viernes, 18 de febrero de 2011

Limpieza étnica animal

por Joel Sangronis Padrón (*)

Soy vida que quiere vivir
en medio de vida que quiere vivir…
Albert  Schweitzer


Tendría yo 12 o 13 años de edad cuando apareció por mis noroccidentales tierras del estado Falcón, en Venezuela, el último tigre (jaguar, felis onca) del que se haya tenido referencias en esos lares.


La noticia se regó como pólvora entre el gremio de ganaderos de la zona quienes inmediatamente ofrecieron un elevado precio por la cabeza del felino. Esta práctica era común en toda Venezuela; hasta la década de los años cincuenta los gobiernos nacionales ofrecían 100 Bolívares (cerca de 30 dólares) a toda persona que matara a uno de estos felinos. El tigre en cuestión, un joven ejemplar (poco más que un cachorro),  ni siquiera tuvo tiempo de llegar a ocasionar algún daño a los rebaños de reses de las haciendas de por allí, un verdadero ejército de cazadores se lanzó a remover cielo y tierra en su búsqueda, hasta que por fin, en tierras del fundo de mi padre, al hermoso animal le fue quitada la vida.

En los días anteriores a su muerte, los cuentos y leyendas acerca de la ferocidad y peligrosidad de esa especie fueron la comidilla cotidiana de los habitantes del pueblo, sin embargo, yo no podía dejar de sentir solidaridad y compasión por aquella solitaria y acosada bestia, el último de los suyos en una tierra que ya no le pertenecía; sólo, enfrentando a enemigos miles de veces superiores a él en número y armados con avanzados instrumentos de muerte, sus oportunidades de vivir eran inexistentes.

El cadáver de aquella pobre bestia fue colocado en el capó de la camioneta de uno de mis hermanos para ser exhibido a lo largo de las calles del pueblo. A su pasó, la gente vitoreaba y aplaudía mientras la chiquillería gritaba y daba saltos detrás del vehículo en actitudes simiescas. A nadie le importaba que aquel ejemplar fuera el último de su especie en la región, por el contrario, celebraban con júbilo ese hecho. Aquel necrófilo espectáculo circense, aquella bárbara inconsciencia colectiva, me marcó de por vida. Razón tenía el filósofo Thomas Hobbes cuando afirmó que el ser humano era el animal más feroz, cruel, depredador y peligroso que jamás había existido sobre la tierra.

Traigo esta historia a colación para remarcar la despiadada y salvaje política de exterminio que la mayoría de los 6.700 millones de seres humanos que poblamos la tierra le hemos declarado, desde nuestra aparición, al resto de especies que, por derecho propio, comparten con nosotros este frágil planeta azul. Hoy, esa política se ha potenciado a niveles infernales debido al alucinante desarrollo tecnológico de nuestra capacidad de matar. Cada día,  en los mares y océanos, perseguimos a sus habitantes con sonares, señales satelitales y sistemas de posicionamiento global. Especies como el Atún gigante,  el rojo y el aleta azul ya se encuentran en peligro crítico de extinción, y no tienen a donde huir, donde esconderse de la barbarie tecnodepredadora de nuestra especie, ahora intensificada por el sistema capitalista en el que vivimos. Los Jaguares son cada vez más escasos en toda Latinoamérica. Especies como el Oso Hormiguero gigante, el Oso Frontino, la Danta (tapir), el Puma, las palomas igüiras y turcas, el Pato real, el Paujil Copete de Piedra y el Venado Caramerudo van siendo exterminadas con un celo y fanatismo que raya en la locura. Algunas personas  pagan el equivalente al oro por platos  de carne de animales silvestres en restaurantes que ya ni tan disimuladamente ofrecen este tipo de menús en varias ciudades venezolanas, todo ante la indiferencia de las autoridades. El Ministerio del Ambiente aun otorga permisos para realizar “caza deportiva”, término que aparte de configurar un estruendoso oxímoron denota insensibilidad e ignorancia por parte de quienes institucionalmente están en el deber de proteger a los miembros de nuestra fauna.

La naturaleza es diversa por definición y por necesidad. Millones de años de ensayo y error produjeron la riquísima explosión de formas de vida tan variadas  y diferentes como necesarias para la estabilidad y supervivencia de todo el sistema biótico. La energía de la vida circula por los incontables canales de la diversidad; cada vez que clausuramos para siempre uno de estos canales estamos obstruyendo el sistema que nos permite subsistir.
Si sobrevivimos como especie a nuestra propia locura autodestructiva, llegará el día en que generaciones de humanos se horrorizaran y espantaran ante la criminal limpieza biótica que sus antecesores perpetraron en contra del resto de formas de vida de nuestro común hogar.
      
(*) Joel Sangronis Padrón  es profesor de la Universidad Nacional Experimental Rafael Maria Baralt (UNERMB), Venezuela.