sábado, 11 de abril de 2009

Jesús, de Nazareth


























por Rafa Redondo

Ocurrió en Kioto. Un joven escritor holandés, interesado por el budismo, visitó en uno de los magníficos templos budistas de esa ciudad japonesa a un anciano monje que, curiosamente, y pese a ser analfabeto, había alcanzado el grado de maestro Zen. Al preguntarle el monje al joven sobre la religión que profesaba y responderle el holandés que era cristiano, el anciano maestro no ocultó su ignorancia sobre la persona y la obra de Jesús. Pero como quiera mostrara un evidente interés sobre la vida del galileo, el joven corrió hacia la biblioteca de la universidad de Kioto en busca de un Nuevo Testamento. Y ya de nuevo ante el anciano, éste sugirió al joven que le leyera un texto del Evangelio, el primero que se presentara a sus ojos al abrir el libro al azar por cualquiera de sus páginas. Así se hizo, y el texto que apareció a la vista fue el famoso pasaje de las bienaventuranzas, que el joven lentamente fue leyendo.

Acabada la lectura, el monje cerró los ojos y, acompañado de otros monjes que se hallaban con él, guardó unos minutos de silencioso recogimiento. Pasados unos instantes, levantó la cabeza, y mirando de nuevo al holandés exclamó: "No conozco a quien dijo eso que tú has leído, pero está claro -añadió contundentemente- que esas palabras solo pueden ser las palabras de un buda".

La palabra Buda, o Bouddha, es preciso recodarlo, procede de la raíz sánscrita Boudh, que significa el despertar, y Bouddha significa el despierto, no solo referido al Buda histórico, que vivió hace 2.500 años, sino también a todos los que han alcanzado la más alta verdad, la verdadera libertad. Todos tenemos en el fondo de nosotros esa naturaleza, la esencia original, el ser esencial de la vida humana. Todos, sin que para ello sea preciso ser chino, hindú o japonés. Todos, sin que para ello sea necesario pertenecer a a religión alguna, porque el Espíritu es salvaje, sopla donde quiere. Y todos, sin exclusión, podemos llegar a la experiencia de lo que en el fondo siempre hemos sido. La experiencia de Dios es nuestro derecho de nacimiento.

"A esta exaltación -dice el maestro Zen Willigis Jäger- están llamadas todas y cada una de las personas. Todos llevamos dentro el mismo principio de ser. Jesús era un hombre histórico, pero Cristo es una forma de ser latente en todas las personas, una forma que deberá desarrollarse...". Caer en la cuenta de quiénes verdaderamente somos, para qué hemos venido, despertar a nuestra propia Naturaleza... Ese es el objetivo de todos los Budas, no solo de los orientales, o de los mismos sabios sioux cuyos textos ya empiezan a ser traducidos, sino de gente cercana la cultura occidental, como Juan de la Cruz, Ángelus Silesius, Maestro Eckhart, así como los modernos físicos y psicólogos transpersonales...

Resulta curioso que todos los Budas hablen igual, que todos expresen la misma experiencia, que todos inviten a seguir el mismo camino del despertar: el de caer en la cuenta. Para ellos, sean orientales u occidentales, no existe más pecado que el de la ignorancia, el pecado que aparta al ser humano de la experiencia de nuestro verdadero yo, y que nos lleva a apegamos a los bienes materiales, a las ideas e imágenes, para así pasar la vida dormidos, ignorando quiénes somos.

Algunos, como los indúes, llamarán a esa experiencia satori, otros, samadhi; otros experiencia de Dios; otros, como los sioux, el Gran Misterio... Sin embargo, todas las religiones poseen el mismo origen, el mismo Padre; todas parten de la misma Experiencia; aunque luego, al no poder expresar con palabras lo que está más allá de las palabras, es cuando, muchas gentes dormidas, movidas menos por el espíritu que por el miedo y el poder, buscan su seguridad en sectas, en teologías cartesianas, en organizaciones, en iglesias, en dogmas; llegando entonces las condenas, las hogueras y las inquisiciones. El miedo que inventó los actuales idearios, es el mismo miedo que inventó el suplicio de la cruz.

El anciano y analfabeto monje de nuestra historia, no estudió teología, pero, sin otra mediación que el conocimiento intuitivo propio de los hombres despiertos, superó en un instante las obsesivas dudas metódicas de los teólogos bíblicos, al reconocer sin mediaciones, directamente, las señas de identidad de Jesús como Buda -Hijo de Dios- Aquel que daba gracias a su Padre porque tales cosas las velaba a los grandes de este mundo y las revelaba a los sencillos.

Pero si Jesús ciertamente fuera un Buda, o Hijo de Dios, o el Hermano Mayor, "¿de qué me serviría -se pregunta Eckhart- tener un hermano sabio siendo yo ignorante?". Jesús no vino para fundar religión alguna, sino para despertar la dormidera colectiva de los que agotan el presente pensando en un cielo futuro. Jesús recordó la importancia del aquí y el ahora cuando anuncia que la Gran Experiencia -el Reino de Dios- "está en vosotros mismos", sin aplazarlo a futuros lejanos. Jesús representa lo divino de toda la creación; Jesús -siguiendo la terminología de C.G. Jung- es el Cristo cósmico, el arquetipo que representa lo divino de la creación, lo divino en nosotros. Eso nos equipara a él. Más caer en la cuenta de todo eso, despertar, oír el Gran Silencio no es posible sin atravesar el Gólgota de las diversas muertes, de mis distintos falsos yoes, hasta lograr la resurrección del Yo real, ese Sí Mismo que el perspicaz Jung atisbó desde la Psicología Profunda. La muerte como transformación. La muerte, escándalo para una civilización que, apegada al éxito, huye empavorecida de la enfermedad y del fracaso. Jesús, como todos los maestros despiertos, no vino para ser adorado en una peana sino para mostrar un camino de transformación. Imposible despertar cuando se está apegado a las ideas, a las imágenes, al dinero. Lo ricos no despertarán si no mueren a sus riquezas. No se puede servir a dos señores. Para despertar es preciso morir, morir incluso a la misma idea de despertar. Así entiendo yo la resurrección.

Jesús tampoco vino para formar castas sacerdotales, ni organizaciones jerarquizadas; menos aún para hacerse seguir por manadas de borregos, o de penitentes que imitasen su vida, sino que vino para que viviéramos profundamente la nuestra. Fue él mismo, para que también nosotros lográramos ser nosotros mismos; para que nos imitásemos a nosotros mismos en nuestro Ser esencial. El pecado -la ignorancia- consiste en aferrarse a su imagen como a un objeto de devoción y no verlo como un sujeto de transformación, empeñado en desvelar el Cristo que cada mujer y cada hombre llevamos dentro. Lo supo bien quien, libre de prejuicios, escogió a sus discípulos entre los marginados, se encontraba a gusto entre los sospechosos y se dejó acariciar por las prostitutas. Aquí el modelo no es el éxito; aquí el primero es el último y el último el primero. Aunque para ello sea preciso morir a la ilusión del respetable yo que nos hemos fabricado.

Ese es el sentido del Gólgota, que el novelista Julen Green vio tan claro en su proceso de transformación personal, cuando descubrió el amor incondicional que tan bien supo plasmar en su novela Hermano Francisco. Ese amor incomprensible e impertinente, para quienes nunca olvidan el agravio. Esa ternura radical, que sabe perdonar desde la cruz el único pecado posible -la ignorancia-- de los que le machacaban, porque "no saben lo que hacen". Un amor que es paciente y servicial, que todo lo excusa, que todo lo cree, que todo lo espera, que todo lo soporta, que no acaba nunca. Un amor que así confía en que el ser humano logrará experimentar la aurora de una nueva conciencia, oculta aún bajo el velo de la ignorancia.

La misma ignorancia que sublevaba al converso Julen Green cuando contemplaba a los católicos su forma clásica de salir de la misa dominical: "Bajan del Calvario y vienen hablando del tiempo".

Fuente: http://www.deia.com/es/impresa/2009/04/10/bizkaia/iritzia/550820.php

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