miércoles, 16 de mayo de 2012

El fin de la democracia_1


por Miquel Casals Roma (*)

I. El fin de la democracia.

0. Ídolos de barro.

Cuando llegó la gran crisis, en el 2008, descubrimos un gigantesco agujero negro de especulaciones fraudulentas, paraísos fiscales, deudas insostenibles e hipotecas basura. Los líderes occidentales del G-20 prometieron medidas ambiciosas para luchar contra los fraudes del capitalismo, formulando declaraciones solemnes que parecían alumbrar un modelo económico más justo y productivo. Cuatro años más tarde, el mundo occidental sigue tal y como estaba, dominado por una telaraña de redes financieras y especulativas. Los Estados no levantan cabeza y sus dirigentes se muestran incapaces por mejorar la situación. Se ha puesto al descubierto una segunda crisis, política, más profunda si cabe. ¿Qué le ha sucedido a los políticos?, ¿quiénes son los que realmente mandan en el mundo?


¿Quién tiene el poder?

La respuesta se esconde tras las siguientes preguntas: ¿quién controla los medios coercitivos, es decir, el ejército y la policía, para imponer sus decisiones? ¿quién puede formular las leyes, que son las reglas de juego de todo sistema político, económico y social? ¿ quién es el que nos juzga en caso de conflicto? ¿quién tiene la capacidad de obtener la información más completa en todos o casi todos los ámbitos sociales? ¿quién tiene más recursos humanos y materiales para llevar a cabo sus fines? Todas estas preguntas conducen al Estado y sus agentes principales, los políticos. Al Estado es a quien hemos cedido el poder y confiamos la gestión del presente y futuro.

¿Quién controla el poder?

La lógica nos impulsa a creer que, si el Estado tiene el poder, éste es controlado por sus órganos más importantes: parlamento, gobierno y tribunales. Pero me temo que no es así. Existe una organización que, actuando al margen del Estado, tiene bajo control a todos sus dirigentes (es decir, los políticos): les recibe como acólitos de una secta, les inculca sus reglas, les diseña el futuro decidiendo cuáles de ellos serán candidatos a las elecciones y, una vez confirmados por el pueblo, (tras marcar una equis en un papel) los distribuye a discreción entre todos los cargos públicos. Mientras los políticos ocupen su cargo, desde el presidente al secretario del Estado, pasando por los parlamentarios, se mantendrán fieles y antepondrán los intereses de la todopoderosa secta a los del Estado. Nunca la abandonarán. Han firmado con ella un pacto diabólico, secreto y vitalicio: dinero y privilegios a cambio de su alma de servidores públicos. ¿Quién es el lucifer que compra a nuestros dirigentes? Los partidos políticos.
Los partidos políticos son centros de logística, que no rinden cuentas a nadie y funcionan con reglas oscuras y juego sucio. En ellos se reúnen los políticos con los que verdaderamente mandan (por supuesto, los poderes financieros y las multinacionales), para acordar los términos de cómo ejercer el poder.
Los ciudadanos dimos el poder al Estado, pero el Estado está controlado desde los partidos políticos. Éstos son la plataforma de encuentro entre los futuros dirigentes y los que verdaderamente mandan, la aristocracia financiera. Los políticos sirven al partido. Poco a poco los Estados han ido perdiendo fortaleza, hasta convertirse en patéticos ídolos de barro, humillados y postrados de rodillas ante los mercados de deuda y los especuladores financieros.


(*) Profesor de Geografia y Historia, Licenciado en Derecho,  Escritor
quelocasals@yahoo.es