martes, 7 de junio de 2011

La nueva rebatiña imperial y el papel de Israel


por Alberto Rabilotta (*)



Rebatiña, según la definición del Diccionario de la Lengua Española (Espasa), es “la acción de coger deprisa algo entre muchos que quieren cogerlo a la vez”, y esta palabra fue utilizada en el pasado para definir el forcejeo entre las potencias coloniales para apropiarse o dividirse territorios en disputadas regiones, como en el Oriente Medio con el derrumbe del imperio otomano, o territorios en África y Asia. Rebatiña es lo que estamos viendo ahora, bajo el pretexto de la “injerencia humanitaria” -tan válido como la hoja de parra de la “misión civilizadora” que justificó las olas colonialistas en los siglos 19 y 20 - con la intervención de la OTAN, y en particular de las ex potencias coloniales como Francia e Inglaterra, en Libia, para citar sólo un caso.
La situación de Israel, según Yakov Rabkin, hay que verla en términos del contexto mundial y explicar porqué Israel goza de un apoyo tan incondicional de todas las elites internacionales, lo que se manifestó muy bien en el voto unánime (que marcó la entrada de Israel) en la OCDE, unos meses después del ataque a Gaza. Ningún país, ninguno de los representantes de los 30 países que votaron, ni México ni Turquía o Japón, votó en contra ni se abstuvo, lo que quiere decir que en esta coyuntura Israel representa algo muy importante para el mundo occidental, para las elites del mundo occidental.
En la sociedad israelí siempre existió el pavor del enemigo exterior, o más bien del “enemigo étnico”, porque los palestinos son también ciudadanos israelíes. Es por eso que el gobierno israelí siempre puede decir que la más difícil situación económica se explica por las necesidades de seguridad, y es así como en muchos aspectos Israel ha funcionado durante sus 63 años de existencia. Y esto provoca admiración en las elites occidentales, agrega Rabkin.
El profesor de Historia de la Universidad de Montreal también recuerda el importante papel que los militares profesionales -que pasan al retiro a los 45 años y son asimilados por las empresas privadas del complejo industrial dedicado a la seguridad y la fabricación de armamentos, el aparato institucional del Estado y los partidos políticos- , juegan en la vida política, económica y social de Israel, y subraya que todos estos elementos deben ser incorporados en el análisis.
Desde hace tiempo, explica Rabkin, Israel juega un papel geoestratégico importante como la cabeza de puente de los intereses occidentales, junto al Egipto de Mubarak, Jordania, con Marruecos en el Oeste, pero hay que destacar que Israel es el más fidedigno aliado de Occidente, y el único aliado “europeo” en esa región.
Para las elites occidentales Israel representa la continuación de la tradición del comportamiento de las potencias coloniales e imperiales, de las políticas de usurpación de tierras y de desposesión de las poblaciones indígenas, porque de cierta manera todos los conquistadores y colonizadores se han comportado como “el pueblo elegido”, y es por eso mismo –agrega- que aceptan que Israel se arrogue el derecho especifico o especial de pueblo elegido.
“Yo sostengo que la formación de Israel no tiene sus orígenes en el judaísmo ni en la tradición judía, y menos aun en la experiencia de vida de los judíos. Sus orígenes están en el colonialismo británico del siglo 19, en el protestantismo con su lectura literal de la promesa de tierras (en la Biblia). La idea de que hay ‘tierras prometidas’ para los blancos no es nada nuevo: Estados Unidos y Tasmania figuraron como ‘la tierra prometida’ para los blancos europeos”.
Resalta que quienes crearon el sionismo y la ideología que fundó el Estado de Israel estaban en revolución abierta y explicita contra el judaísmo, y que la justificación que mantenía Ben-Gurión (1), cuando decía que “la Biblia es nuestro mandato para ésta tierra”, estaba destinada a un auditorio de religión protestante.
La Biblia, recuerda el profesor Rabkin, también sirvió de justificación para ocupar tierras y desalojar la población local en África del Sur, en Tasmania y en otros lugares, y por supuesto en América latina.
Un elemento clave de este análisis es recordar que por haber sido fundado en 1948, cuando está en sus pañales el proceso de descolonización, el Estado de “Israel es el último en llegar a la cola del colonialismo, pero presentándose como parte de una lucha de liberación nacional y aprovechándose de los 14 principios del presidente Woodrow Wilson”. (2)
Este desfase convierte a Israel en vanguardia de la nueva etapa de confrontación entre “los países blancos, de origen europeo, a los demás países”, y es por eso –según Rankin- que la influencia creciente de Israel sobre la política del imperio estadounidense debe ser vista desde otra perspectiva que el cabildeo sionista en Washington o como “un complot judío”.
“La influencia que Israel ejerce sobre Estados Unidos se debe a que proporcionó el ejemplo de cómo se pueden manejar la política exterior y militar, y desde los sucesos del 11 de septiembre del 2001 Washington está haciendo exactamente lo que Israel venía haciendo desde hace tiempo y bajo la critica suave o severa de Estados Unidos”.
Recuerda la práctica que los israelíes califican de “targeted assasinations” (individuos marcados para ser asesinados) “que no era una práctica reconocida en Estados Unidos, porque nunca reconocían si habían asesinado o intentado asesinar a un opositor. Ahora han incorporado abiertamente esa práctica, como muestra el ejemplo reciente de Ossama bin Laden, un caso típico porque el individuo estaba en la cama, desarmado y pudo ser detenido sin ningún problema, pero lo mataron a la manera israelí, como un “targeted assasination” israelí”.
Estados Unidos se convierte en discípulo de Israel en lo tocante a las relaciones con los países árabes, y sabemos que Israel ha servido de modelo para formar a marines estadounidenses en la base militar de Okinawa (Japón), que Israel exporta la competencia de seguridad al mundo entero, y de veras son muy buenos en lo que deviene cada vez más importante para las sociedades occidentales: control de la población, control de grupos disidentes o enemigos, explica Rabkin.
El hincapié sobre la violencia, agrega, ha sido la práctica más corriente de toda la historia del movimiento sionista desde antes de la existencia del Estado de Israel. Desde que los sionistas llegaron a Palestina crearon los hechos con métodos violentos. Después de la segunda Guerra Mundial los países occidentales, por varias razones y entre ellas la descolonización y la Guerra Fría, abandonaron por momentos esa práctica. Pero Israel nunca la abandonó y de cierta manera preservó el “impulso” occidental de ocupar, destruir e imponerse.
“Si durante una época los occidentales se sintieron incómodos en hacerlo abiertamente, sobre todo porque en un contexto de Guerra Fría debían hacer como que jugaban el papel de ‘descolonización’ y sus etcéteras para no ‘perder’ África o América latina frente a los soviéticos, ahora ya no tienen necesidad alguna de seguir restringiendo el uso de la fuerza y la violencia”.
En alguna medida, argumenta el profesor de Historia de la Universidad de Montreal, la práctica occidental del uso de la fuerza para someter o colonizar a otros pueblos fue preservada “en un lugar muy pequeño, como Israel, y ahora ese práctica está propagándose. No es de origen israelí ni de origen judío, es de origen europeo y fue muy bien preservada en Israel, que fungió como un ‘deposito’ de valores occidentales que son tan agradables al rey de Arabia Saudí, quien los está aplicando” en Bahrein y otros países árabes.
El Estado israelí “muestra el camino de cómo se puede encontrar o crear el enemigo interno y externo, exactamente como hacían en Europa en la tercera década del siglo 20, cuando los nazis crearon la amenaza judía en Alemania y también en los círculos judíos del exterior del país”, apunta Rabkin.
Notas:
1.- David Ben-Gurión, el primero en ejercer –a partir de mayo de 1948- la función Presidente del Consejo de Estado Provisional y de primer ministro de Israel.
2.- Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos de 1913 a 1921 y autor de los “14 principios” que fueron la base del Tratado de Versalles de 1919 que puso fin a la primera Guerra Mundial, entre ellos el principio de la autodeterminación de los pueblos.
(*) Alberto Rabilotta es periodista argentino. Este texto es el resultado de una entrevista –que más adelante publicaremos en toda su extensión- con Yakov Rabkin, profesor de historia de la Universidad de Montreal y autor del libro “Contra el Estado de Israel”, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2008.