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sábado, 18 de octubre de 2008

La crisis (2), por Manuel Castells

Nota: este artículo es continuación de La crisis (I), por Manuel Castells

En medio del torbellino financiero global, ¿es España diferente? Sólo en parte.

Es cierto que nuestro sistema financiero está saneado y regulado en la medida de lo posible, como se repite en medios oficiales con la intención de no sembrar incertidumbre que pudiera desestabilizar las instituciones de depósito y provocar una crisis derivada de la psicología colectiva de crisis. Por otro lado, como los mercados financieros son globales e interdependientes, no puede evitarse el contagio de un país por la presencia en sus bancos de “activos tóxicos”, es decir, títulos financieros sin respaldo real y que son pasivo más que activo en las cuentas de las entidades financieras.

Si los gobiernos han tenido que intervenir en Alemania para salvar a Hypo, el mayor banco hipotecario del país, en el Benelux para rescatar a la gigantesca Fortis, en Francia para nacionalizar Dexia mientras se preparan para reflotar la legendaria Caisse d ´ Epargne, en Inglaterra para evitar la quiebra de bancos hipotecarios como el Bradford & Bingley, en Italia para proteger a Unicredit, con la Comisión Europea presta para intervenir en el conjunto del sistema bancario de la Unión, ¿por qué no aquí? Sobre todo teniendo en cuenta que la protección de los depósitos de los ahorradores españoles es la más baja de Europa (se sitúa en el mínimo establecido por la Unión Europea, 20.000 euros por titular de cuenta y entidad, en contraste con 70.000 en Francia, 63.000 en el Reino Unido o 175.000 en Estados Unidos - en la propuesta actual, que incrementó los 60.000 euros que había anteriormente-). En realidad, los argumentos tranquilizadores son sólidos.

El fondo español de garantías de depósitos es el mejor provisto de Europa, la vigilancia del Banco de España ha obligado a los bancos a mantener una liquidez razonable desde hace tiempo y los precedentes históricos tales como Banesto o Banca Catalana muestran la capacidad de la intervención preventiva del Estado antes de que los depósitos corran peligro. Al menos en ausencia de una crisis generalizada con reacciones en cadena de quiebras no absorbidas por el Estado en Estados Unidos y en Europa. Por eso es tan importante la aprobación por el Congreso estadounidense del plan de rescate (una vez reformado para que no sea un festín de banqueros a costa del contribuyente) para calmar a los mercados y frenar la caída de los valores bursátiles. Pero si una quiebra de parte del sistema financiero semejante a la que ha ocurrido en Estados Unidos es poco probable, las consecuencias de la crisis para la economía española son graves y profundas. Porque si los bancos no tienen grandes problemas de solvencia, sí tienen problemas de liquidez. Y es que nuestro sistema financiero depende del crédito exterior para financiar a las familias y empresas, sobre todo pymes. En la medida en que en el mercado global se ha ido cerrando el grifo del crédito fácil, nuestras entidades financieras han tenido que reducir sus préstamos en el último año.

De ahí la restricción de la actividad hipotecaria (caída anual del 47%) y por consiguiente la crisis inmobiliaria que está en el origen del estancamiento económico. Un altísimo nivel de paro y los elevados tipos de interés se traducen en un aumento de la morosidad que presiona a las entidades financieras, agravando sus dificultades de tesorería.

Es decir: el sistema está saneado y regulado, pero es cada vez menos capaz de proporcionar capital a la economía. Sin capital no hay inversión, no hay empleo y no hay crecimiento de la demanda.

La recesión en que ya estamos metidos supone la quiebra de un modelo de crecimiento que hace tiempo califiqué de inestable. Un modelo caracterizado por un alto crecimiento económico con bajo o nulo crecimiento de la productividad (exceptuando algunos sectores dinámicos como las finanzas o las telecomunicaciones). La economía española de la última década ha crecido a partir de tres factores básicos interrelacionados: el crecimiento del empleo, alimentado por la inmigración; el crecimiento del sector inmobiliario y de la construcción, y el crecimiento del turismo.

La inmigración ha sido un factor clave no sólo por proporcionar mano de obra abundante y barata, sino también porque un inmigrante, al instalarse en el país, crea una importante demanda. El empleo creció sustancialmente en sectores de servicios y de construcción de baja productividad y escasa cualificación. De modo que cuando se para el financiamiento del sector inmobiliario y se reduce empleo en un contexto de estancamiento del turismo como consecuencia del bajo crecimiento del entorno europeo, apenas quedan resortes para reactivar la economía española, salvo la inversión pública.

Más aún cuando los sectores manufactureros tradicionales (sobre todo el automóvil) acentúan su crisis, tanto por caída de la demanda derivada en parte del precio de la gasolina y en parte de la restricción del crédito, como por factores estructurales que hacen cada vez más difícil el mantenimiento en España de cadenas de montaje en serie. Sin un sistema de innovación eficaz, sin una suficiente capacidad instalada de desarrollo tecnológico y de servicios avanzados de procesamiento de información y con un bajo nivel de educación en la fuerza de trabajo, el antiguo modelo de crecimiento español ha entrado en crisis probablemente irreversible al secarse las fuentes de crédito fácil con tipos de interés real negativos y por tanto la economía de la demanda en que nos habíamos montado. Así, no corre peligro nuestro sistema financiero, que se ha replegado en orden. Lo que está agotándose es la bonanza de que disfrutábamos vendiendo nuestra calidad de vida, poniéndole cemento encima, importando trabajadores y montándonos en la lógica del endéudate y vive que son dos días. La economía, aun en recesión, tal vez pueda resistir el choque. Pero la sociedad puede digerir mal el duro despertar a la regla fundamental de la economía: sin productividad y competitividad no se crea ni riqueza ni empleo. Se acabó la fiesta. Tendremos que trabajar como chinos y además para los chinos, que son los únicos que pueden invertir. Continuará.

Fuente: Periódico La Vanguardia
Manuel Castells en Wikipedia

La crisis (1), por Manuel Castells

Vivimos la crisis más profunda de la economía mundial desde 1929. Es una crisis financiera relacionada con una crisis del mercado inmobiliario.

Tiene su epicentro en EE. UU. pero se difunde mundialmente mediante la interdependencia de los mercados financieros globales. Sus raíces están en la desregulación de las instituciones financieras que fue acelerándose desde 1987. Surgió un nuevo sistema financiero que aprovechó las tecnologías de información y comunicación y la liberalización económica para innovar sus productos y generar una expansión sin precedentes de los mercados de capital. Se afanó en transformar cualquier valor, actual o potencial, en activos financieros, rentabilizando tanto el tiempo (mercados de futuros) como la incertidumbre (mercados de opciones) y procediendo a la titularización financiera (securitization) de cualquier tipo de bienes y servicios, activos y pasivos financieros y de las propias transacciones financieras.

Así, uno de los mecanismos más perniciosos en la crisis actual es la compraventa de valores a corto plazo, una práctica especulativa en la que se opera sin cobertura alguna de capital (naked short shelling). Un ejemplo de desregulación financiera son los fondos de cobertura (hedge funds) que escapan a cualquier control y administran inversiones de grandes capitales en operaciones de alto riesgo. Son sobre todo compañías de seguros y fondos de pensiones quienes invierten en estos fondos frecuentemente localizados en paraísos fiscales. Pero el cambio más profundo es la generalización de los derivados financieros, productos sintéticos que integran distintos tipos de activos de distintos orígenes y se mezclan en un producto nuevo cuya cotización depende de múltiples factores distribuidos globalmente. La complejidad de estos productos hace imposible su identificación, por lo cual desaparece la transparencia financiera, base de una contabilidad rigurosa capaz de informar a los inversores.

En algunos productos se mezclan valores sólidos con lo que en la jerga bancaria española se llaman chicharros o valores basura. En último término, el ahorro mundial (el suyo también) está en manos de gestores financieros apenas regulados que operan en la oscuridad contable mediante mecanismos cada vez más desligados de la economía y de la auditoría. Cierto que en una época de alto crecimiento de la productividad hace una década el dinamismo de los mercados financieros permitió una expansión económica global que creó empleo y demanda, incorporando a la economía mundial a grandes economías emergentes y ampliando la base del capitalismo.

Así, entre 1950 y 1980 por cada dólar generado por el crecimiento económico en la OCDE, se crearon 1,5 dólares de crédito. En el 2007 la proporción era de de 1 a 4,5. Pero el precio pagado por ese aumento de liquidez para empresas y hogares ha sido el endeudamiento masivo y la inseguridad financiera. La titularización financiera representó el 70% del aumento de los mercados de deuda entre el 2000 y el 2007.

Era un ejercicio de alto riesgo. Y se rompió por el punto más débil: la burbuja inmobiliaria.

Cuando la gente tiene algo de dinero (o lo puede conseguir fácilmente) piensa primero en comprar una casa.

Y como las financieras hacen tanto más dinero cuanto más dinero venden relajaron los controles de sus hipotecas aprovechando su libertad. Así surgieron las hipotecas basura (subprime)que se hicieron impagables para cientos de miles de familias que arriesgaron más de lo que podían. Como el mercado inmobiliario se hundió, el valor de las casas que los bancos usaban como garantía de préstamos no pudo compensar las pérdidas, poniendo en peligro las instituciones detentoras de hipotecas. En EE. UU., Fannie Mae y Freddie Mac, los bancos hipotecarios con garantía federal, no pudieron absorber la deuda con sus propios fondos y tuvieron que ser nacionalizados. Además esos activos inmobiliarios devaluados servían de garantía para los valores de fondos de inversión que vieron rebajada su cotización. Los inversores, con razón temerosos de la seguridad de su dinero, lo desviaron hacia bonos del Tesoro garantizados a plazo fijo o al oro y otros activos típicos de tiempos inciertos. Lo cual sustrajo una enorme masa de capital a los bancos de inversión que ya estaban inmersos en una vorágine de inversiones no garantizadas mediante fondos que ni ellos mismos sabían de dónde salían o dónde estaban.

Y es que el conjunto del sistema estaba basado en el principio de hacer girar la inversión cada vez más deprisa, expandiendo el mercado a base de inyectar dinero y recogiendo los frutos de esa expansión a través de la transformación inmediata de beneficios y ahorros en activos financieros. A partir del momento en que se genera incertidumbre se quiebra la base del sistema financiero. Y cuanto más alto volaba un banco más dura fue la caída, por la dimensión de su descubierto. Así han ido cayendo los cinco grandes bancos de inversión del mundo (todos estadounidenses) y aunque algunos, como Goldman Sachs, han sido rescatados por el Gobierno y los inversores, sólo sobreviven como bancos de depósito. Se acabó pues, aunque el proceso aún está en curso, la gran banca de inversión que había caracterizado la globalización financiera de nuestro tiempo. La falta de regulación permitió también a las aseguradoras, empezando por el gigante mundial AIG, especular con los fondos de sus asegurados, llegando al borde de la bancarrota cuando su capital propio sólo cubrió una pequeña parte de sus obligaciones. Si ni siquiera se puede estar seguro de los que aseguran, la desconfianza se generaliza. Por eso el Gobierno estadounidense refinanció AIG porque su caída hubiera tenido consecuencias trágicas.

Pero la tragedia sigue acechando. Porque si la incertidumbre continúa, nadie invierte y nadie presta. Y sin dinero, las empresas reducen actividad, aumenta el paro, cae la demanda y la espiral recesiva se convierte en torbellino destructor de economía y vidas. De eso hablan en Washington, mientras algunos intentan irse de rositas de lo que provocaron y otros medran con los despojos. Continuará.

Fuente: Periódico La Vanguardia

Manuel Castells en Wikipedia

sábado, 17 de mayo de 2008

Mayo 1968, por Manuel Castells

Las efemérides suelen desprender un tufillo de tejido de vida apolillado. Aún más cuando se trata de la nostalgia de ese mayo francés que revolucionó el mundo hace exactamente cuatro décadas. Porque fue precisamente una revolución iconoclasta, opuesta a cualquier recuperación simbólica del deseo de libertad por las celebraciones oficiales. Recuperación es la palabra clave que caracteriza la cultura de mayo de 1968. Fue un movimiento social sumamente consciente de que los proyectos de reinvención de la vida suelen acabar en modas comerciales o votos para nuevas versiones de partidocracia. Por eso se negó a sí mismo como agente político, o sea afanado en la toma del poder. Y por eso hay incomprensión de su realidad y su significado. Incomprensión resumida en otra palabra clave: fracaso. Porque desde el punto de vista del orden social es esencial poder tildar de fracaso todo lo que no tiene traducción política directa. Porque en la medida en que se acepta la necesidad de pasar por formas de mediación política para cambiar la vida, se cierra la trampa gatopardiana, el que todo cambie para que todo siga igual. Poderosos son los intereses en el mantenimiento de esa percepción. Porque la estabilidad de las instituciones que rigen nuestros destinos no se basa en la adhesión de los ciudadanos al modelo de sociedad y de vida nuestra de cada día, sino a la resignación acerca de su inevitabilidad. Así, el 61% de los ciudadanos del mundo consideran deshonestos a los políticos, en Europa el 83% desconfía de los partidos y el 69% del Gobierno. Pero esta masiva deserción de la esperanza de lo político no suscita dramas, salvo situaciones excepcionales de crisis, porque se ha llegado a un acuerdo tácito. Los políticos se ocupan de lo suyo (el poder) y nosotros de lo nuestro (la vida en todas sus facetas). Y mientras no nos molesten demasiado, refrendamos a unos y castigamos a otros cada cuatro años según como nos haya ido o lo peligrosos que nos parezcan algunos.

Esa disociación entre el cambio social y el cambio político entró en la historia contemporánea con el movimiento de mayo de 1968. No porque los rebeldes de mayo no fueran políticos sino porque afirmaban otra política. No es un análisis libresco el que les cuento en estas líneas. Es mi testimonio directo, porque viví en primera persona el mayo francés, sin protagonismo, pero sí como participante de primera línea. Por los azares de la vida, mi primer trabajo académico, a los 24 años, fue de profesor ayudante de sociología de la Universidad de París en el campus de Nanterre. Y en ese departamento empezó todo un 22 de marzo de 1968, cuando los estudiantes echaron a porrazos del campus a la policía que venía a detener a algunos activistas, incluido Daniel Cohn-Bendit, anarquista que se convertiría en el símbolo del movimiento. Dany “el rojo” era estudiante mío y hacíamos sociología en serio, además de imaginar la revolución y pelearnos con la policía.

Y lo que teníamos claro, junto con miles de jóvenes, es que queríamos cambiar el mundo por nosotros mismos.

Y cambiarlo en todas las dimensiones, empezando por las más personales, por la libertad sexual (motor del movimiento), por la igualdad entre mujeres y hombres (la reivindicación que empezó la revuelta en Nanterre), por la autogestión de la producción, por la liquidación de las burocracias políticas de izquierda y derecha, por la solidaridad con los inmigrantes y con el tercer mundo, por la crítica del consumismo y por la fusión con la naturaleza. Claro está que en la brecha abierta por nuestra utopía se precipitaron todas las reivindicaciones y esperanzas de la gente; huelgas obreras por mejores salarios y condiciones de trabajo, proyectos de nueva pedagogía, libertad de información, afirmación de la creatividad cultural. Y Francia dejó de trabajar durante semanas. No porque se hubiera declarado la huelga general por algún comité central sino porque millones de personas estaban demasiado ocupadas discutiendo en sus lugares de trabajo cómo cambiar su trabajo y su vida, desde los ministerios del gobierno a las fábricas Renault, y desde las facultades a los teatros. El sistema dejó de funcionar pero la gente empezó a funcionar. Las iniciativas más ocurrentes, los proyectos más creativos alimentaron debates inacabables y por tanto poco productivos en el viejo sentido de la productividad. Nunca se llegaba a decidir nada. Y claro, así De Gaulle amenazó con sus tanques y sus elecciones y ganó arrolladoramente en las urnas. Aunque menos de un año después los votantes lo jubilaron: efectos retardados del cambio de mentalidad. Porque lo que realmente cambió fue la forma de pensar y de ser. En Francia y en el mundo a través de múltiples movimientos similares, algunos inspirados en mayo, otros precursores, como el de Berkeley en 1964. El feminismo, el ecologismo, la defensa mundial de los derechos humanos, la crítica de la política partidista, la participación ciudadana, la libertad de crear, el ser uno mismo sin pedir permiso a nadie son valores normales para los jóvenes de hoy que el movimiento de mayo afirmó en la escena mundial y grabó en las mentes de todos. Son valores de los que hoy vivimos, valores de libertad y de creatividad.Recuerdo una madrugada en un París vacío por la huelga del transporte. Nos habíamos manifestado toda la noche, enfrentándonos a una policía cada vez más desmoralizada. Estábamos cansados. Colette y yo caminábamos kilómetros escuchando el ruido de nuestros pasos en una ciudad por fin tranquila. Colette era, como yo entonces, una soñadora del 22 de marzo. Tenía cara de ángel rubio y siempre sonreía en los momentos más duros. No éramos pareja, no había parejas en ese momento, sólo grupos de gente que nos queríamos de distintas formas. Pero esa noche estábamos demasiado cansados para todo lo que no fuera sentir el momento. Y entonces le dije, todavía con mis reflejos políticos: “quedará algo de todo esto cuando seamos viejos?”. Colette sonrió de nuevo y dijo dulcemente: “quedaremos nosotros”.

Fuente: Periódico La Vanguardia

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