martes, 24 de abril de 2012

El poder de crear, cuidar y curar


por Carlos Ayala Ramírez (*)


La proclamación por la ONU del 22 de abril como día Internacional de la Tierra, supuso el reconocimiento de que el planeta y sus ecosistemas nos proporcionan la vida y el sustento. Hace 20 años que se celebró en Río de Janeiro la primera Cumbre de la Tierra y en su declaración final se expone la responsabilidad de las personas de promover la armonía con la naturaleza a fin de alcanzar un justo equilibrio entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras.

En el marco de esa primera cumbre se adoptó el programa o Agenda 21, un proyecto que recogía tanto el conocimiento de numerosos asesores técnicos, como las negociaciones realizadas por delegados de 172 naciones en torno a un solo objetivo: proponer las medidas que se debían adoptar para frenar la pobreza y el continuo deterioro de los ecosistemas. De acuerdo a los creadores de la Agenda 21, en el nuevo siglo la humanidad enfrenta una seria disyuntiva: seguir con las prácticas socioeconómicas vigentes (perpetuando la pobreza y el deterioro ecológico), o bien cambiar de comportamiento, mejorando la calidad de vida, protegiendo el medio ambiente y buscando un futuro seguro y próspero. La opción posible, deseable y humana, propuesta en la Agenda 21, fue propiciar el desarrollo sostenible del planeta.

La constatación y disyuntiva que se planteaba en 1992 la Agenda 21, siguen vigentes. En efecto, la pobreza sigue siendo la principal razón de que los niños no se vacunen, de que no se disponga de agua limpia ni saneamiento, de no poder acceder a medicamentos ni tratamiento y de que muchas madres mueran durante el parto. Es la causa subyacente de la menor expectativa de vida, de la discapacidad y el hambre; es el principal contribuyente de las enfermedades mentales, el estrés, el suicidio, la desintegración familiar y el abuso. Por eso se suele decir que el ser más amenazado de la naturaleza es el pobre. Y, por otra parte, el consumo y producción sin límites ha generado el calentamiento de la atmósfera, la destrucción de la capa de ozono, la contaminación del agua, la desertización que reduce la tierra apta para la agricultura, la desaparición progresiva de las montañas, la flora y la fauna. La disyuntiva es dramática: formar una sociedad global para cuidar de la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida.

Una buena orientación  de la alternativa que podemos y debemos tomar – personal y colectivamente – fue expuesta en el documento “La Carta de la Tierra”. Promovida en el entorno de las Naciones Unidas y de sus organizaciones en el año 2000, la Carta integra un planteamiento global de los retos del planeta, así como propuestas de cambios y de objetivos compartidos que pueden ayudar a resolverlos. Explicamos, brevemente, uno de sus cuatro principios básicos: el respeto y cuidado de la comunidad de la vida.

La puesta en práctica de este principio implica, según La Carta, cuatro grandes compromisos. Primero, respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad, es decir, reconocer que todos los seres son interdependientes y que toda forma de vida, independientemente de su utilidad, tiene valor para  los seres humanos; se afirma asimismo, la fe en la dignidad inherente a todos los seres humanos y en el potencial intelectual, artístico, ético y espiritual de la humanidad. Segundo, cuidar la comunidad de vida con entendimiento, compasión y amor; lo cual conlleva a aceptar que el derecho a poseer, administrar y utilizar recursos naturales conduce hacia el deber de prevenir daños ambientales y proteger los derechos de las personas (a mayor libertad, conocimiento y poder, mayor responsabilidad para promover el bien común). Tercero, construir sociedades democráticas que sean justas, participativas, sostenibles y pacíficas; esto pasa por asegurar que las comunidades garanticen los derechos humanos y las libertades fundamentales, y por promover la justicia social y económica, posibilitando que todos alcancen un modo de vida digno, pero ecológicamente responsable. Y cuarto, asegurar que los frutos y la belleza de la Tierra se preserven para las generaciones presentes y futuras.

Se afirma que en los próximos veinte años el mundo va a necesitar un 50 por ciento más de alimentos, un 45 por ciento más de energía y un 30 por ciento más de agua, entre otras muchas cosas; qué duda cabe entonces de la necesidad de impulsar a nivel global los compromisos señalados en la Carta de la Tierra.

Un pequeño cuento de Anthony De Mello expresa de otro modo esta necesidad de cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás y con nuestro entorno, si queremos salvaguardar la vida:

“En cierta ocasión, Buda se vio amenazado de muerte por un bandido. ‘Se bueno’, le dijo Buda, ‘y ayúdame a cumplir mi último deseo. Corta una rama de ese árbol’. Con un golpe de su espada, el bandido hizo lo que le pedía Buda. ‘¿Y ahora qué?’, le preguntó a continuación. ‘Ponla de nuevo en su sitio’, le dijo Buda. El bandido soltó una carcajada: ‘¡Debes estar loco si piensas que alguien pueda hacer semejante cosa!’ Al contrario, le dijo Buda, eres tú el loco al pensar que eres poderoso porque puedes herir y destruir. El poderoso es el que sabe crear y curar”.

(*) Carlos Ayala Ramírez es director de radio YSUCA, El Salvador.