modelo efectivo de coexistencia internacional. Estamos convencidos que es necesario construir una cultura de diálogo, alianza, no violencia y paz, y expresamos en voz alta nuestro apoyo convencido a todos los que dedican esfuerzos a este proyecto.

Invitamos a todos los líderes religiosos, a todos los niveles, desde la jerarquía más alta hasta la base popular, a reforzar y ejercer su papel crucial como actores de la paz y la comprensión mutua.

Invitamos a la sociedad civil y a los actores institucionales a trabajar en estrecha colaboración, diligente e incansablemente, con resolución e imaginación, para lograr los Objetivos del Milenio e ir más allá, y de este modo, acelerar la transición de la fuerza hacia la palabra, de la violencia hacia la armonía intercultural e interreligiosa, del enfrentamiento a la alianza, de una economía de guerra a una economía de desarrollo global, de una cultura de guerra a una cultura de paz basada en la justicia.

Realizamos un llamamiento especial a las comunidades educativa, académica, científica y artística, así como a las asociaciones intelectuales, grupos de expertos y medios de comunicación. Por su naturaleza misma, deberían convertirse en los principales paladines de la enseñanza y el aprendizaje de los derechos humanos, la tolerancia, los valores y un mejor equilibrio entre géneros.

Invitamos a los líderes políticos, a los Gobiernos y a las organizaciones internacionales –especialmente mediante una reforma exhaustiva del sistema de Naciones Unidas– a unir sus esfuerzos, guiados por “principios democráticos”, para hacer frente a las dificultades que amenazan a la Humanidad. Estamos convencidos de que, si los seres humanos lo desean, pueden transformar el mundo. Tal y como reconocen todas las religiones, no hay nada que esté fuera del alcance de la capacidad creativa del ser humano para distinguir.


Fuente: Religión Digital
. Visto en Opiniones y Redes Cristianas


Más información:

Artículo anterior sobre este tema en el blog
Fundación Cultura de Paz, presidida por Federico Mayor Zaragoza
Alianza de Civilizaciones
Monasterio de Montserrat

Entrevista a Willigis Jäger, teólogo, beneditctino y maestro zen


¿A qué monasterio benedictino pertenece usted?

-Vivo fuera del monasterio porque estoy exclaustrado. Benedicto XVI, cuando aún no era Papa, sino en su anterior puesto en la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el nombre de Ratzinger, me prohibió hablar en público.

-¿Por qué?

-Pensó que yo ya no interpretaba correctamente el catolicismo.

-¿Se defendió usted?

-Le escribí una carta diciéndole que no iba a hacerle caso por motivo de conciencia y por motivos pastorales.

-¿Por qué un benedictino acude a la espiritualidad oriental?

-En la Iglesia católica no se enseñó la oración contemplativa y aún hoy día sigue habiendo dificultades con esa enseñanza.

-¿Conoció al jesuita Anthony de Mello, también amonestado por la Santa Sede?

-Parecido problema al mío.

-Le acusaron de panteísta.

-A mí me acusan de monista, pero lo que yo enseño no tiene nada que ver con ello.

-¿Es compatible la espiritualidad oriental con el credo católico?

-Existe una espiritualidad transconfesional y a ésa me dedico. Pero eso no significa que yo tenga que dejar la confesión católica.

-El teólogo Rahner decía que el siglo XXI, o es místico, o no será nada.

-Yo también creo eso, porque, o bien hacemos experiencias en el espacio transpersonal, o no vamos a poder sobrevivir como especie humana.

-¿Qué significa experiencia transpersonal?

-Nuestra personalidad es un logro de la evolución, pero al mismo tiempo significa una limitación. Nuestra conciencia tiene que ampliarse. Nos hemos desarrollado desde una conciencia prehomínida y de allí evolucionamos hacia una conciencia mágica, luego mítica, luego mental racional, pero no podemos quedarnos ahí.

-¿Qué es ese ahí?

-Provenimos de un paraíso en el que alguna vez nos sentimos en una unidad simbiótica con la naturaleza, y lo que llamamos pecado original no es otra cosa que el haber desarrollado la conciencia individual fuera de esa simbiosis. Pero, apenas salimos de ella y pudimos decir tú y yo, empezó a matar Caín a Abel. Desde entonces nuestra especie no ha hecho otra cosa que matarse mutuamente y eso se ha agravado muchísimo. Hemos llegado a un punto donde no sabemos cómo va a seguir esto. En el siglo pasado se mataron mutuamente cien millones de personas y ninguna moral surtió efecto.

-¿Por qué?

-Esas frases de «debes hacer», o «tienes que», no han hecho adelantar a nuestra especie humana para nada. Los grandes profesores y sacerdotes del mundo fueron un fracaso en este sentido. No estoy en contra de los profesores o de los sacerdotes, pero sus enseñanzas no han ayudado a los hombres.

-¿Alternativas?

-Tenemos en nuestro interior posibilidades para comprender la realidad de un modo que no puede abordarse con la razón. Nuestra conciencia personal supone un gran logro de la evolución, pero al mismo tiempo supone una limitación. Caer en la cuenta de esa limitación es esencial para nuestra especie.

-¿Cuál es esa limitación?

-Creemos que la conciencia del «yo» supone la única posibilidad de comprender. Pero eso es igual de tonto que cuando creíamos en el pasado que la Tierra era el centro del universo. Con esa concepción nos hemos orientado hacia un gran egocentrismo, que es la fuente de todos los males que conocemos en el mundo. El egocentrismo nos ha llevado al borde de la desaparición.

-¿Cómo superarlo?

-Para salir de esa limitación hay que entrar en el nivel de la unidad. Entonces vemos que somos uno con todo y que sólo existe uno. Una red de pescador consiste en muchas mallas y una malla sola no tiene sentido. Cada uno tiene sentido en la totalidad.

-Pero algunas religiones ya predican el amor al prójimo.
-Las religiones predican el amor y dicen «debes amar a tu prójimo igual que a ti mismo», pero no nos han ayudado las religiones para dar ni un paso hacia adelante. Decimos «mi religión», «mi confesión», …egoísmo, …y los que no estaban de acuerdo fueron quemados. Eso sigue igual en el presente: sunnitas y chiitas, judíos y musulmanes, fundamentalistas en la Iglesia católica. Todos dicen «yo, yo, yo…». Todos los problemas del mundo resultan de ese egocentrismo.

-¿Nada han contribuido las religiones?


-Sólo cambiaremos si entramos en un nivel nuevo de conciencia, en el espacio transpersonal. Superar las limitaciones del yo es algo que la mística de Oriente y de Occidente siempre han sabido hacer, pero se puede hacer en las religiones y también fuera de las religiones. La mayoría de las personas buscan fuera de sus religiones.

-Las religiones también han evolucionado.

-Las reformas en las religiones han sido como cambiar los muebles de un mismo piso. Lo hemos hecho muchas veces y no ha servido de nada. Lo que tenemos que hacer es subir un piso más arriba en la experiencia de lo religioso.

-¿Qué hay en ese piso?


-Un nuevo nivel de la conciencia. Se trata de ser más plenamente humano. Hay que preguntarse qué sentido tienen esos pocos decenios de mi vida en un universo de miles de millones de años. Ese sentido es que debo ser plenamente ser humano, y ahora lo voy a decir en la manera cristiana: Dios quiere ser persona en mí, tal como soy en este momento, con esta figura que tengo. Es el único motivo por el que existimos. Por eso bailo esa danza de la vida, pero no soy yo el que está bailando, sino que estoy bailado. Dios se baila a sí mismo en mí. El maestro Eckhart dice que Dios se saborea a sí mismo en las cosas. Ése es el motivo de mi existencia.

-¿Y lo transpersonal?


-Yo tengo una importancia sin igual. Por eso dice Eckhart que si no estuviera yo, Dios no sería. Por eso tengo un significado único con mi vida, con esos pocos decenios en medio del universo. Mi ser verdadero no es la conciencia del yo, sino algo que no nace y no muere. Lo que soy en lo más intimo es algo que seguirá cuando mi cuerpo físico haya muerto. Y no soy el único que está bailando, sino que bailan conmigo muchas personas, que tienen la misma importancia que yo. Cuando experimento esto, mis actuaciones serán diferentes.

-¿Cómo se hace uno místico?

-La mística es una forma de oración, un camino de oración. Existen diferentes formas de oración y la mística es uno de esos caminos. Y muchos cristianos llegan a una frontera con su oración verbal dirigida hacia un Dios personal y entonces entran en una nueva forma de oración, y esa oración es una nueva experiencia de lo que llamamos Dios.

-Esa oración, ¿es la contemplación?

-Eso es lo que la tradición llama oración contemplativa, y lo conocemos de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, de Francisco de Osuna… Hay un camino donde se enseña esa religión mística. Todas las religiones conocen dos formas de oración, una esotérica y otra exotérica. Las religiones, como el budismo, cristianismo, judaísmo, hinduismo e islamismo, tiene sus sagradas escrituras, sus dogmas, ritos, liturgias y esa forma de religiosidad se reza de forma exotérica. «Exoteros», en griego, quiere decir «desde fuera», y el rezo verbal o meditar sobre un texto serían la oración exotérica. En esa forma lo que hago es activar mis potencias psíquicas, como intuiciones, pensamiento…

-¿Y la oración esotérica?

-Todas las religiones también tienen una forma esotérica de oración. El budismo ha desarrollado las formas del zen y del Vipassana; el hinduismo ha desarrollado las diferentes formas del yoga; en el islamismo conocemos el sufismo, y en el cristianismo tenemos la mística, que también es la contemplación. «Esoteros» significa «desde dentro» y en la forma de oración esotérica hago lo contrario: voy sosegando toda actividad mental, intento sosegar las potencias psíquicas, como memoria, voluntad y entendimiento, para que pueda irrumpir lo que está detrás de ello.

-¿Por qué se perdió en el catolicismo la contemplación?

-La Iglesia católica dice que esa forma de oración contemplativa es una oración privada y no le gusta. Quiere que todos tengan la misma práctica que la Iglesia ha fijado. Todas la religiones teístas, como el Cristianismo, el Islam y el Judaísmo, tienen problemas con lo que es la mística.

-¿Miedo a que la persona entre en contacto directo con Dios?


-La institución de la Iglesia teme perder el control.


Fuente: CETR. Centro de Estudio de las Tradiciones Religiosas