El calentamiento del planeta empezó siendo un problema ecológico al que se le añadió pronto otro económico y social. Ahora es aún más grave: significa un incremento de la inseguridad internacional
por ANTXÓN OLABE Y MIKEL GONZÁLEZ
El más famoso de los exploradores rusos, Artur Chilingarov, encabezó en agosto de 2007 la expedición de su país en la que dos minisubmarinos plantaron una cápsula de titanio con la bandera rusa en el fondo del mar, a 4.200 metros de profundidad bajo el Polo Norte. Moscú sostiene que la cordillera submarina Lomonosov es una extensión de su plataforma continental, por lo que, de acuerdo con la Ley Internacional del Mar, reclama la soberanía sobre lo que ya se conoce como el norte profundo. La desaparición progresiva de los hielos árticos debido al calentamiento global ha disparado la disputa geopolítica sobre un territorio en el que investigaciones del Centro de Estudios Geológicos de Estados Unidos sitúan la cuarta parte de los recursos de hidrocarburos pendientes de descubrir en el planeta.
El Alto Representante para la Política Exterior Europea, Javier Solana, y la Comisión Europea presentaron conjuntamente al Consejo de primavera de 2008 un importante informe denominado Cambio climático y seguridad internacional. El informe concluye que un incremento de la temperatura media de la atmósfera por encima del umbral de seguridad identificado por la comunidad científica -dos grados sobre la temperatura existente en los tiempos preindustriales- conducirá a numerosos conflictos derivados de los impactos económicos, políticos, ambientales y sociales producidos por la alteración del clima. El África subsahariana, Oriente Medio, el sur de Asia y Asia central, Latinoamérica y el Caribe, así como el Ártico, figuran en el informe como zonas de riesgo.
En abril de 2007, a iniciativa del Gobierno británico, su entonces secretaria de Asuntos Exteriores, Margaret Beckett, presidió una sesión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dedicada, por primera vez en exclusiva, al cambio climático. En ella participaron representantes de 50 Estados. En su intervención, Beckett señaló que el cambio climático "no es un problema tradicional de seguridad nacional, sino uno relacionado con nuestra seguridad colectiva en un mundo frágil y crecientemente interdependiente".
A medida que la ciencia ha avanzado en la comprensión de cambio climático, la conceptualización del problema se ha desplazado desde su consideración como un problema ambiental a uno de sostenibilidad global por su incidencia en los ámbitos sociales y económicos. En la actualidad, empieza a ser visto como un problema de seguridad global, y en el futuro podría afectar, incluso, a derechos humanos fundamentales, como ha defendido Oxfam ante las Naciones Unidas.
La crisis climática en curso plantea una amenaza emergente a la seguridad global por dos tipos de razones complementarias. En primer lugar, porque un incremento de la temperatura por encima de dos grados nos adentra en un territorio climático desconocido, con riesgo de producir una alteración del clima de efectos potencialmente irreversibles. Desde 1900, la atmósfera se ha calentado 0,74 ºC. La temperatura es ya, o está cerca de serlo, la más elevada en el actual periodo interglaciar que comenzó hace 12.000 años. Las emisiones que están en la base de ese incremento han aumentado un 70% entre 1970 y 2004, como destacó Rajendra Pachauri en su discurso de aceptación del Nobel de la Paz otorgada al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, en sus siglas en inglés).
En segundo lugar, porque una alteración climática por encima del mencionado umbral producirá una fuerte desestabilización social, económica, ambiental y política en amplias regiones del mundo, que acabará incidiendo en los siempre difíciles equilibrios de la paz y seguridad internacionales. Así, el IPCC estima que la disponibilidad de agua puede reducirse entre un 20%-30% en regiones como el Sahel, el Cuerno de África y Oriente Próximo, que ya sufren en la actualidad un estrés hídrico muy considerable. La escasez de agua, la desertificación y sus problemas asociados exacerbarán las migraciones masivas, generando tensiones en las zonas de tránsito y destino, caso de Europa, y concretamente en España, que es ya una de las puertas de entrada de estos flujos migratorios crecientes.
Otro impacto será el incremento en la frecuencia e intensidad de eventos climáticos extremos como las olas de calor, las tormentas tropicales, los huracanes, las sequías y la gota fría. Según la Organización Mundial de la Salud, la ola de calor sufrida por Europa en el verano de 2003 causó la muerte prematura de 30.000 personas. En Centroamérica, el huracán Mitch causó la muerte de 11.000 personas en Honduras y 18.000 en Nicaragua. Otro factor que incidirá en la seguridad internacional es la posible proliferación del uso de la energía nuclear en regiones inestables.
Según el IPCC, para no exceder en 2 ºC la temperatura, es preciso que para 2050, las emisiones totales mundiales se reduzcan a la mitad respecto a 1990. Para ello, hay varias rutas posibles. La que implica una transición menos traumática del sistema energético mundial hacia una economía baja en carbono requiere que, hacia el año 2020, se alcance el cenit en las emisiones totales y que, a partir de ahí, se reduzcan progresivamente hasta finales del siglo XXI.
Hoy día, los principales emisores de gases de efecto invernadero son Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India, Japón y Brasil. Si se incluyen las emisiones debidas a la desaparición de los bosques primarios, habría que incluir a Indonesia. En el horizonte se perfilan dos hechos de gran relevancia que condicionan la viabilidad de alcanzar ese cenit. Así, hacia el año 2020, cerca del 90% de los habitantes de la Tierra vivirá en países emergentes y en desarrollo cuyo nivel de renta per cápita será, por término medio, entre siete y diez veces menor que el de los países ricos. Su prioridad, como es lógico, será el crecimiento económico. Al mismo tiempo, hacia 2020, la mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero se originará en los países emergentes y en desarrollo.
La metáfora que evoca la situación es la de un transatlántico que surca el océano a gran velocidad y que, además, se va acelerando. El buque lleva una gran inercia y necesita realizar un giro importante en su trayectoria en un plazo breve de tiempo. Siendo la maniobra ya de por sí difícil, se complica porque no hay un único capitán al mando, sino un grupo de capitanes -los principales Estados emisores-, cada cual con su forma de entender la trayectoria del barco y los problemas asociados.
El escenario actual de las emisiones y las tendencias señaladas obligan a cuestionarse si la arquitectura institucional existente es suficientemente poderosa y eficaz para reconducir la situación. En nuestra opinión, la respuesta es no. Concebir la crisis climática como un problema emergente de seguridad global conlleva subir al máximo nivel la toma de decisiones al respecto. Esto implica poner sobre la mesa el papel que debe jugar el Consejo de Seguridad. Opinamos que hay razones de peso para que el organismo internacional dotado del máximo poder político y legal para afrontar los problemas de seguridad internacional sea el que se implique directamente en el tema.
Para que el Consejo disponga de mayor representatividad y capacidad de reconducir la crisis global del clima, sería conveniente su ampliación. Una posible opción pasaría por incluir, junto a los actuales miembros permanentes -Estados Unidos, China, Reino Unido, y Francia y Rusia-, a los países cuya contribución es decisiva en la solución de la crisis climática -India, Japón, Brasil, Indonesia y Suráfrica-. Esos diez Estados juntos suman el 60% de la población mundial y el 70% de las emisiones globales. Contienen, además, los mayores bosques del planeta, cuya función de sumidero es esencial preservar. Todos ellos han sido ya invitados a formar parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) por su importante papel en la economía mundial.
Construyendo sobre el vigente Convenio Marco, contando con el respaldo pleno de las Naciones Unidas y el asesoramiento científico del IPCC, un Consejo de Seguridad ampliado y renovado estaría en condiciones inmejorables de configurarse como un poder mundial capaz de aplicar la estrategia adecuada en los ritmos adecuados que requiere la crisis climática en la que la humanidad ya se ha adentrado.
Antxón Olabe es analista ambiental y socio de Naider, y Mikel González es investigador de la Universidad del País Vasco / EHU.
Publicado en El País, el 20 de octubre del 2008
http://www.elpais.com/articulo/opinion/cambio/climatico/amenaza/paz/elpepuopi/20081020elpepiopi_11/Tes
lunes, 20 de octubre de 2008
domingo, 19 de octubre de 2008
Peligro de hambrunas por exceso de oferta
por Michel Chossudovsky (*)
Hoy, a fines del siglo XX, el hambre no es consecuencia de la escasez de alimentos. Por el contrario, la propicia un exceso de la oferta mundial de alimentos cerealeros de primera necesidad. El hambre se ha convertido en un fenómeno de alcance mundial. La muerte y la inanición golpean simultáneamente en grandes regiones del mundo: el África subsahariana, el nordeste brasileño, el sur de Asia, el altiplano de los Andes en América del Sur, la ex Unión Soviética.
Desde la seca sabana del cinturón del Sahel, el hambre ha extendido sus garras e ingresado en el corazón de la región tropical húmeda, afectando a gran parte de la población del continente africano. Hay varios millones de personas en las zonas de hambre de la India y Bangladesh. Además, en las economías con mano de obra excedentaria del sur de Asia y el Lejano Oriente (India, China, Indonesia, etcétera), un sector importante de las poblaciones rural y urbana -que han caído muy por debajo de la línea de pobreza debido a la ausencia de oportunidades laborales- corren serio riesgo.
El hambre y las privaciones, no obstante, ya no se limitan exclusivamente al Tercer Mundo: la crisis económica conduce a un proceso de empobrecimiento mundial que desemboca en el desempleo, la desintegración familiar y los bajos salarios en los guetos y barrios marginales urbanos, y en la destrucción de los agricultores independientes en Europa y América del Norte. Los bajos niveles de consumo de alimentos y la desnutrición están golpeando cada vez más las zonas urbanas de los países ricos. Según un estudio realizado recientemente, en Estados Unidos se ha identificado en 30 millones el número de personas que pasan hambre.
De eso no se habla
¿Cuáles son las causas subyacentes? Imágenes de todo el mundo reflejadas en las pantallas de televisión enfocan a las víctimas de la guerra civil, la sequía y las inundaciones. El hambre presente en Somalia o Mozambique es atribuida mecánicamente a factores políticos y climáticos externos: la ausencia de nubes cargadas de lluvia y anomalías en la presión del aire... Se tergiversa la historia, sólo se enseña lo superficial y el color de los eventos mundiales. Somalia fue autosuficiente en alimentos hasta los años 70. ¿Qué precipitó el colapso de la sociedad civil? ¿Por qué se destruyó la agricultura de producción de alimentos y el pastoreo nómada?
Desde principios de la década del 80 han ocurrido cambios complejos y de largo alcance en la economía mundial, que redefinen la estructura de la industria y la agricultura. La explotación rural familiar es llevada a la bancarrota, el productor agrícola pierde el control de la tierra que trabaja. Y en los países en desarrollo, el campesinado se convierte cada vez más en un ejército de trabajadores zafrales sin tierra.
Los ingresos de los agricultores -y esto tanto en los países ricos como pobres- quedan reducidos a una mínima expresión bajo el asedio de un poderoso grupo de empresas mundiales agroindustriales que simultáneamente controlan los mercados de cereales, de insumos agrícolas, de semillas y de alimentos procesados. La gigante Cargill Inc., con más de 140 filiales y subsidiarias en todo el mundo, controla una gran cuota del comercio internacional de cereales. Desde la década del 50, Cargill se ha convertido en el principal contratista de los programas de ayuda alimentaria de Estados Unidos, financiados por la Ley Pública 480 del año 1954.
Con la firma del acta final de la Ronda Uruguay, los artículos del acuerdo de la nueva Organización Mundial de Comercio (OMC) darán libertad irrestricta a las trasnacionales de la alimentación para ingresar en los mercados de semillas de los países en desarrollo y establecer los derechos de los seleccionadores de plantas en detrimento de millones de pequeños agricultores. La adquisición de derechos de propiedad intelectual exclusivos sobre variedades vegetales por parte de grupos internacionales de la agroindustria también contribuye a la destrucción de la biodiversidad.
La gran paradoja
Por primera vez en la historia, la agricultura mundial tiene la capacidad de satisfacer las necesidades alimentarias de todo el planeta, y sin embargo la naturaleza misma del sistema de mercado mundial lo impide. La capacidad de producir alimentos es inmensa, y aun así los niveles de consumo alimenticio permanecen muy bajos debido a que una gran parte de la población mundial vive en condiciones de pobreza extrema y privación.
Además, el proceso de modernización de la agricultura (incluida la Revolución Verde) condujo al desposeimiento del campesinado, a un aumento de los "sin tierra" y a la degradación ambiental.
En otras palabras, las mismas fuerzas que alientan la expansión de la producción mundial de alimentos conducen también a la contracción del nivel de vida y a una disminución de la demanda de alimentos.
Reestructura mundial de la agricultura
Las medidas en materia de política económica adoptadas por los gobiernos del Grupo de los 7 y las instituciones financieras internacionales con sede en Washington tienden a apoyar esta reestructura mundial de la agricultura. La agricultura nacional y el campesinado independiente están menoscabados, las relaciones de oferta y demanda se están reformulando. El empobrecimiento mundial desde la crisis de la deuda tiende a favorecer el estancamiento de la producción de alimentos básicos y a la vez hace virar el rumbo de la agricultura hacia alimentos no básicos y procesados, de alto valor agregado.
En todo el mundo en desarrollo la seguridad alimentaria está destruida, el mercado nacional de cereales ha sido desplazado, los precios de los granos se alinean con los del mercado internacional y el campesinado está subordinado a los requisitos de los monopolios mundiales del alimento. A su vez, los intermediarios y prestamistas locales, así como los burócratas, se vinculan cada vez más con los intereses de las trasnacionales del alimento.
Estas gigantes no sólo se benefician con la ayuda alimentaria de Estados Unidos, sino que también se han convertido en los agentes bursátiles del desarrollo en una gran gama de proyectos agroindustriales financiados al amparo de la Ley Pública 480. Su posibilidad de acceder directamente al Banco Mundial, al Departamento de Agricultura de Estados Unidos y a los gobiernos nacionales les confiere un poder predominante en la reformulación de la política agrícola de los países endeudados.
Ucrania, ex granero del mundo
Desde principios de la década del 90, un modelo de reforma similar ha sido aplicado a los países del ex bloque oriental, con consecuencias económicas y sociales devastadoras. En setiembre de 1994, los ucranianos firmaron un acuerdo sobre reforma macroeconómica con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que sentó las bases para la reestructura de su sector agrícola. El tratamiento de shock del FMI aplicado en octubre de 1994 causó estragos: el precio del pan aumentó de la noche a la mañana en un 300%, los precios de los servicios de electricidad en un 600%, el transporte público en un 900%. Todo esto, combinado con las subas abruptas de los precios del combustible y la energía, el aumento de los subsidios y la congelación del crédito, contribuirá a destruir la economía proveedora de alimentos básicos de los ucranianos.
En noviembre de 1994, los negociadores del Banco Mundial estuvieron examinando las mejoras de la agricultura ucraniana. Con la liberalización comercial -que es parte del paquete propuesto-, queda abierta la puerta para el dumping de los excedentes cerealeros y la ayuda alimentaria de Estados Unidos en el mercado interno. Esto contribuiría a la desestabilización de una de las mayores y más productivas economías del trigo.
BM, FMI y la destrucción de la agricultura tradicional
El programa de ajuste estructural del Banco Mundial y del FMI está directamente relacionado con el proceso que conduce a la creación de situaciones de hambre, porque atenta de manera sistemática contra todas las actividades económicas que no sirven a los intereses del sistema de mercado mundial.
Desde principios de la década del 80, cuando los mercados cerealeros comenzaron a desreglamentarse bajo la supervisión del Banco Mundial, los excedentes cerealeros de Estados Unidos fueron utilizados (de manera mucho más sistemática que en el pasado) a destruir al campesinado y desestabilizar la producción agrícola nacional de alimentos. Esta última, en esas circunstancias, se hizo mucho más vulnerable a los vaivenes de la sequía y la degradación ambiental.
De igual forma, la carne vacuna subsidiada y los productos lácteos importados (exentos de impuestos) de la Comunidad Europea provocaron la muerte de la economía pastoril nómade de África.
Las importaciones de carne vacuna europea al África Occidental aumentaron siete veces desde 1984, lo que tuvo como consecuencia el desplazamiento de los productores locales de ganado. En el Sahel, la desreglamentación del mercado cerealero bajo la supervisión del Banco Mundial se inició en los momentos más álgidos de la sequía de 1983-84, y tuvo consecuencias sociales devastadoras.
No obstante, el deterioro y debilitamiento de la producción agrícola de alimentos del África subsahariana es anterior al tratamiento de shock del FMI. Fue en gran medida un legado de la época colonial: en el Sahel, los cultivos de exportación ocuparon las mejores tierras. Mientras la infraestructura agrícola, el riego, los servicios de extensión y el crédito se destinaban a apoyar las exportaciones, los cultivos de alimentos tradicionales (mijo y sorgo) fueron empujados a las tierras marginales, la llamada zona gris del cinturón árido del Sahel.
La crisis de la deuda de principios de los 80 marcó un punto culminante. La economía de cultivo comercial propia de la época colonial se precipitó a un estado de depresión. El magro ingreso monetario que los campesinos obtenían de los cultivos de exportación (por ejemplo el café o el cacao), se comprimió aún más como resultado de la caída de los precios de los productos básicos. Pero ya no había nada con qué compensar esto, porque el sistema de sustentación de la vida propio de la agricultura de subsistencia tradicional había sido desmantelado.
Además, la economía de cultivos comerciales combinada con la explotación indiscriminada de las reservas forestales provocó graves daños ambientales y degradación del suelo. Los ingresos en efectivo devengados de los cultivos de exportación eran insuficientes para comprar los alimentos necesarios. Las hambrunas de las décadas de los años 80 y 90 fueron, por lo tanto, más graves y devastadoras que las de los 70.
Claves: barreras comerciales y régimen de propiedad de la tierra
A principios de la década del 80 comenzó a aplicarse una modernización del sector agrícola de los países en desarrollo. Si bien las experiencias difieren ampliamente de una región a otra del mundo, el mismo paquete de reformas económicas (bajo la dirección de las instituciones de Bretton Woods) se impuso al unísono a un gran número de países endeudados.
Bajo la supervisión del Banco Mundial, se eliminaron las barreras comerciales a los cereales, los productos lácteos y la carne provenientes de los países ricos, junto con la eliminación de los subsidios y los créditos bancarios preferenciales para los agricultores.
El Banco Mundial también alentó la aplicación de reformas en la estructura de tenencia y propiedad de la tierra que propiciaron la formación de predios más grandes, la pérdida de la tierra para el pequeño propietario, la transformación de los derechos de los indígenas a la tierra y la privatización de las tierras comunales.
Si bien se promovieron otros cultivos de exportación alternativos, las reformas también tenían la intención de impedir que los agricultores del Tercer Mundo volvieran a la producción de alimentos para consumo familiar o para la venta en el mercado interno. Asimismo se alentó la comercialización de la producción de alimentos y la sustitución de la economía campesina por agroindustrias de base urbana.
Los países en desarrollo fueron aconsejados por el Banco Mundial a crear nuevas zonas de exportación especializadas. En Senegal y Malí, por ejemplo, se desarrolló en plantaciones comerciales una redituable explotación de frutas y vegetales para la exportación, en detrimento de la economía campesina. En Bangladesh, el cultivo de camarones a escala de la aldea, apoyado por el Banco Mundial, irrumpió en el desarrollo de la producción de paddy (arroz con cáscara), con nefastas consecuencias ambientales. Pero este auge de las exportaciones no tradicionales no duró, porque las llamadas exportaciones de alto valor agregado se incrementaron simultáneamente (bajo la conducción del Banco Mundial) en una gran cantidad de países, produciendo un consiguiente derrumbe de los precios.
La trampa de la ayuda alimentaria
En todo el mundo en desarrollo, el modelo de ajuste sectorial en la agricultura bajo la custodia de las instituciones de Bretton Woods se encaminó inevitablemente a la destrucción de la seguridad alimentaria. La dependencia con el mercado mundial se reforzó con miras a ofrecer mercados de venta para los excedentes agrícolas de Europa y Estados Unidos. La ayuda alimentaria al África subsahariana aumentó más de siete veces desde 1974, las importaciones de cereales comerciales aumentaron más del doble. La ayuda alimentaria, no obstante, ya no se destinaba a los países del cinturón del Sahel azotados por la sequía, sino a los países que hasta hacía poco eran relativamente autosuficientes en materia de alimentos. La ayuda alimentaria nunca es gratuita: los gobiernos siempre la venden, invariablemente por debajo de los precios del mercado local.
Las instituciones de Bretton Woods aplicaron rígidas medidas de austeridad a los gobiernos africanos; se redujeron drásticamente los gastos destinados al desarrollo del sector rural, lo que provocó el colapso de la infraestructura agrícola.
Según el programa del Banco Mundial, el agua se convertía en un artículo que debía ser vendido a los empobrecidos campesinos a un precio que contemplara la recuperación de los costos. Debido a la falta de fondos, el Estado se vio obligado a retirarse de la administración y conservación de los recursos de agua. Los ojos y pozos de agua se secaron debido a la falta de mantenimiento, o fueron privatizados por los comerciantes y agricultores ricos. En las regiones semiáridas, esta comercialización del agua y el riego conduce al quiebre de la seguridad alimentaria y al hambre.
Ayuda al ajuste
Desde la crisis de la deuda, las instituciones financieras internacionales dejaron de brindar apoyo crediticio a los proyectos de desarrollo real. Surgió una nueva generación de préstamos asentados en plataformas políticas. El dinero comenzó a destinarse a ayudar a los países a ajustarse. Estos acuerdos crediticios del Banco Mundial incluían severos condicionamientos: el dinero se entregaba sólo si el gobierno aceptaba las reformas de ajuste estructural y al mismo tiempo respetaba plazos muy precisos para su implementación. En caso de incumplimiento por parte del gobierno podían interrumpirse los desembolsos crediticios. Se había puesto en marcha una práctica de préstamo peculiar y en cierta medida extraña: el dinero concedido en apoyo del ajuste de la agricultura no estaba destinado a la inversión en proyectos agrícolas. Los préstamos podrían gastarse libremente en la importación de productos.
De más está decir que la naturaleza misma de estos convenios crediticios provocó el quiebre de la agricultura, ya que nada de ese dinero se destinó a la inversión.
No obstante, se cumplió otro objetivo importante: los préstamos de ajuste desviaron los recursos de la economía doméstica y alentaron a los países a seguir importando grandes cantidades de bienes de consumo, incluidos productos básicos alimenticios de los países ricos. El resultado de este proceso fue el estancamiento de la economía doméstica, el agravamiento de la crisis de la balanza de pagos y el crecimiento de la carga de la deuda.
Oferta mundial excedentaria y desintegración nacional
Si bien las variables climáticas externas juegan cierto papel en cuanto a desencadenar una situación de hambruna y aumentar la repercusión social de la sequía, el hambre, en la era de la integración a escala mundial, es un producto del ser humano. No es la consecuencia de la escasez de alimentos sino de una estructura de oferta mundial excedentaria que socava la seguridad alimentaria y destruye la producción agrícola nacional de alimentos. Estrictamente regulado y controlado por las agroindustrias internacionales, este exceso de demanda provoca, en última instancia, el estancamiento tanto de la producción como del consumo de productos alimenticios esenciales, y el empobrecimiento de los agricultores en todo el mundo.
Además, en la época de la integración a escala mundial, el programa de ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial está directamente relacionado con el proceso de creación de situaciones de hambre porque sistemáticamente socava todas las categorías de la actividad económica, sea urbana o rural, que no sirven directamente a los intereses del sistema de mercado mundial.
Las industrias de sustitución de las importaciones para el mercado interno son desmanteladas como consecuencia de la eliminación de las barreras arancelarias y la pérdida del poder adquisitivo nacional, los pequeños artesanos se empobrecen, se socava la producción agrícola de alimentos para abrir paso a los cultivos de exportación. A su vez, el aparato estatal impone medidas de austeridad fiscal, la sociedad civil entra en crisis y el estado nacional se fragmenta políticamente.
(*) Michel Chossudovsky es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Ottawa, Canadá.
Fuente: El Tercer Mundo Económico, http://www.tercermundoeconomico.org.uy/TME-80/analisis02.html
El budismo comprometido
"Inspirados por valores búdicos, los budistas comprometidos están unidos por la voluntad común de aliviar el sufrimiento del mundo mediante un "compromiso" (versus la renuncia) en el seno de las múltiples instituciones, estructuras y sistemas sociales, políticos, económicos, etc., de la sociedad. Un compromiso de tal índole puede adoptar diferentes formas (como por ejemplo el voto, el lobbying, la protesta pacífica, la desobediencia civil) pero siempre va encaminado a provocar activamente y a transformar esas instituciones percibidas como perpetuadoras del sufrimiento bajo diversas formas de opresión o injusticia."
Thomas Freeman Yarnall,
"Engaged Buddhism : New and Improved!(?) Made in the USA of Asian Materials", Journal of Buddhist Ethics, 7, 2000
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Un budismo transversal
El budismo es múltiple, plural, diverso, complejo. En lo sucesivo, en Occidente se codean monjes Zen, lamas tibetanos en el exilio, monjes cambodjanos y sri-lankeses de la escuela Theravada, así como venerables vietnamitas llenos de amidismo (un budismo de fe particularmente vivaz en la zona china). Disparidad de enseñanzas, yuxtaposición de escuelas. Sin embargo, después de algunas decenas de años, está tomando importancia una nueva corriente de pensamiento budista que traspasa todas: el Budismo Comprometido. Este movimiento pan-búdico, que no ha surgido de una escuela particular y que encontramos tanto en Oriente como en Occidente, expresa una postura innovadora: un budista puede (o mejor, debe) comprometerse en la vida política, económica o civil con el fin de concretar un ideal de sociedad justa y equitativa, libre, y es aquí donde reside una de las novedades, oponerse a las estructuras establecidas. En el transcurso de la historia, los monjes budistas se han constituido la mayoría de veces en comunidades de personas en retiro espiritual y son raros los que han vuelto a poner en tela de juicio los sistemas políticos en los que evolucionaban, incluso los más despóticos. La conformidad de las comunidades monásticas con el orden establecido ha sido más o menos siempre rigoroso. Pero ¿podemos hoy en día contentarnos con enseñar una religión cuando los hombres no comen cuando tienen hambre, no tienen techo o abrigo o no tienen acceso a la educación? Así, ha aparecido el sentimiento de que los budistas también debían responder a un sufrimiento más global que el simple sufrimiento psicológico o existencial. Que también debían afrontar las desigualdades sociales, los problemas materiales, las dificultades económicas e incluso las opresiones.
Este movimiento todavía es poco conocido en Francia, aun cuando una de sus figuras, el monje vietnamita Thich Nhat Hanh vive y enseña en ese país desde hace treinta años. El movimiento predomina en América, en los países anglo-sajones y en Alemania, país donde el budismo está arraigado desde hace algunas décadas. Ya tiene múltiples caras, según si sus miembros se comprometen en la acción social o en la militancia política. Incluso se ha formado una separación entre los que ven en esta forma de compromiso un complemento necesario de las actividades tradicionales enseñadas en el seno de su propia escuela (meditación, estudio, etc.) y los, más radicales, que consideran el Budismo Comprometido como una "vía espiritual" en sí misma. De todas formas, esta última tendencia sigue siendo minoritaria. Sus campos de actividad son de lo más variado: la ayuda a los presos, la construcción de hospitales, la militancia, la reflexión sobre la educación o la economía, o la participación en movimientos pacifistas o ecológicos, etc. Para estas personas comprometidas, el budismo también es vivido como un combate social y/o político. Algunos retirarán un porcentaje de sus impuestos correspondiente a la parte reservada al presupuesto de defensa. Otros ya no serán simplemente vegetarianos por convicción filosófica sino por auténtica concienca política, con el fin de mostrar su oposición a la sociedad de consumo.
Un punto de encuentro entre Oriente y Occidente
Panorama de las redes de budistas comprometidos
Actualmente, la mayoría de los budistas comprometidos están reagrupados en el seno de dos grandes organizaciones internacionales: The Buddhist Peace Fellowship (BPF) y The International Network of Engaged Buddhists (INEB). La primera tiene su sede en los Estados Unidos, la segunda en Asia. Independientemente de estas dos redes, hay muchas otras organizaciones budistas que también trabajan en el ámbito del compromiso político y social. La mayoría de veces son emanaciones de una tradición particular, como la reciente Zen Peacemaker Order creada por Bernard Glassman, quien quiere casar el Zen con el compromiso social. La BPF y la INEB son organizaciones pan-budistas. Sus objetivos sobrepasan la ayuda directa a los desprovistos y la simple coordinación de programas sociales. Funcionan como redes de reflexión y proponen proyectos de sociedad alternativa. La Buddhist Peace Fellowship es, ante todo, la obra de un hombre, Robert Aitken, uno de los pioneros del budismo Zen americano. Nacido en 1917, Aitken se interesó por el budismo cuando fue hecho prisionero en Japón durante la segunda guerra mundial. Después de la guerra, prosiguió su aprendizaje junto a los maestros japoneses y, finalmente, fue reconocido como enseñante en el seno de la escuela Zen Sambô Kyôdan, "La Sociedad de los Tres Tesoros". Paralelamente, se implicó en el activismo que vivía como un complemento necesario a su práctica budista. Militó contra los ensayos nucleares americanos en los años 50, luego contra la guerra del Vietnam en los años 60. Aitken fue uno de los primeros budistas americanos que practicó la desobediencia civil rechazando pagar la parte de sus impuestos afectados por el presupuesto de defensa. Lo que es, dicho sea de paso, totalmente impensable en el contexto del Zen japonés donde la sumisión al Estado y más generalmente al grupo social, es imperativa.
Vinculado a sus maestros, Aitken, ha separado, no obstante siempre, el mensaje del Zen de los que consideraba defectos de la cultura japonesa. Las reflexiones de los budistas americanos sobre su compromiso político datan de esta época donde la guerra del Vietnam obligaba a todo el mundo a tomar posición. En 1969, Gary Snyder (el Jaffy Ryder de las novelas de Jack Kerouac), uno de esos intelectuales ganados al budismo, volvió a publicar un famoso artículo donde criticaba las instituciones budistas que aceptaban o ignoraban las desigualdades en las que vivían y por esto incluso afianzaban las tiranías.
En él decía: "La revolución social ha sido la misericordia de Occidente; el despertar personal en el sí mismo fundamental, la vacuidad, la misericordia de Oriente. Necesitamos ambos." ("Buddhism and the Coming revolution", Earth House Hold).
Algunos años más tarde, Robert Aitken fundaba la Buddhist Peace Fellowship con los miembros de su comunidad Zen y algunas personalidades del mundo budista como Gary Snyder. En principio, su audiencia se limitó a Hawaii donde vivía Aitken y, luego, a California, pero su influencia se extendió rápidamente a todos los países anglófonos. Hoy, la BPF cuenta con alrededor de 4.000 miembros. Es una de las organizaciones americanas más activas en materia de desarme, ecología o derechos humanos. En 1987, fue la co-instigadora de una reunión interreligiosa en Honduras y Nicaragua para resolver la crisis política en esos países. Actualmente, desarrolla diversos programas de ayuda social en Asia.
Más reciente y menos importante que la Buddhist Peace Fellowship, he International Network of Engaged Buddhists (INEB) es, sin embargo, la organización más innovadora en materia de reflexiones teóricas. Su sede está en Bangkok, pero como indica su nombre, está constituida en red y cuenta con 400 miembros pertenecientes a 33 países diferentes. El Dalai-Lama, Thich Nhat Hanh y Maha Ghosananda que forman parte de tres tradiciones diferentes (budismo tibetano, Zen vietanimita, Theravada cambodjano), son miembros de honor de la misma. La INEB nació en 1989 con la iniciativa de dos budistas, Teruo Maruyama y Sulak Sivaraksa. El primero es un japonés, sacerdote de la escuela japonesa Nichiren-shû. Antiguo miembro del Partido Comunista, Maruyama es conocido en su país por sus acerbas críticas de las instituciones religiosas y por sus diversas campañas no-violentas (contra los consorcios de la industria química y la construcción del aeropuerto de Tokyo, entre otros). El segundo, el doctor Sulak Sivaraksa, es tailandés y sigue siendo uno de los principales teóricos del movimiento. Él mismo dice estar influenciado por el pensamiento de Thich Nhat Hanh, Gandhi y de los Quakers. Incluso si se desmarca, también sigue profundamente impregnado por el modelo marxista. En su propio país, Sulak Sivaraksa fue perseguido durante largo tiempo por sus actividades consideradas como subversivas. Las acciones de la INEB son múltiples y puntuales. La sección japonesa de la red milita, por ejemplo, por el reconocimiento de las exacciones de Japón durante las últimas guerras: la masacre de Nankin, experimentaciones de los médicos japoneses durante la segunda guerra mundial, etc. La INEB-Japón también ha empezado con otro tabú de la sociedad japonesa: la esclavitud sexual controlada por los yakuza, los mafiosos locales, sin vacilar en operar en condiciones rocambolescas para salvar a prostitutas. Compradas en su país por 150.000 a 300.000 francos, se estima así que de 50 a 70.000 tailandesas son forzadas a prostituirse en el país del Sol Naciente. Los miembros de la INEB, a veces monjes, van a los bares de prostitución donde intentan sensibilizar a las jóvenes mujeres haciéndose pasar por clientes. Cuando se ha establecido el contacto y una entre ellas manifiesta el deseo de escapar, organizan su fuga. Operación difícil y peligrosa, los bares se encuentran bajo la estrecha vigilancia de las bandas de malhechores. Llegan en gran número y en la confusión, la sacan. En el transcurso de los últimos años, algunas decenas de tailandesas han podido ser liberadas de esta manera. Otra acción reciente llevada a cabo, esta vez en Tailandia, por el doctor Sulak Sivaraksa: la INEB se ha opuesto en 1998 a la construcción de un gasoducto de una longitud de 260 kilómetros que transporta gas birmano hasta la provincia tailandesa de Ratchaburi. La INEB, como numerosos grupos de oposición tailandeses, acusaban a la PTT (Petrol Authority of Thailand), el consorcio petrolero nacional, de no haber indemnizado lo suficiente a la población local, de haber descuidado la protección del medio ambiente y, aún más grave, de finanziar y sostener indirectamente la junta militar birmana mediante la compra de este gas. A pesar de sus múltiples batallas (Sulak Sivaraksa se encadenó al gasoducto en construcción y luego llevó a cabo acciones judiciales contra el gobierno), el conjunto está actualmente en marcha.
¿Una utopía?
Mediante este tipo de operaciones, los budistas comprometidos quieren mostrar que un acercamiento tradicional es obsoleto y que el budismo debe encontrar respuestas apropiadas a los problemas contemporáneos. Por más que hagamos, estamos implicados en la mundialización y globalización de las economías. ¿Cómo respetar el precepto de no matar cuando nuestros impuestos también contribuyen al presupuesto de defensa? ¿Cómo respetar el precepto de no robar cuando comprando productos de consumo contribuimos a la explotación del tercer mundo? Para un Sulak Sivaraksa, la mera participación en la sociedad de consumo viola todos los principios éticos. El sufrimiento, problema esencial del budismo, adquiere una nueva dimensión en nuestras sociedades. Por lo que en lo sucesivo, un pensamiento budista debe incluir una reflexión sobre nuestra implicación en el mundo, nuestras relaciones con el Estado, las empresas o las multinacionales. Para los budistas comprometidos, la acción es también necesaria para modificar las relaciones de fuerza entre los individuos y los actores sociales. El respeto, la no-violencia, la compasión son los leitmotivs de estos nuevos artesanos de la paz. ¿Cambiarán ellos el mundo? En todo caso, han prometido obrar, según el voto budista, "mientras haya seres que salvar".
Éric Rommeluère es maestro zen, director de la web zen-occidental.net
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"Acercando más el budismo al mundo contemporáneo, no se trata en ningún caso de olvidar lo esencial, como por ejemplo los principios de la ética. Simplemente, hace falta volver a darles un sentido en las sociedades en las que vivimos. En las sociedades agrarias donde se ha desarrollado el budismo, las cosas eran más simples… Podíamos decir "no mato, no robo, no cometo adulterio, no miento. Soy una persona de bien" pero con la creciente complicación de nuestras sociedades, ¡ya no es así! (…) Ya no es tan simple abstenerse de matar a todo ser viviente. Debemos preguntarnos: ¿Podemos admitir que nuestros impuestos sirvan al armamento? ¿Debemos criar animales para matarlos? Con relación al segundo precepto, no robar, también cabe preguntarse: incluso si no robamos nada directamente, ¿podemos aceptar ver cómo los países ricos explotan a los países pobres mediante el sistema bancario internacional y el orden económico mundial? De hecho, ¡participar en todo el sistema de consumo ya es arriesgar a cada instante la violación de los tres primeros preceptos! En cuanto al cuarto, abstenerse de palabras engañosas o incorrectas, es particularmente difícil en un mundo basado en la comunicación publicitaria y la propaganda política… De hecho, el sufrimiento que, sin duda, con frecuencia podía ser espantoso en la época de Buda, era, no obstante, más sencillo de comprender. La interdependencia entre los fenómenos se ha convertido en algo muy complejo… Si no adaptamos la sabiduría budista a la comprensión de la realidad social y a la búsqueda de una respuesta a las preguntas que ésta pone, entonces el budismo corre el peligro de ser sólo una especie de escapatoria a los problemas de este mundo, para uso de las clases medias."
Extractos de una entrevista a Sulak Sivaraksa aparecida en la revista americana Turning Wheel (1994).
Fuente: http://www.zen-occidental.net/articles2/engage-espagnol.html
Vosotras y vosotros
10 Octubre 2008
Tengo amigos que no ven bien mi adicción militante al lenguaje no sexista, que ellos llaman “políticamente correcto”, formulación que no acepto, porque me parece políticamente incorrecta. Consideran que tener en cuenta constantemente que en el mundo habitamos tantos hombres como mujeres resulta afectado, forzado.
Recuerdo que, allá por los comienzos de los años ochenta del pasado siglo, salió un muy interesante trabajo académico escrito por una mujer que empezaba diciendo: “En los orígenes de la Historia de la Mujer (y, cuando digo la Mujer, incluyo por supuesto a los hombres)…” Magnífico, ese modo de dar la vuelta al calcetín del lenguaje.
Ya sé que la Academia Española sostiene que “hombre” significa “ser animado racional, varón o mujer”, pero también sé que esa definición esta hecha por hombres, algunos de los cuales son de un machismo rijoso que tira de espaldas (aparte de seres muy poco animados). Son los mismos sesudos académicos que hasta hace bien poco sostenían en su diccionario que “alcaldesa” significa “mujer del alcalde”.
Yo me gobierno a este respecto (y a otros muchos) por dos axiomas que considero claves.
Primero: el lenguaje dominante es el lenguaje de la clase dominante. En razón de ello, rechazo los razonamientos indolentes del tipo de: “Bueno, no es más que un modo de hablar”. Respuesta elemental: “Ya, pero ¿cómo hemos llegado a ese modo de hablar?”. Usamos un lenguaje que rezuma machismo, clasismo y racismo por los cuatro costados. Estoy hasta las narices de que me hablen de coñazos, de cabrones, de si Dios quiere, de meriendas de negros, de que este o el otro va hecho un gitano, de que el de más allá es un ladino, o un cafre… El lenguaje refleja el orden social, sus categorías, sus jerarquías. Cuando las reproducimos acríticamente contribuimos a su eternización.
Segundo axioma, cercano del anterior: lo que no se nombra no existe. Si nuestro modo de expresarnos elide a las mujeres, dándolas por sobreentendidas, despreciamos lo mucho de específico que tienen. Aunque no lo hagamos aposta: el subconsciente es muy traidor.
Lo escribo para que se lo piensen. Ellas y ellos.
Javier Ortiz es un analista político que colabora con diversos medios de comunicación.
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2113
La cara antidemocrática del capitalismo, al descubierto
por Noam Chomsky12 Octubre 2008
El desarrollo de una campaña presidencial norteamericana simultánea al desenlace de la crisis de los mercados financieros ofrece una de esas ocasiones en que los sistemas político y económico revelan vigorosamente su naturaleza.
Puede que la pasión por la campaña no sea una cosa universalmente compartida, pero casi todo el mundo puede percatarse de la ansiedad desatada por la ejecución hipotecaria de un millón de hogares, así como de la preocupación por los riesgos que corren los puestos de trabajo, los ahorros y la asistencia sanitaria.
Las propuestas iniciales de Bush para lidiar con la crisis apestaban a tal punto a totalitarismo, que no tardaron en ser modificadas. Bajo intensa presión de los lobbies, fueron reformuladas "para claro beneficio de las mayores instituciones del sistema… una forma de deshacerse de los activos sin necesidad de fracasar o casi", según describió el asunto James Rickards, quien negoció en su día, por parte del fondo de cobertura de derivados financieros Long Term Capital Managemen, su rescate federat en 1998, recordándonos ahora, de paso, que estamos pisando vía ya trillada. Los orígenes inmediatos del presente desplome están en el colapso de la burbuja inmobiliaria supervisada por el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, quien sostuvo la cuitada economía de los años de Bush amalgamando el gasto en consumo fundado en deuda con la toma de préstamos del exterior. Pero las raíces son más profundas. En parte, se hallan en el triunfo de la liberalización financiera de los últimos 30 años, es decir, en las políticas consistentes en liberar a los mercados lo más posible de regulación estatal.
Las medidas tomadas a este respecto, como era predecible, incrementaron la frecuencia y la profundidad de los reveses económicos graves, y ahora estamos ante la amenaza de que se desencadene la peor crisis desde la Gran Depresión.
También resultaba predecible que los reducidos sectores que se hicieron con los enormes beneficios dimanantes de la liberalización llamarían a una intervención masiva del estado, a fin de rescatar a las instituciones financieras colapsadas.
Tal intervencionismo es un rasgo característico del capitalismo de estado, aunque la escala actual es inaudita. Un estudio de los investigadores en economía internacional Winfried Ruigrok y Rob van Tulder encontró hace 15 años que, al menos 20 compañías entre las 100 primeras en el ranquin de la revista Fortune, no habrían sobrevivido si no hubieran sido salvadas por sus respectivos gobiernos, y que muchas, entre las 80 restantes, obtuvieron substanciales ganancias por la vía de pedir a los gobiernos que "socializaran sus pérdidas", como hoy en el rescate financiado por el sufrido contribuyente. Tal intervención pública "ha sido la regla, más que la excepción, en los dos últimos siglos", concluían.
En una sociedad democrática que funcionara, una campaña política tendría que abordar estos asuntos fundamentales, mirar a la raíz de las causas y de los remedios, y proponer los medios a través de los cuales el pueblo que sufre las consecuencias pudiera llegar a ejercer un control efectivo.
El mercado financiero "deprecia el riesgo" y es "sistemáticamente ineficiente", como escribieron hace ya una década los economistas John Eatwell y Lance Taylor, alertando de los peligros gravísimos que entrañaba la liberalización financiera y mostrando los costes en que, por su causa, se había ya incurrido. Además, propusieron soluciones que, huelga decirlo, fueron ignoradas. Un factor de peso es la incapacidad para calcular los costes que recaen sobre quienes no participan en las transacciones. Esas "externalidades" pueden ser enormes. La ignorancia del riesgo sistémico lleva a una aceptación de riesgos mayor de la que se daría en una economía eficiente, y eso incluso adoptando los criterios más estrictos.
La tarea de las instituciones financieras es arriesgarse y, si están bien gestionadas, asegurar que las pérdidas potenciales en que ellas mismas puedan incurrir quedarán cubiertas. El énfasis hay que ponerlo en "ellas mismas". Bajo las normas del capitalismo de estado, no es asunto suyo tomar en cuenta los costes que para otros puedan tener –las "externalidades" de una supervivencia decente— unas prácticas que lleven, como suelen, a crisis financieras.
La liberalización financiera tiene efectos mucho más allá de la economía. Hace bastante tiempo que se comprendió que era un arma poderosa contra la democracia. El movimiento libre de los capitales crea lo que algunos han llamado un "parlamento virtual" de inversores y prestamistas que controlan de cerca los programas gubernamentales y "votan" contra ellos, si los consideran "irracionales", es decir, si son en beneficio del pueblo, y no del poder privado concentrado.
Los inversores y los prestamistas pueden "votar" con la fuga de capitales, con ataques a las divisas y con otros instrumentos que les sirve en bandeja la liberalización financiera. Esa es una de las razones por las que el sistema de Bretton Woods, establecido por los EEUU y la Gran Bretaña tras la II Guerra Mundial, instituyó controles de capitales y reguló el mercado de divisas. (1)
La Gran Depresión y la Guerra pusieron en marcha poderosas corrientes democráticas radicales que iban desde la resistencia antifascista hasta las organizaciones de la clase obrera. Esas presiones hicieron necesario que se toleraran políticas sociales democráticas. El sistema de Bretton Woods fue, en parte, concebido para crear un espacio en el que la acción gubernamental pudiera responder a la voluntad pública ciudadana, es decir, para permitir cierto grado de democracia.
John Maynard Keynes, el negociador británico, consideró como el logro más importante de Bretton Woods el de haber establecido el derecho de los gobiernos a restringir los movimientos de capitales.
Por espectacular contraste, en la fase neoliberal que siguió al desplome del sistema de Bretton Woods en los años 70, el Tesoro estadounidense contempla ahora la libre movilidad de los capitales como un "derecho fundamental", a diferencia, ni que decir tiene, de los pretendidos "derechos" garantizados por la Declaración Universal de Derechos Humanos: derecho a la salud, a la educación, al empleo decente, a la seguridad, y otros derechos que las administraciones de Reagan y Bush han displicentemente considerado como "cartas a Santa Claus", "ridículos" o meros "mitos".
En los primeros años, la gente no se hizo mayores problemas con el asunto. Las razones de ello las ha estudiado Barry Eichengreen en su historia, impecablemente académica, del sistema monetario. Allí se explica que, en el siglo XIX, los gobiernos "todavía no estaban politizados por el sufragio universal masculino, el sindicalismo y los partidos obreros parlamentarios". Por consiguiente, los graves costes impuestos por el parlamento virtual podían ser transferidos a la población general.
Pero con la radicalización de la población y de la opinión pública acontecida durante la Gran Depresión y la guerra antifascista, se privó de ese lujo al poder y a la riqueza privados. De aquí que en el sistema de Bretton Woods "los límites a la democracia como fuente de resistencia a las presiones del mercado fueran substituidos por límites a la movilidad del capital".
El obvio corolario es que, tras la desmantelación del sistema de posguerra, la democracia se ha visto restringida. Se ha hecho, por consiguiente, necesario controlar y marginar de algún modo a la población y a la opinión pública, procesos particularmente evidentes en las sociedades más aproadas al mundo de los negocios, como los EEUU. La gestión de las extravagancias electorales por parte de la industria de relaciones públicas constituye una buena ilustración.
"La política es la sombra que la gran empresa proyecta sobre la sociedad", concluyó en su día el más grande filósofo social norteamericano del siglo XX, John Dewey, y así seguirá siendo, mientras el poder resida "en los negocios para beneficio privado a través de un control sobre la banca, sobre el suelo y sobre la industria, un poder que se ve ahora reforzado por el control sobre la prensa, sobre los periodistas y sobre otros medios de publicidad y propaganda".
Los EEUU tienen, en efecto, un sistema de un sólo partido, el partido de los negocios, con dos facciones, republicanos y demócratas. Hay diferencias entre ellos. En su estudio sobre La democracia desigual: la economía política de la nueva Era de la Codicia, Larry Bartels muestra que durante las pasadas seis décadas "los ingresos reales de las familias de clase media crecieron dos veces más rápido bajo los demócratas que bajo los republicanos, mientras que los ingresos reales de las familias pobres de clase trabajadora crecieron seis veces más rápido bajo los demócratas que bajo los republicanos".
Esas diferencias se pueden ver también en estas elecciones. Los votantes deberían tenerlas en cuenta, pero sin hacerse ilusiones sobre los partidos políticos, y reconociendo el patrón regular que, durante los últimos siglos, ha venido revelando que la legislación progresista y el bienestar social siempre han sido conquistas de las luchas populares, nunca regalos de los de arriba.
Esas luchas siguen ciclos de éxitos y retrocesos. Han de librarse cada día, no sólo cada cuatro años, y siempre con la mira puesta en la creación de una sociedad genuinamente democrática, capaz de respuesta dondequiera, en las urnas no menos que en el puesto de trabajo.
NOTA: (1) El sistema de Bretton Woods de gestión financiera global fue creado por 730 delegados procedentes de 44 naciones aliadas en la II Guerra Mundial que acudieron a una Conferencia Monetaria y Financiera organizada por la ONU en el hotel Mont Washington en Bretton Woods, New Hampshire, en 1944. Bretton Woods, que colapsó en 1971, era el sistema de normas, instituciones y procedimientos que regulaban el sistema monetario internacional y bajo cuyos auspicios se creó el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (IBRD, por sus siglas en inglés) –ahora una de las cinco instituciones que componen el Grupo del Banco Mundial— y el Fondo Monetario Internacional, que echaron a andar en 1945.El rasgo principal de Bretton Woods era la obligación de todos los países de adoptar una política monetaria que mantuviera dentro de unos valores fijos la tasa de cambio de su moneda. El sistema colapsó, cuando los EEUU suspendieron la convertibilidad al oro del dólar. Eso creó la insólita situación por la que el dólar llegó a convertirse en la "moneda de reserva" para los oros países que estaban en Bretton Woods.
Noam Chomsky, el intelectual vivo más citado y figura emblemática de la resistencia antiimperialista mundial, es profesor emérito de lingüística en el Instituto de Tecnología de Massachussets en Cambridge y autor del libro Imperial Ambitions: Conversations on the Post-9/11 World.
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2110
Cuando los derechos humanos son un pretexto para las intervenciones militares imperialistas
19 Octubre 2008
El físico de la Universidad de Lovaina y activista belga Jean Bricmont, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso (1), ha escrito un libro que hace pocas semanas se ha editado en castellano: Imperialismo humanitario. El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra (2). Se trata de un libro que, por lo pronto, tiene dos virtudes: aporta una información muy pormenorizada y polemiza de forma convincente con algunas posiciones mantenidas por algunos sectores de los movimientos pacifistas.
Con este libro, Bricmont pretende aportar “una modesta contribución a la reconstrucción de la izquierda”. Por izquierda, dice el autor, debe entenderse un triple combate que se ha dado históricamente: a) por el control social de la producción, b) por la paz y contra el imperialismo, y finalmente c) por la defensa de la democracia, de los derechos del individuo, de la igualdad de género, de las minorías y del medio ambiente. Añade una precisión importante. La “vieja izquierda” (que llega, según el autor, hasta mediados de los 60 del siglo XX) estaba muy centrada en los dos primeros aspectos, despreciando al tercero, mientras que la “nueva izquierda” se centra en el tercero olvidando buena parte de los dos primeros.
Ante el gran intervencionismo militar de EEUU y sus aliados, lo que Bricmont llama “nueva izquierda” ha oscilado entre el “imperialismo humanitario” y el “relativismo cultural”. La primera posición defendería que nuestros valores universales “nos dan el derecho y hasta nos obligan a intervenir en cualquier lugar y que cuestiona poco o nada las guerras imperialistas”. Gran parte del libro está dedicada a combatir esta primera posición. De ahí el título. La segunda posición, en cambio, si bien en general es contraria a la guerra, considera que “no hay tal cosa como una postura moral con valor universal, en cuyo nombre se pueda juzgar objetivamente a otras sociedades y culturas (o la nuestra)”. Pues bien, lo que pretende con este libro Bricmont es la defensa de una tercera posición: el rechazo al intervencionismo “al mismo tiempo que acepta como deseables los objetivos que éste procura alcanzar.” De forma explícita el autor afirma: “[L]as críticas aquí contenidas a la utilización ideológica de los derechos humanos de ningún modo cuestionan la legitimidad de las aspiraciones contenidas en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948.” Dicho con otras palabras, el rechazo de determinadas prácticas en algunos países, no debe conllevar la defensa de las intervenciones militares porque la suma de daños es mucho mayor que los beneficios que se consiguen.
La edición castellana de este libro incluye un largo, más de 40 páginas, y jugoso prólogo de Noam Chomsky, por quien Jean Bricmont siente una confesada consideración. En un artículo muy reciente (3) en el Irish Times del lingüista del MIT podemos leer: “Por espectacular contraste, en la fase neoliberal que siguió al desplome del sistema de Bretton Woods en los años 70, el Tesoro estadounidense contempla ahora la libre movilidad de los capitales como un ‘derecho fundamental’, a diferencia, ni que decir tiene, de los pretendidos ‘derechos’ garantizados por la Declaración Universal de Derechos Humanos: derecho a la salud, a la educación, al empleo decente, a la seguridad, y otros derechos que las administraciones de Reagan y Bush han displicentemente considerado como ‘cartas a Santa Claus’, ‘ridículos’ o meros ‘mitos’.” Esta alusión que hace Chomsky a la carta a Santa Claus se refiere exactamente a las palabras empleadas por Jeane Kirkpatrick, cuando era embajadora de la administración Reagan en la ONU, en una conferencia sobre derechos humanos realizada en el Kenyon College, la más vieja institución universitaria privada de Ohio, el 4 de abril de 1981. Bricmont dedica un buen número de páginas a esta cuestión, es decir, a las distintas prioridades que EEUU y sus aliados conceden según qué tipo de derechos se trate. Los derechos individuales y políticos están en la Declaración de 1948. Pero también están los derechos económicos y sociales. A Kirkpatrick estos últimos le merecieron aquel despreciativo comentario. Bricmont plantea al respecto la siguiente pregunta: “qué dirían nuestra prensa y nuestros intelectuales si algún dirigente del Tercer Mundo describiese los derechos individuales y políticos como ‘una carta a Santa Claus’.”
Un capítulo entero de Imperialismo humanitario lleva por título “Los argumentos débiles y fuertes en la oposición a la guerra”. El autor pone como argumentos fuertes: la defensa del derecho internacional y la perspectiva antiimperialista. Este segundo argumento es ejemplificado por un supuesto: “¿qué sucedería si un país pusiera en práctica las ideas de los movimientos ‘altermundialistas’ o ‘por la justicia global’?” (es decir, el repudio a la deuda externa, la reapropiación de los recursos naturales, impuestos fuertes a los beneficios empresariales, construcción de servicios públicos, o incluso la moderadísima Tasa Tobin…). La reacción de EEUU, según Bricmont, no sería muy diferente a la que se tuvo contra Allende, Lumumba, Arbenz y tantos otros. Reacción que incluiría: sabotaje económico, escalada de la subversión interna (y la represión de este hipotético gobierno sobre los grupos sociales, políticos y religiosos que a esta tarea se prestaran, sería inmediatamente denunciada como una violación de los derechos humanos), la posibilidad de un golpe militar y, si todo eso aún no fuera suficiente, la intervención armada directa de los EEUU. Es decir, “una nueva Bahía de los Cochinos, un nuevo Vietnam o nuevas Contras.” Algún país latinoamericano, Venezuela destacadamente nos recuerda el autor, está pasando actualmente por alguna de estas fases. Hace algunos años, en 1984, la CIA publicó un manual (llamado curiosamente “Operaciones Psicológicas”) que estaba destinado a los “luchadores por la libertad”, pues así era como el presidente de EEUU Ronald Reagan consideraba a la Contra. Las instrucciones que se recomendaban en este manual eran del siguiente tenor: “secuestrar a todos los funcionarios o agentes del gobierno sandinista”, “denunciar a la policía a un sujeto que se resiste a unirse a la guerrilla… mediante una carta que contenga falsas acusaciones de ciudadanos no implicados en el movimiento”, “se contratará a criminales profesionales para llevar a cabo ‘tareas’ específicamente seleccionadas”… Concluye Bricmont este apartado del antiimperialismo como argumento fuerte de oposición a la guerra: “[E]l movimiento altermundista no puede renunciar a adoptar una firme postura antiintervencionista y antiimperialista”.
El próximo 10 de diciembre se cumplirá el 60 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos. Centenares y miles de actos de todo tipo se están haciendo y se harán para conmemorar este aniversario. Si bien hay (y habrá) honrosísimas excepciones, muchos de los actos que se han hecho (y que se harán) son poco más que un festival, en la forma, y un bla bla, en el contenido. Este libro de Jean Bricmont es un buen ejercicio de reflexión que poco tiene que ver con gran parte de este festival conmemorativo.
NOTAS:
(1) Coautor con el físico estadounidense Alan Sokal de Imposturas intelectuales (Paidós, 1999), un demoledor alegato contra el postmodernismo y la izquierda académica relativista. Puede leerse una larga entrevista con Bricmont en el número 3 de Sin Permiso.
(2) Ed. El Viejo Topo, 2008.
(3) Traducido al castellano y publicado por Sin Permiso con el título de “La cara antidemocrática del capitalismo, al descubierto”.
Daniel Raventós es miembro del Comité de Redacción de SINPERMISO. Su último libro es Las condiciones materiales de la libertad (Ed. El Viejo Topo, 2007).
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2122
sábado, 18 de octubre de 2008
La crisis del siglo: El fin de una era del capitalismo financiero, por Ignacio Ramonet
Los terremotos que sacudieron las Bolsas durante el pasado «septiembre negro» han precipitado el fin de una era del capitalismo. La arquitectura financiera internacional se ha tambaleado. Y el riesgo sistémico permanece. Nada volverá a ser como antes. Regresa el Estado.
El desplome de Wall Street es comparable, en la esfera financiera, a lo que representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín. Un cambio de mundo y un giro copernicano. Lo afirma Paul Samuelson, premio Nobel de economía: «Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo.» Se termina el período abierto en 1981 con la fórmula de Ronald Reagan: «El Estado no es la solución, es el problema.» Durante treinta años, los fundamentalistas del mercado repitieron que éste siempre tenía razón, que la globalización era sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero edificaba el paraíso terrenal para todos. Se equivocaron.
La «edad de oro» de Wall Street se acabó. Y también una etapa de exuberancia y despilfarro representada por una aristocracia de banqueros de inversión, «amos del universo» denunciados por Tom Wolfe en La Hoguera de las vanidades (1987). Poseídos por una lógica de rentabilidad a corto plazo. Por la búsqueda de beneficios exorbitantes.
Dispuestos a todo para sacar ganancias: ventas en corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds… La fiebre del provecho fácil se contagió a todo el planeta. Los mercados se sobrecalentaron, alimentados por un exceso de financiación que facilitó el alza de los precios.
La globalización condujo la economía mundial a tomar la forma de una economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera llegó a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza real mundial. Y de golpe, esa gigantesca «burbuja» reventó. El desastre es de dimensiones apocalípticas. Más de 200 mil millones de euros se han esfumado. La banca de inversión ha sido borrada del mapa. Las cinco mayores entidades se desmoronaron: Lehman Brothers en bancarrota; Bear Stearns comprado, con la ayuda de la Reserva Federal (Fed), por Morgan Chase; Merril Lynch adquirido por Bank of America; y los dos últimos, Goldman Sachs y Morgan Stanley (en parte comprado por el japonés Mitsubishi UFJ), reconvertidos en simples bancos comerciales.
Toda la cadena de funcionamiento del aparato financiero ha colapsado. No sólo la banca de inversión, sino los bancos centrales, los sistemas de regulación, los bancos comerciales, las cajas de ahorros, las compañías de seguros, las agencias de calificación de riesgos (Standard&Poors, Moody’s, Fitch) y hasta las auditorías contables (Deloitte, Ernst&Young, PwC).
El naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las «hipotecas basura» era sabido de todos. Igual que el exceso de liquidez orientado a la especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo esto ha sido denunciado –en estas columnas – desde hace tiempo. Sin que nadie se inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos. Y se siguió afirmando que la empresa privada y el mercado lo arreglaban todo.
La administración del Presidente George W. Bush ha tenido que renegar de ese principio y recurrir, masivamente, a la intervención del Estado. Las principales entidades de crédito inmobiliario, Fannie Mae y Freddy Mac, han sido nacionalizadas. También lo ha sido el American International Group (AIG), la mayor compañia de seguros del mundo. Y el Secretario del Tesoro, Henry Paulson (expresidente de la banca Goldman Sachs…) ha propuesto un plan de rescate de las acciones «tóxicas» procedentes de las «hipotecas basura» (subprime) por un valor de unos 500 mil millones de euros, que también adelantará el Estado, o sea los contribuyentes.
Prueba del fracaso del sistema, estas intervenciones del Estado –las mayores, en volumen, de la historia económica- demuestran que los mercados no son capaces de regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su propia voracidad. Además, se confirma una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades irracionales de los banqueros, y se les amenaza, en caso de que se nieguen a pagar, con empobrecerlos aún más.
Las autoridades norteamericanas acuden al rescate de los «banksters» («banquero gangster») a expensas de los ciudadanos. Hace unos meses, el Presidente Bush se negó a firmar una ley que ofrecía una cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un costo de 4 mil millones de euros. Lo consideró un gasto inutil. Ahora, para salvar a los rufianes de Wall Street nada le parece suficiente. Socialismo para los ricos, y capitalismo salvaje para los pobres.
Este desastre ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas. Las cuales no tienen «plan B» para sacar provecho del descalabro. En particular las de Europa, agarrotadas por el choque de la crisis. Cuando sería tiempo de refundación y de audacia.
¿Cuanto durará la crisis? «Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si las autoridades actúan con mano firme.» vaticina el editorialista neoliberal Martin Wolf. Si existiese una lógica política, este contexto debería favorecer la elección del demócrata Barack Obama (si no es asesinado) a la presidencia de Estados Unidos el 4 de noviembre próximo. Es probable que, como Franklin D. Roosevelt en 1930, el joven Presidente lance un nuevo «New Deal» basado en un neokeynesianismo que confirmará el retorno del Estado en la esfera económica. Y aportará por fin mayor justicia social a los ciudadanos. Se irá hacia un nuevo Bretton Woods. La etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal habrá terminado.
Ignacio Ramonet es director de Le Monde Diplomatique
Fuente: Le Monde Diplomatique, visto en la web de ATTAC-España
El desplome de Wall Street es comparable, en la esfera financiera, a lo que representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín. Un cambio de mundo y un giro copernicano. Lo afirma Paul Samuelson, premio Nobel de economía: «Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo.» Se termina el período abierto en 1981 con la fórmula de Ronald Reagan: «El Estado no es la solución, es el problema.» Durante treinta años, los fundamentalistas del mercado repitieron que éste siempre tenía razón, que la globalización era sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero edificaba el paraíso terrenal para todos. Se equivocaron.
La «edad de oro» de Wall Street se acabó. Y también una etapa de exuberancia y despilfarro representada por una aristocracia de banqueros de inversión, «amos del universo» denunciados por Tom Wolfe en La Hoguera de las vanidades (1987). Poseídos por una lógica de rentabilidad a corto plazo. Por la búsqueda de beneficios exorbitantes.
Dispuestos a todo para sacar ganancias: ventas en corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds… La fiebre del provecho fácil se contagió a todo el planeta. Los mercados se sobrecalentaron, alimentados por un exceso de financiación que facilitó el alza de los precios.
La globalización condujo la economía mundial a tomar la forma de una economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera llegó a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza real mundial. Y de golpe, esa gigantesca «burbuja» reventó. El desastre es de dimensiones apocalípticas. Más de 200 mil millones de euros se han esfumado. La banca de inversión ha sido borrada del mapa. Las cinco mayores entidades se desmoronaron: Lehman Brothers en bancarrota; Bear Stearns comprado, con la ayuda de la Reserva Federal (Fed), por Morgan Chase; Merril Lynch adquirido por Bank of America; y los dos últimos, Goldman Sachs y Morgan Stanley (en parte comprado por el japonés Mitsubishi UFJ), reconvertidos en simples bancos comerciales.
Toda la cadena de funcionamiento del aparato financiero ha colapsado. No sólo la banca de inversión, sino los bancos centrales, los sistemas de regulación, los bancos comerciales, las cajas de ahorros, las compañías de seguros, las agencias de calificación de riesgos (Standard&Poors, Moody’s, Fitch) y hasta las auditorías contables (Deloitte, Ernst&Young, PwC).
El naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las «hipotecas basura» era sabido de todos. Igual que el exceso de liquidez orientado a la especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo esto ha sido denunciado –en estas columnas – desde hace tiempo. Sin que nadie se inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos. Y se siguió afirmando que la empresa privada y el mercado lo arreglaban todo.
La administración del Presidente George W. Bush ha tenido que renegar de ese principio y recurrir, masivamente, a la intervención del Estado. Las principales entidades de crédito inmobiliario, Fannie Mae y Freddy Mac, han sido nacionalizadas. También lo ha sido el American International Group (AIG), la mayor compañia de seguros del mundo. Y el Secretario del Tesoro, Henry Paulson (expresidente de la banca Goldman Sachs…) ha propuesto un plan de rescate de las acciones «tóxicas» procedentes de las «hipotecas basura» (subprime) por un valor de unos 500 mil millones de euros, que también adelantará el Estado, o sea los contribuyentes.
Prueba del fracaso del sistema, estas intervenciones del Estado –las mayores, en volumen, de la historia económica- demuestran que los mercados no son capaces de regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su propia voracidad. Además, se confirma una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades irracionales de los banqueros, y se les amenaza, en caso de que se nieguen a pagar, con empobrecerlos aún más.
Las autoridades norteamericanas acuden al rescate de los «banksters» («banquero gangster») a expensas de los ciudadanos. Hace unos meses, el Presidente Bush se negó a firmar una ley que ofrecía una cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un costo de 4 mil millones de euros. Lo consideró un gasto inutil. Ahora, para salvar a los rufianes de Wall Street nada le parece suficiente. Socialismo para los ricos, y capitalismo salvaje para los pobres.
Este desastre ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas. Las cuales no tienen «plan B» para sacar provecho del descalabro. En particular las de Europa, agarrotadas por el choque de la crisis. Cuando sería tiempo de refundación y de audacia.
¿Cuanto durará la crisis? «Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si las autoridades actúan con mano firme.» vaticina el editorialista neoliberal Martin Wolf. Si existiese una lógica política, este contexto debería favorecer la elección del demócrata Barack Obama (si no es asesinado) a la presidencia de Estados Unidos el 4 de noviembre próximo. Es probable que, como Franklin D. Roosevelt en 1930, el joven Presidente lance un nuevo «New Deal» basado en un neokeynesianismo que confirmará el retorno del Estado en la esfera económica. Y aportará por fin mayor justicia social a los ciudadanos. Se irá hacia un nuevo Bretton Woods. La etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal habrá terminado.
Ignacio Ramonet es director de Le Monde Diplomatique
Fuente: Le Monde Diplomatique, visto en la web de ATTAC-España
La crisis (2), por Manuel Castells
Nota: este artículo es continuación de La crisis (I), por Manuel Castells
En medio del torbellino financiero global, ¿es España diferente? Sólo en parte.
Es cierto que nuestro sistema financiero está saneado y regulado en la medida de lo posible, como se repite en medios oficiales con la intención de no sembrar incertidumbre que pudiera desestabilizar las instituciones de depósito y provocar una crisis derivada de la psicología colectiva de crisis. Por otro lado, como los mercados financieros son globales e interdependientes, no puede evitarse el contagio de un país por la presencia en sus bancos de “activos tóxicos”, es decir, títulos financieros sin respaldo real y que son pasivo más que activo en las cuentas de las entidades financieras.
Si los gobiernos han tenido que intervenir en Alemania para salvar a Hypo, el mayor banco hipotecario del país, en el Benelux para rescatar a la gigantesca Fortis, en Francia para nacionalizar Dexia mientras se preparan para reflotar la legendaria Caisse d ´ Epargne, en Inglaterra para evitar la quiebra de bancos hipotecarios como el Bradford & Bingley, en Italia para proteger a Unicredit, con la Comisión Europea presta para intervenir en el conjunto del sistema bancario de la Unión, ¿por qué no aquí? Sobre todo teniendo en cuenta que la protección de los depósitos de los ahorradores españoles es la más baja de Europa (se sitúa en el mínimo establecido por la Unión Europea, 20.000 euros por titular de cuenta y entidad, en contraste con 70.000 en Francia, 63.000 en el Reino Unido o 175.000 en Estados Unidos - en la propuesta actual, que incrementó los 60.000 euros que había anteriormente-). En realidad, los argumentos tranquilizadores son sólidos.
El fondo español de garantías de depósitos es el mejor provisto de Europa, la vigilancia del Banco de España ha obligado a los bancos a mantener una liquidez razonable desde hace tiempo y los precedentes históricos tales como Banesto o Banca Catalana muestran la capacidad de la intervención preventiva del Estado antes de que los depósitos corran peligro. Al menos en ausencia de una crisis generalizada con reacciones en cadena de quiebras no absorbidas por el Estado en Estados Unidos y en Europa. Por eso es tan importante la aprobación por el Congreso estadounidense del plan de rescate (una vez reformado para que no sea un festín de banqueros a costa del contribuyente) para calmar a los mercados y frenar la caída de los valores bursátiles. Pero si una quiebra de parte del sistema financiero semejante a la que ha ocurrido en Estados Unidos es poco probable, las consecuencias de la crisis para la economía española son graves y profundas. Porque si los bancos no tienen grandes problemas de solvencia, sí tienen problemas de liquidez. Y es que nuestro sistema financiero depende del crédito exterior para financiar a las familias y empresas, sobre todo pymes. En la medida en que en el mercado global se ha ido cerrando el grifo del crédito fácil, nuestras entidades financieras han tenido que reducir sus préstamos en el último año.
De ahí la restricción de la actividad hipotecaria (caída anual del 47%) y por consiguiente la crisis inmobiliaria que está en el origen del estancamiento económico. Un altísimo nivel de paro y los elevados tipos de interés se traducen en un aumento de la morosidad que presiona a las entidades financieras, agravando sus dificultades de tesorería.
Es decir: el sistema está saneado y regulado, pero es cada vez menos capaz de proporcionar capital a la economía. Sin capital no hay inversión, no hay empleo y no hay crecimiento de la demanda.
La recesión en que ya estamos metidos supone la quiebra de un modelo de crecimiento que hace tiempo califiqué de inestable. Un modelo caracterizado por un alto crecimiento económico con bajo o nulo crecimiento de la productividad (exceptuando algunos sectores dinámicos como las finanzas o las telecomunicaciones). La economía española de la última década ha crecido a partir de tres factores básicos interrelacionados: el crecimiento del empleo, alimentado por la inmigración; el crecimiento del sector inmobiliario y de la construcción, y el crecimiento del turismo.
La inmigración ha sido un factor clave no sólo por proporcionar mano de obra abundante y barata, sino también porque un inmigrante, al instalarse en el país, crea una importante demanda. El empleo creció sustancialmente en sectores de servicios y de construcción de baja productividad y escasa cualificación. De modo que cuando se para el financiamiento del sector inmobiliario y se reduce empleo en un contexto de estancamiento del turismo como consecuencia del bajo crecimiento del entorno europeo, apenas quedan resortes para reactivar la economía española, salvo la inversión pública.
Más aún cuando los sectores manufactureros tradicionales (sobre todo el automóvil) acentúan su crisis, tanto por caída de la demanda derivada en parte del precio de la gasolina y en parte de la restricción del crédito, como por factores estructurales que hacen cada vez más difícil el mantenimiento en España de cadenas de montaje en serie. Sin un sistema de innovación eficaz, sin una suficiente capacidad instalada de desarrollo tecnológico y de servicios avanzados de procesamiento de información y con un bajo nivel de educación en la fuerza de trabajo, el antiguo modelo de crecimiento español ha entrado en crisis probablemente irreversible al secarse las fuentes de crédito fácil con tipos de interés real negativos y por tanto la economía de la demanda en que nos habíamos montado. Así, no corre peligro nuestro sistema financiero, que se ha replegado en orden. Lo que está agotándose es la bonanza de que disfrutábamos vendiendo nuestra calidad de vida, poniéndole cemento encima, importando trabajadores y montándonos en la lógica del endéudate y vive que son dos días. La economía, aun en recesión, tal vez pueda resistir el choque. Pero la sociedad puede digerir mal el duro despertar a la regla fundamental de la economía: sin productividad y competitividad no se crea ni riqueza ni empleo. Se acabó la fiesta. Tendremos que trabajar como chinos y además para los chinos, que son los únicos que pueden invertir. Continuará.
Fuente: Periódico La Vanguardia
Manuel Castells en Wikipedia
En medio del torbellino financiero global, ¿es España diferente? Sólo en parte.
Es cierto que nuestro sistema financiero está saneado y regulado en la medida de lo posible, como se repite en medios oficiales con la intención de no sembrar incertidumbre que pudiera desestabilizar las instituciones de depósito y provocar una crisis derivada de la psicología colectiva de crisis. Por otro lado, como los mercados financieros son globales e interdependientes, no puede evitarse el contagio de un país por la presencia en sus bancos de “activos tóxicos”, es decir, títulos financieros sin respaldo real y que son pasivo más que activo en las cuentas de las entidades financieras.
Si los gobiernos han tenido que intervenir en Alemania para salvar a Hypo, el mayor banco hipotecario del país, en el Benelux para rescatar a la gigantesca Fortis, en Francia para nacionalizar Dexia mientras se preparan para reflotar la legendaria Caisse d ´ Epargne, en Inglaterra para evitar la quiebra de bancos hipotecarios como el Bradford & Bingley, en Italia para proteger a Unicredit, con la Comisión Europea presta para intervenir en el conjunto del sistema bancario de la Unión, ¿por qué no aquí? Sobre todo teniendo en cuenta que la protección de los depósitos de los ahorradores españoles es la más baja de Europa (se sitúa en el mínimo establecido por la Unión Europea, 20.000 euros por titular de cuenta y entidad, en contraste con 70.000 en Francia, 63.000 en el Reino Unido o 175.000 en Estados Unidos - en la propuesta actual, que incrementó los 60.000 euros que había anteriormente-). En realidad, los argumentos tranquilizadores son sólidos.
El fondo español de garantías de depósitos es el mejor provisto de Europa, la vigilancia del Banco de España ha obligado a los bancos a mantener una liquidez razonable desde hace tiempo y los precedentes históricos tales como Banesto o Banca Catalana muestran la capacidad de la intervención preventiva del Estado antes de que los depósitos corran peligro. Al menos en ausencia de una crisis generalizada con reacciones en cadena de quiebras no absorbidas por el Estado en Estados Unidos y en Europa. Por eso es tan importante la aprobación por el Congreso estadounidense del plan de rescate (una vez reformado para que no sea un festín de banqueros a costa del contribuyente) para calmar a los mercados y frenar la caída de los valores bursátiles. Pero si una quiebra de parte del sistema financiero semejante a la que ha ocurrido en Estados Unidos es poco probable, las consecuencias de la crisis para la economía española son graves y profundas. Porque si los bancos no tienen grandes problemas de solvencia, sí tienen problemas de liquidez. Y es que nuestro sistema financiero depende del crédito exterior para financiar a las familias y empresas, sobre todo pymes. En la medida en que en el mercado global se ha ido cerrando el grifo del crédito fácil, nuestras entidades financieras han tenido que reducir sus préstamos en el último año.
De ahí la restricción de la actividad hipotecaria (caída anual del 47%) y por consiguiente la crisis inmobiliaria que está en el origen del estancamiento económico. Un altísimo nivel de paro y los elevados tipos de interés se traducen en un aumento de la morosidad que presiona a las entidades financieras, agravando sus dificultades de tesorería.
Es decir: el sistema está saneado y regulado, pero es cada vez menos capaz de proporcionar capital a la economía. Sin capital no hay inversión, no hay empleo y no hay crecimiento de la demanda.
La recesión en que ya estamos metidos supone la quiebra de un modelo de crecimiento que hace tiempo califiqué de inestable. Un modelo caracterizado por un alto crecimiento económico con bajo o nulo crecimiento de la productividad (exceptuando algunos sectores dinámicos como las finanzas o las telecomunicaciones). La economía española de la última década ha crecido a partir de tres factores básicos interrelacionados: el crecimiento del empleo, alimentado por la inmigración; el crecimiento del sector inmobiliario y de la construcción, y el crecimiento del turismo.
La inmigración ha sido un factor clave no sólo por proporcionar mano de obra abundante y barata, sino también porque un inmigrante, al instalarse en el país, crea una importante demanda. El empleo creció sustancialmente en sectores de servicios y de construcción de baja productividad y escasa cualificación. De modo que cuando se para el financiamiento del sector inmobiliario y se reduce empleo en un contexto de estancamiento del turismo como consecuencia del bajo crecimiento del entorno europeo, apenas quedan resortes para reactivar la economía española, salvo la inversión pública.
Más aún cuando los sectores manufactureros tradicionales (sobre todo el automóvil) acentúan su crisis, tanto por caída de la demanda derivada en parte del precio de la gasolina y en parte de la restricción del crédito, como por factores estructurales que hacen cada vez más difícil el mantenimiento en España de cadenas de montaje en serie. Sin un sistema de innovación eficaz, sin una suficiente capacidad instalada de desarrollo tecnológico y de servicios avanzados de procesamiento de información y con un bajo nivel de educación en la fuerza de trabajo, el antiguo modelo de crecimiento español ha entrado en crisis probablemente irreversible al secarse las fuentes de crédito fácil con tipos de interés real negativos y por tanto la economía de la demanda en que nos habíamos montado. Así, no corre peligro nuestro sistema financiero, que se ha replegado en orden. Lo que está agotándose es la bonanza de que disfrutábamos vendiendo nuestra calidad de vida, poniéndole cemento encima, importando trabajadores y montándonos en la lógica del endéudate y vive que son dos días. La economía, aun en recesión, tal vez pueda resistir el choque. Pero la sociedad puede digerir mal el duro despertar a la regla fundamental de la economía: sin productividad y competitividad no se crea ni riqueza ni empleo. Se acabó la fiesta. Tendremos que trabajar como chinos y además para los chinos, que son los únicos que pueden invertir. Continuará.
Fuente: Periódico La Vanguardia
Manuel Castells en Wikipedia
La crisis (1), por Manuel Castells
Vivimos la crisis más profunda de la economía mundial desde 1929. Es una crisis financiera relacionada con una crisis del mercado inmobiliario.
Tiene su epicentro en EE. UU. pero se difunde mundialmente mediante la interdependencia de los mercados financieros globales. Sus raíces están en la desregulación de las instituciones financieras que fue acelerándose desde 1987. Surgió un nuevo sistema financiero que aprovechó las tecnologías de información y comunicación y la liberalización económica para innovar sus productos y generar una expansión sin precedentes de los mercados de capital. Se afanó en transformar cualquier valor, actual o potencial, en activos financieros, rentabilizando tanto el tiempo (mercados de futuros) como la incertidumbre (mercados de opciones) y procediendo a la titularización financiera (securitization) de cualquier tipo de bienes y servicios, activos y pasivos financieros y de las propias transacciones financieras.
Así, uno de los mecanismos más perniciosos en la crisis actual es la compraventa de valores a corto plazo, una práctica especulativa en la que se opera sin cobertura alguna de capital (naked short shelling). Un ejemplo de desregulación financiera son los fondos de cobertura (hedge funds) que escapan a cualquier control y administran inversiones de grandes capitales en operaciones de alto riesgo. Son sobre todo compañías de seguros y fondos de pensiones quienes invierten en estos fondos frecuentemente localizados en paraísos fiscales. Pero el cambio más profundo es la generalización de los derivados financieros, productos sintéticos que integran distintos tipos de activos de distintos orígenes y se mezclan en un producto nuevo cuya cotización depende de múltiples factores distribuidos globalmente. La complejidad de estos productos hace imposible su identificación, por lo cual desaparece la transparencia financiera, base de una contabilidad rigurosa capaz de informar a los inversores.
En algunos productos se mezclan valores sólidos con lo que en la jerga bancaria española se llaman chicharros o valores basura. En último término, el ahorro mundial (el suyo también) está en manos de gestores financieros apenas regulados que operan en la oscuridad contable mediante mecanismos cada vez más desligados de la economía y de la auditoría. Cierto que en una época de alto crecimiento de la productividad hace una década el dinamismo de los mercados financieros permitió una expansión económica global que creó empleo y demanda, incorporando a la economía mundial a grandes economías emergentes y ampliando la base del capitalismo.
Así, entre 1950 y 1980 por cada dólar generado por el crecimiento económico en la OCDE, se crearon 1,5 dólares de crédito. En el 2007 la proporción era de de 1 a 4,5. Pero el precio pagado por ese aumento de liquidez para empresas y hogares ha sido el endeudamiento masivo y la inseguridad financiera. La titularización financiera representó el 70% del aumento de los mercados de deuda entre el 2000 y el 2007.
Era un ejercicio de alto riesgo. Y se rompió por el punto más débil: la burbuja inmobiliaria.
Cuando la gente tiene algo de dinero (o lo puede conseguir fácilmente) piensa primero en comprar una casa.
Y como las financieras hacen tanto más dinero cuanto más dinero venden relajaron los controles de sus hipotecas aprovechando su libertad. Así surgieron las hipotecas basura (subprime)que se hicieron impagables para cientos de miles de familias que arriesgaron más de lo que podían. Como el mercado inmobiliario se hundió, el valor de las casas que los bancos usaban como garantía de préstamos no pudo compensar las pérdidas, poniendo en peligro las instituciones detentoras de hipotecas. En EE. UU., Fannie Mae y Freddie Mac, los bancos hipotecarios con garantía federal, no pudieron absorber la deuda con sus propios fondos y tuvieron que ser nacionalizados. Además esos activos inmobiliarios devaluados servían de garantía para los valores de fondos de inversión que vieron rebajada su cotización. Los inversores, con razón temerosos de la seguridad de su dinero, lo desviaron hacia bonos del Tesoro garantizados a plazo fijo o al oro y otros activos típicos de tiempos inciertos. Lo cual sustrajo una enorme masa de capital a los bancos de inversión que ya estaban inmersos en una vorágine de inversiones no garantizadas mediante fondos que ni ellos mismos sabían de dónde salían o dónde estaban.
Y es que el conjunto del sistema estaba basado en el principio de hacer girar la inversión cada vez más deprisa, expandiendo el mercado a base de inyectar dinero y recogiendo los frutos de esa expansión a través de la transformación inmediata de beneficios y ahorros en activos financieros. A partir del momento en que se genera incertidumbre se quiebra la base del sistema financiero. Y cuanto más alto volaba un banco más dura fue la caída, por la dimensión de su descubierto. Así han ido cayendo los cinco grandes bancos de inversión del mundo (todos estadounidenses) y aunque algunos, como Goldman Sachs, han sido rescatados por el Gobierno y los inversores, sólo sobreviven como bancos de depósito. Se acabó pues, aunque el proceso aún está en curso, la gran banca de inversión que había caracterizado la globalización financiera de nuestro tiempo. La falta de regulación permitió también a las aseguradoras, empezando por el gigante mundial AIG, especular con los fondos de sus asegurados, llegando al borde de la bancarrota cuando su capital propio sólo cubrió una pequeña parte de sus obligaciones. Si ni siquiera se puede estar seguro de los que aseguran, la desconfianza se generaliza. Por eso el Gobierno estadounidense refinanció AIG porque su caída hubiera tenido consecuencias trágicas.
Pero la tragedia sigue acechando. Porque si la incertidumbre continúa, nadie invierte y nadie presta. Y sin dinero, las empresas reducen actividad, aumenta el paro, cae la demanda y la espiral recesiva se convierte en torbellino destructor de economía y vidas. De eso hablan en Washington, mientras algunos intentan irse de rositas de lo que provocaron y otros medran con los despojos. Continuará.
Fuente: Periódico La Vanguardia
Manuel Castells en Wikipedia
Tiene su epicentro en EE. UU. pero se difunde mundialmente mediante la interdependencia de los mercados financieros globales. Sus raíces están en la desregulación de las instituciones financieras que fue acelerándose desde 1987. Surgió un nuevo sistema financiero que aprovechó las tecnologías de información y comunicación y la liberalización económica para innovar sus productos y generar una expansión sin precedentes de los mercados de capital. Se afanó en transformar cualquier valor, actual o potencial, en activos financieros, rentabilizando tanto el tiempo (mercados de futuros) como la incertidumbre (mercados de opciones) y procediendo a la titularización financiera (securitization) de cualquier tipo de bienes y servicios, activos y pasivos financieros y de las propias transacciones financieras.
Así, uno de los mecanismos más perniciosos en la crisis actual es la compraventa de valores a corto plazo, una práctica especulativa en la que se opera sin cobertura alguna de capital (naked short shelling). Un ejemplo de desregulación financiera son los fondos de cobertura (hedge funds) que escapan a cualquier control y administran inversiones de grandes capitales en operaciones de alto riesgo. Son sobre todo compañías de seguros y fondos de pensiones quienes invierten en estos fondos frecuentemente localizados en paraísos fiscales. Pero el cambio más profundo es la generalización de los derivados financieros, productos sintéticos que integran distintos tipos de activos de distintos orígenes y se mezclan en un producto nuevo cuya cotización depende de múltiples factores distribuidos globalmente. La complejidad de estos productos hace imposible su identificación, por lo cual desaparece la transparencia financiera, base de una contabilidad rigurosa capaz de informar a los inversores.
En algunos productos se mezclan valores sólidos con lo que en la jerga bancaria española se llaman chicharros o valores basura. En último término, el ahorro mundial (el suyo también) está en manos de gestores financieros apenas regulados que operan en la oscuridad contable mediante mecanismos cada vez más desligados de la economía y de la auditoría. Cierto que en una época de alto crecimiento de la productividad hace una década el dinamismo de los mercados financieros permitió una expansión económica global que creó empleo y demanda, incorporando a la economía mundial a grandes economías emergentes y ampliando la base del capitalismo.
Así, entre 1950 y 1980 por cada dólar generado por el crecimiento económico en la OCDE, se crearon 1,5 dólares de crédito. En el 2007 la proporción era de de 1 a 4,5. Pero el precio pagado por ese aumento de liquidez para empresas y hogares ha sido el endeudamiento masivo y la inseguridad financiera. La titularización financiera representó el 70% del aumento de los mercados de deuda entre el 2000 y el 2007.
Era un ejercicio de alto riesgo. Y se rompió por el punto más débil: la burbuja inmobiliaria.
Cuando la gente tiene algo de dinero (o lo puede conseguir fácilmente) piensa primero en comprar una casa.
Y como las financieras hacen tanto más dinero cuanto más dinero venden relajaron los controles de sus hipotecas aprovechando su libertad. Así surgieron las hipotecas basura (subprime)que se hicieron impagables para cientos de miles de familias que arriesgaron más de lo que podían. Como el mercado inmobiliario se hundió, el valor de las casas que los bancos usaban como garantía de préstamos no pudo compensar las pérdidas, poniendo en peligro las instituciones detentoras de hipotecas. En EE. UU., Fannie Mae y Freddie Mac, los bancos hipotecarios con garantía federal, no pudieron absorber la deuda con sus propios fondos y tuvieron que ser nacionalizados. Además esos activos inmobiliarios devaluados servían de garantía para los valores de fondos de inversión que vieron rebajada su cotización. Los inversores, con razón temerosos de la seguridad de su dinero, lo desviaron hacia bonos del Tesoro garantizados a plazo fijo o al oro y otros activos típicos de tiempos inciertos. Lo cual sustrajo una enorme masa de capital a los bancos de inversión que ya estaban inmersos en una vorágine de inversiones no garantizadas mediante fondos que ni ellos mismos sabían de dónde salían o dónde estaban.
Y es que el conjunto del sistema estaba basado en el principio de hacer girar la inversión cada vez más deprisa, expandiendo el mercado a base de inyectar dinero y recogiendo los frutos de esa expansión a través de la transformación inmediata de beneficios y ahorros en activos financieros. A partir del momento en que se genera incertidumbre se quiebra la base del sistema financiero. Y cuanto más alto volaba un banco más dura fue la caída, por la dimensión de su descubierto. Así han ido cayendo los cinco grandes bancos de inversión del mundo (todos estadounidenses) y aunque algunos, como Goldman Sachs, han sido rescatados por el Gobierno y los inversores, sólo sobreviven como bancos de depósito. Se acabó pues, aunque el proceso aún está en curso, la gran banca de inversión que había caracterizado la globalización financiera de nuestro tiempo. La falta de regulación permitió también a las aseguradoras, empezando por el gigante mundial AIG, especular con los fondos de sus asegurados, llegando al borde de la bancarrota cuando su capital propio sólo cubrió una pequeña parte de sus obligaciones. Si ni siquiera se puede estar seguro de los que aseguran, la desconfianza se generaliza. Por eso el Gobierno estadounidense refinanció AIG porque su caída hubiera tenido consecuencias trágicas.
Pero la tragedia sigue acechando. Porque si la incertidumbre continúa, nadie invierte y nadie presta. Y sin dinero, las empresas reducen actividad, aumenta el paro, cae la demanda y la espiral recesiva se convierte en torbellino destructor de economía y vidas. De eso hablan en Washington, mientras algunos intentan irse de rositas de lo que provocaron y otros medran con los despojos. Continuará.
Fuente: Periódico La Vanguardia
Manuel Castells en Wikipedia
El libre mercado no ha muerto, por Naomi Klein

Sea cual sea el significado de los acontecimientos de la semana pasada, nadie debería creer las exageradas afirmaciones de que la crisis de los mercados señala la muerte del libre mercado. La ideología del libre mercado siempre ha servido a los intereses del capital, y su presencia crece y disminuye dependiendo de la utilidad para dichos intereses.
En épocas de auge, resulta provechoso predicar el laissez faire porque un Estado poco presente permite el crecimiento de las burbujas especulativas. Cuando esas burbujas estallan, la ideología se convierte en una traba y entra en estado de hibernación mientras el “gran gobierno” corre a prestar auxilio.
Ahora bien, que nadie se llame a engaño: la ideología volverá a rugir en cuanto haya concluido el rescate. Las deudas astronómicas que están acumulando los ciudadanos para sacar de apuros a los especuladores se convertirán entonces en parte de una crisis presupuestaria global que servirá de justificación para grandes recortes de los programas sociales. Se nos dirá también que nuestras esperanzas de un futuro verde son, por desgracia, demasiado costosas.
Lo que no sabemos es cómo responderá la opinión pública. No debe olvidarse que, en Estados Unidos, todos los menores de 40 años han crecido con la cantinela de que el Gobierno no puede intervenir para mejorar nuestra vida, que el Estado es el problema, no la solución, que el laissez faire es la única opción. Ahora, vemos de repente un Gobierno extremadamente activista e intervencionista dispuesto, al parecer, a hacer cuanto haga falta para salvar a los inversores de sí mismos.
Este espectáculo plantea de forma inexorable una pregunta: si el Estado puede intervenir para salvar las corporaciones que aceptaron riesgos temerarios en los mercados inmobiliarios, ¿por qué no puede hacerlo para impedir las ejecuciones hipotecarias de millones de estadounidenses?
Y, también, si es posible que puedan aparecer como por ensalmo 85.000 millones de dólares para comprar la aseguradora gigante AIG, ¿por qué una asistencia sanitaria pública (que debería proteger a los estadounidenses de las prácticas depredadoras de las aseguradoras médicas) es al parecer un sueño inalcanzable? Y, si cada vez más corporaciones necesitan fondos de los contribuyentes para mantenerse a flote, ¿por qué los contribuyentes no pueden plantear demandas a cambio, como topes a los sueldos de los ejecutivos o una garantía contra nuevas destrucciones de empleos?
Ahora que está claro que los gobiernos pueden intervenir en tiempos de crisis, les será mucho más difícil alegar impotencia en el futuro. Otro cambio potencial tiene que ver con las esperanzas del mercado acerca de futuras privatizaciones.
Durante años, los bancos de inversión globales han estado presionando a los políticos para conseguir dos nuevos mercados: el resultante de la privatización de las pensiones públicas y el resultante de una nueva ola de privatizaciones o casi privatizaciones de carreteras, puentes y sistemas de tratamiento de agua.
Estos dos sueños se han hecho mucho más difíciles de vender: los estadounidenses ya no están en disposición de confiar sus activos individuales y colectivos a los agentes temerarios de Wall Street, sobre todo porque parece más que probable que los contribuyentes tengan que pagar para volver a comprar sus activos cuando estalle la siguiente burbuja.
Dado el descarrilamiento de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio, esta crisis también podría ser el catalizador de un enfoque radicalmente alternativo a la regulación de los mercados y los sistemas financieros mundiales. Estamos presenciando ya un movimiento hacia la “soberanía alimentaria”, en lugar de dejar el acceso a los alimentos a los caprichos de las grandes compañías. Quizá haya llegado la hora de ideas como el impuesto a los flujos de capitales, que frenaría la inversión especulativa, así como otros controles globales sobre los capitales.
Y ahora que la nacionalización ya no es una palabrota, las compañías del sector del petróleo y el gas deberían andarse con cuidado: alguien tiene que pagar el cambio a un futuro más verde, y tiene mucho más sentido que el grueso de los fondos proceda del más que rentable sector responsable de nuestra crisis climática. Mucho más sentido, desde luego, que crear otra peligrosa burbuja con el comercio de los derechos de emisión.
Con todo, la crisis que estamos presenciando pide cambios aún más profundos. La razón por la que se permitió la proliferación de los préstamos basura no es que los reguladores no comprendieran el riesgo, sino que tenemos un sistema económico que mide nuestra salud colectiva sobre la base exclusiva del crecimiento del PIB.
Mientras los préstamos basura estuvieron impulsando el crecimiento económico, nuestros gobiernos los apoyaron de modo activo. Por ello, lo que de verdad pone ahora en entredicho la crisis es el compromiso irreflexivo con el crecimiento a cualquier precio. Esta crisis debería llevarnos a que nuestras sociedades midan de un modo radicalmente diferente la salud y el progreso.
No obstante, nada de esto sucederá sin una intensa presión pública sobre los políticos en este momento decisivo. Y no una presión educada, sino una vuelta a las calles y al tipo de acción directa que desembocó en el new deal durante la década de 1930. Sin semejante presión, se producirán cambios superficiales y un regreso lo más rápido posible al aquí no ha pasado nada.
Naomi Klein es columnista de ´The Nation´ y ´The Guardian´. Su último libro es ´La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre´
Fuente: Periódico La Vanguardia
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