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martes, 13 de abril de 2010

EL AMOR CONSCIENTE



por John Welwood

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amistad, seguridad, sexo y autoestima. Sin embargo, si aspiramos a convertir nuestras relaciones en un sendero —en un sendero sagrado— nos veremos obligados a ampliar nuestra perspectiva y a asumir una visión más comprehensiva que, incluyendo todas esas necesidades, no se halle, sin embargo, circunscrito a ellas. Nuestro tema tiene que ver con el cultivo del amor consciente, de ese amor que puede inspirar el desarrollo de una conciencia más expandida y la evolución de las personas implicadas.
Sin embargo, no debemos mostramos demasiado idealistas porque las relaciones íntimas nunca funcionan a un solo nivel. Vivimos simultáneamente en diferentes niveles y cada uno de ellos tiene sus propias necesidades concretas.

Niveles de conexión

El vínculo más primario que podemos encontrar en la parejar es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atraviesan muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atraviesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporalmente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación puede así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose en un factor limitador que establece una dinámica paterno-filial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculino y femenino de la relación y termina creando pautas de comportamiento adictivas.

Más allá de la necesidad primitiva de fusión simbiótica, el deseo fundamental que aparece en una relación es el del compañerismo, un deseo que puede asumir formas más o menos sofisticadas. El compañerismo constituye un ingrediente esencial de toda relación pero ciertas personas, sin embargo, parecen no desear nada más de su pareja.

Otro nivel posterior de relación es el que se establece en el caso de que los amantes no sólo compartan las actividades y la compañía del otro sino que también tengan intereses, objetivos y valores parecidos. Así pues, cuando una pareja comienza a crear un mundo común podemos afirmar que ambos se adentran en el nivel de la comunidad, un tipo de relación que, al igual que el compañerismo, constituye una forma terrenal y concreta de relación.

Sin embargo, más allá del hecho de participar de los mismos valores e intereses del otro, se encuentra el nivel de la comunicación, un nivel en el que somos capaces de compartir todo aquello que ocurre en nuestro interior, es decir, todos nuestros pensamientos, expectativas, experiencias y sentimientos. Establecer una buena comunicación es una tarea mucho más difícil que tratar simplemente de crear una situación de compañerismo o de comunidad. Este nivel requiere que cada miembro de la pareja sea totalmente sincero al expresar lo que ocurre en su interior y tenga el valor suficiente como para superar los inevitables obstáculos que aparecen ante cualquier intento de compartir dos verdades diferentes. La buena comunicación es, con toda certeza, el elemento más importante de cualquier relación cotidiana sana.

Un nivel todavía más desarrollado de la comunicación es la comunión. Más allá del hecho de compartir los pensamientos y los sentimientos existe el reconocimiento profundo del ser de otra persona, un reconocimiento que suele descubrirse en el silencio, tal vez mientras miramos a los ojos de nuestra pareja, estamos haciendo el amor, paseando por el bosque o escuchando música. Es como si, de pronto, nos sintiéramos percibidos y conmovidos en aquel núcleo profundo del ser que trasciende a la personalidad. Seguimos siendo plenamente nosotros mismos pero, al mismo tiempo, estamos completamente en contacto con nuestra pareja. Este tipo de relación es tan extraño y sorprendente que no suele pasar desapercibido. Por otra parte, aunque la comunicación pueda ser fruto de un trabajo deliberado, la comunión, por su parte, es completamente espontánea y se encuentra más allá de nuestra voluntad. La comunicación y la comunión son formas de intimidad más profundas y sutiles que la compañía y la comunidad y tienen lugar, respectivamente, en el nivel de la razón y en el del corazón.

Más allá de la dualidad

La profunda intimidad de la comunión puede alimentar el anhelo a superar completamente la dualidad, una aspiración, en definitiva, por lograr la unión completa con la persona amada. No obstante, aunque este anhelo expresa una necesidad auténticamente humana, se dirige, en realidad, hacia lo infinito, lo absoluto y lo divino. Pero cuando este deseo de unión definitiva permanece ligado a una relación concreta suele terminar creando problemas y reduciendo nuestra aspiración por la realización espiritual a la idealización, la inflación, la adicción y la muerte. La forma más adecuada de orientar nuestra aspiración hacia la unión consiste en una práctica espiritual auténtica —como la meditación, por ejemplo- que nos enseñe a ir más allá de la mente dicotómica en todas las áreas de nuestra existencia. Así pues, aunque apunten en esa dirección, las relaciones intimas pueden alentar este tipo de práctica pero jamás pueden llegar a sustituirla.

Toda relación tiene áreas, más o menos intensas, a lo largo de este continuo de conexión. Las parejas que comparten una relación profunda de ser a ser, que mantienen un buen nivel de comunicación, que tienen intereses y valores comunes y que disfrutan naturalmente de la compañía del otro, logran establecer un equilibrio ideal entre el cielo y la tierra, por así decirlo. (La sexualidad, por su parte, puede operar en cualquiera de estos niveles: como una forma de unión simbiótica, como compañía corporal, como un ejercicio compartido, como una forma de comunicación o como una comunión profunda.)

El amor consciente sólo aparece cuando ambas personas logran establecer una comunión esencial que trasciende a la personalidad. En esos momentos de comunión, estamos simultáneamente en contacto con nuestra propia esencia y con la esencia de nuestra pareja y, sin embargo, seguimos siendo individualidades separadas. Por más próximos que nos hallemos nunca podremos llegar a compartir plenamente nuestros mundos ni a saber del todo cómo son las cosas para la otra persona. Así pues, aunque podamos compartir ciertos momentos fugaces de unidad en los que nuestra esencia permanece en contacto, la unión completa siempre estará fuera de nuestro alcance.

Ahora bien, no existe modo alguno de retener a otra persona ni de poder utilizar la relación como una forma de escapar de la soledad. Nuestra pareja es sólo un préstamo temporal que nos concede el universo, un préstamo que ignoramos cuándo se nos reclamará. En el fondo de la devoción a otra persona anida la dulce y melancólica plenitud de un corazón que sólo anhela desbordarse.

La soledad
 
La soledad es, a fin de cuentas, lo que nos impulsa a salir de nosotros mismos. Por consiguiente, no es necesario que nos aislemos porque la soledad, como simple presencia, es lo que compartimos con todas las criaturas de la tierra, es el trasfondo del que brotan todos los tesoros: un anhelo desbordante que nos hace salir de nosotros mismos, escribir un poema, componer una canción o crear algo hermoso.

Cuando valoramos nuestra soledad podemos ser nosotros mismos y entregarnos más plenamente. Entonces ya no necesitaremos que los demás nos protejan o nos hagan sentir bien sino que, en lugar de eso, estaremos en condiciones de ayudarles para que sean ellos mismos. El amor consciente sólo puede brotar como el fruto maduro de un corazón herido.

Todas las tradiciones espirituales coinciden en afirmar que la persecución exclusiva de nuestra propia felicidad no conduce a la verdadera satisfacción porque los deseos personales se multiplican de continuo generando nuevas frustraciones. La verdadera felicidad —la que nadie puede arrebatamos— emana de la apertura de nuestro corazón, de su proyección hacia el mundo que nos rodea y se complace con el bienestar de nuestros semejantes. Si queremos preocupamos por el desarrollo y la evolución de las personas a las que amamos es necesario poner en funcionamiento las capacidades más profundas de nuestro ser y evolucionar nosotros mismos. La evolución exige la puesta en marcha de todas nuestras cualidades.

Así pues, todas las dificultades propias de las relaciones constituyen, en realidad, una oportunidad excepcional: descubrir el camino sagrado del amor cuya llamada nos alienta a cultivar la plenitud y la profundidad de nuestro ser.
 

La otra orilla del amor
 
El logro más elevado del amor, el amor consciente, encamina a los amantes más allá de si mismos y les lleva a conectar plenamente con la totalidad de la vida. En realidad, el verdadero amor carecerá de espacio para desarrollarse hasta el momento en que se proyecte hacia el exterior. El punto más elevado de la relación amorosa apunta al logro de un sentimiento de hermandad con toda forma de vida, lo que Teilhard de Chardin denominaba «amor por el universo». Sólo de este modo podrá el amor -como afirmaba Teilhard— «convertirse en luz y poder ilimitados».

El sendero del amor se propaga en círculos. Comienza en el hogar —encontrando nuestro sitio, haciéndonos amigos de nosotros mismos y descubriendo que, bajo la confusión y el engaño de nuestro propio egoísmo, se esconde la riqueza intrínseca de nuestro ser—. Cuando llegamos a establecer contacto con esta plenitud fundamental que anida en nuestro interior descubrimos que tenemos mucho más que ofrecer a nuestra pareja de lo que anteriormente imaginábamos.

Cuando dos personas se preocupan por el desarrollo de la conciencia y el espíritu de su pareja tienden naturalmente a compartir su amor con los demás. Y, de este modo, las nuevas cualidades emergentes —la generosidad, el coraje, la compasión y la sabiduría, por ejemplo- se extienden más allá del círculo de su propia relación. Estas relaciones son el «hijo espiritual» de la pareja, lo que su unión puede ofrecer al mundo. Una pareja florecerá, pues, cuando su visión y su actividad no se centren exclusivamente en ellos mismos sino, por el contrario, cuando sean capaces también de incluir a la comunidad de la que participan.

Pero, como señala Teilhard de Chardin, el amor entre dos personas puede expandirse todavía más. Cuanto más profunda y apasionadamente se ame una pareja mayor será su preocupación por el estado del mundo en el que viven, más conectados estarán con el planeta y, en consecuencia, se ocuparán de cuidar del mundo y de todos los seres que necesiten su ayuda. El logro máximo y la más plena expresión del amor se alcanza cuando éste llega a abarcar a toda la creación enriqueciendo y fortaleciendo entonces, a su vez, la vida de la pareja. Este es el gran amor y el gran camino que nos conduce hasta el mismo corazón del universo.

sábado, 31 de mayo de 2008

La pareja y su tiempo basura


Nuestra pareja, se supone, es la persona a quien más amamos. O, en todo caso, aquel ser que nos soporta con mayor intensidad y al que con mayor asiduidad nos acogemos. Los padres o los hijos forman un coro de presencia vital más o menos variable pero la pareja constituye por antonomasia, y tal como se la llama, "mi vida". Esta "vida", sin embargo, está dejando mucho que desear y no sólo porque el personaje vaya estropeándose con el paso del tiempo sino porque diaria y sistemáticamente se la perjudica con los vigentes modos de vida.

Los amantes se despiden por la mañana con un somero adiós y se reúnen al término de la jornada con las fuerzas disminuidas

Como consecuencia del programa general de trabajo y descanso, la pareja sólo se reencuentra durante el periodo del día en el que peor se halla, física y psíquicamente, cada uno. Los amantes se despiden por la mañana con un somero adiós y se reúnen al término de la jornada con las fuerzas disminuidas, cargados de posibles reveses laborales y problemas irresueltos, más proclives entonces al descanso, el silencio y el olvido, que al bullicio de los niños y, sobre todo, a sumar las dificultades y conflictos del otro que acude, a su vez, rebozado de fatigas cuando no salpicado de malos humores. ¿Cómo no pronosticar que se generen roces o que sea indispensable una dosis suplementaria de paciencia, cariño y equilibrio, extraída desde los fondos, para proteger la relación?

En estas circunstancias, duras y repetidas, el amor va y viene, flota o decae sin que llegue a saberse si en otras condiciones habría mejorado sustancialmente su evolución. El actual periodo de duración de las uniones ha descendido a una media de siete años y la tendencia discurre hacia un incesante recorte de los plazos. Uno y otro sujeto de la relación se carbonizan en un fogón que no depende tanto de su ilusión cambiante -aunque también- como de la dificultad para asumir comunitariamente dos vidas en unas malísimas condiciones. Porque, de hecho, el tiempo efectivo en que esta comunidad podría construirse y reforzarse coincide casi siempre con un tiempo basura, las horas de un día desgastado y donde tanto la pasión como la atención y el ánimo perviven demediados.

¿Cómo asistir, por ejemplo, apropiadamente a la adversidad del otro si las propias capacidades se encuentran entonces, a esa hora, reclamando asistencia? La importante coalición de pareja, en cuanto base amorosa y defensiva frente al exterior, se cuartea inexorablemente con el fracaso del imposible auxilio mutuo durante esos penosos restos del día.

Restos de mala calidad o de escasa sustancia que cotidianamente intercambian los personajes del amor y por cuyo lamentable trasiego el amor pierde en elasticidad, imaginación y envergadura. Amarse, como ser feliz, requiere trabajo, aplicación y disciplina puesto que la vida a dos constituye uno de los más complejos empeños si se aspira a gozar de ella. Se trata, en fin, de un oficio -como decían las madres- tanto o más arduo que el cargo laboral y tanto o más necesitado de dedicación, voluntad, inteligencia, reflexión y astucia.

Amarse a granel desemboca siempre en un amor de bajo precio, amor que necesariamente va saldándose. Amarse, en cambio, al detalle, minuciosamente, recíprocamente y en alerta respecto al argumento del otro, exige tiempo de primera clase. Pero el orden de la producción, la repartición de tareas domésticas, el programa general de vida, se acercan hoy más a un proyecto de destrucción y sustitución del amor que a su refuerzo. Al fondo del día, como en el cuarto trastero de la jornada se desarrolla la vida particular de la pareja. Pero, ¿cuánto más podrá sobrevivir esa biología en las infames condiciones del medio? ¿Cuánto tiempo seguirá respirando amor en ese pequeño recinto donde se concentran los tóxicos del día?

Efectivamente no será tanto el otro de la relación que ha llegado a decepcionarnos como que ha dejado de "servirnos". Ha dejado de ser "funcional" para socorrernos, entendernos, amarnos formar complicidad, pero, en buena medida, porque sus recursos, sus deseos y hasta su carácter han sido absorbidos por otras fuerzas. La pareja aparece así como un subterfugio en un escaso paraje. El paraje gastado de cada día donde ya será difícil actuar creativamente y cuyo ámbito residual será depósito del dolor o donde se vierten especialmente los desechos.

Vicente Verdú
21/03/2008
Fuente: www.elboomeran.com.